Inma Miralles: “A las mujeres se nos educa para normalizar el abuso”
La editorial Manos de Pan publica «Una temporada con las Malva Roller Dolls», de la novelista y poeta Inma Miralles.

Texto: LP
Inma Miralles construye en Una temporada con las Malva Roller Dolls (Manos de Pan, 2026) una novela afilada sobre la rabia que no se nombra, los privilegios que silencian el malestar y la dificultad de habitar lo colectivo sin renunciar a una misma. A través de un equipo de roller derby —un espacio de choque físico y simbólico—, la autora explora las tensiones entre cuerpo, deseo, clase y comunidad en una historia que transita entre la incomodidad y la revelación. En esta conversación, Miralles reflexiona sobre la ira femenina, la normalización de la violencia y la necesidad de romper con los relatos que nos han enseñado a aceptar lo inaceptable
En Una temporada con las Malva Roller Dolls la rabia atraviesa toda la narración, pero no siempre se nombra. ¿Te interesaba explorar precisamente esa ira difusa, difícil de identificar?
Sí, totalmente. Siempre me ha parecido llamativo, sobre todo en las mujeres, ese tipo de conformismo un poco etéreo, asociado a lo inefable: lo que no se nombra, no existe. Yo siempre he percibido el detrimento muy punzante de ser mujer en una sociedad patriarcal y, sin embargo, a la hora de comentarlo con otras mujeres desde temprana edad, como amigas, primas, cuñadas, o mi madre y mi hermana sin ir más lejos, no lo percibían tanto. O, incluso, en absoluto. No sentían ese clavo, esa rabia, y creo que ese “absoluto” bebe claramente de que a las mujeres se nos educa para normalizar el abuso, sobre todo las “pequeñas” cosas que nos suceden en la vida cotidiana, como que nos toquen el culo en un bar, pero también cosas más graves. Y no es sino a base de hablarlo, de insistir, incluso de ponerse pesada con las otras (yo he llegado a ponerme verdaderamente pesada con algunas amigas y a tener batallas casi cruentas con mi hermana) que le ponemos nombre y nos sale la indignación. La indignación es un motor. Priscila siente la misma rabia que sentía yo, pero doble y muda por eso: por sentirse víctima de algo inefable y por no tener a otras con quienes hablarlo, porque las mujeres de su entorno inmediato son el máximo exponente del conformismo, incluso adalides de él.
Priscila parte de un lugar de privilegio, pero vive una incomodidad constante. ¿Qué te interesaba poner en tensión entre clase social y malestar emocional?
Priscila tenía que tenerlo “todo” para conseguir la polaridad extrema que yo buscaba como narradora. Tenía que ser guapa, inteligente y rica porque son los valores más cotizados en el ámbito mercantilista en el que ella se mueve y también, en un sentido amplio, en la parte más superficial de nuestra sociedad. Grosso modo, son los valores mainstream, como vemos continuamente, entre otras cosas, en el alarde de las redes sociales. Mucho de ese conformismo de las mujeres del que he hablado antes tiene que ver con esto: ¿de qué te quejas, cariño, si lo tienes todo? El privilegio de Priscila es una mordaza extra para el dolor incurable que siente. Y eso colinda de un modo evidente con algo que también me interesaba explorar: el cliché tan manido de que la violencia, particularmente contra las mujeres, solo sucede en los estratos económicos más desfavorecidos, cuando la realidad es que, desgraciadamente, sucede en todos los ámbitos por igual.
El roller derby funciona casi como un personaje más. ¿Cómo llegaste a este deporte y qué te permitía contar que quizá otros espacios no?
El roller derby llegó a mi vida del mismo modo que a la de Priscila: por un colega que lo mencionó en una cena. Y a mí me fascinó desde el primer minuto. ¿Un deporte de contacto y velocidad practicado casi exclusivamente por mujeres? Pero qué fantasía. Me interesó desde el principio por lo que tenía de disruptivo con lo que habitualmente se considera “femenino”, porque, en general, incluso un poco ingenuamente, me suele interesar todo lo que va a contracorriente, aunque sea una expresión un poco antigua. El contacto, el deporte, la violencia reglada, en resumen, la libertad del cuerpo, no solía venir en el pack educativo de las mujeres, más bien todo lo contrario. Entonces, si has llegado a ese espacio es porque, en algún sentido, llamémosle X, las reglas habituales no eran para ti. Esto me encanta y, para este libro en concreto, necesitaba un espacio de sanación para Priscila. Necesitaba ponerla en contacto con otras mujeres con el viaje hecho o, al menos, iniciado, que la invitasen a darse un paseo por el lado salvaje.
En la novela, el cuerpo —golpeado, expuesto, en movimiento— tiene un papel central. ¿Hasta qué punto escribir esta historia implicaba también escribir desde el cuerpo?
Para lo que yo quería contar, poner el cuerpo en el eje central de la trama era imprescindible. Todo lo que le pasa a Priscila, a Lurdes, a Mery y a Amelia puede sublimarse en un aprendizaje físico. En el caso de Priscila, ella ha ido perdiendo progresivamente el dominio de su cuerpo al ser incapaz de integrar en lo consciente todas las violencias físicas que ha sufrido desde niña. Es una mujer que ha padecido maltrato en el ámbito de su familia, abusos en distintos contextos, a la que han intentado violar, y más cosas que no menciono para no hacer spoilers, que llega a los veintitantos años convencida de que a ella nunca le ha pasado nada. Pero convencida. Esta normalización inconsciente no la exime de ese rumor que alimenta su rabia y que tiene que ver con intuir su falta de poder, incluso respecto a sí misma. Para alguien con un carácter tan fuerte, esto es complicado de asumir. Aquí, hay una metáfora que a mí me sostuvo mucho como narradora, y es que la decisión de Priscila de convertirse en una roller girl tiene que ver con una necesidad opaca de subsanar todo eso apoyándose en otras mujeres: esto, que tiene todo el sentido figuradamente, ella lo convierte en literal al arrojarse contra los cuerpos de otras, deseo que alcanza su máxima expresión en el caso de su relación con Amelia. Así es como Priscila se reconcilia con su cuerpo, cómo retoma la posesión de él y empieza a decidir a qué lo expone y a qué no.
Las Malva Roller Dolls son comunidad, pero también conflicto. ¿Te interesaba romper con la idea idealizada de “sororidad” o de grupo refugio?
Con la idealización es siempre imprescindible romper. De cualquier cosa. Yo creo que la sororidad es el valor más constructivo de que disponemos para modelar el presente y el futuro. Entre otras cosas, porque los grupos de mujeres con poder para modificar la realidad efectiva alcanzan en la actualidad su máxima expresión: de recursos, de organización, de formación. De posibilidades. Eso no quita que las mujeres estemos libres de las dolencias que afectan al resto de seres humanos: tenemos individualidad, tenemos ego, y esto convierte las relaciones entre nosotras en un campo tan complejo como cualquier otro, en el que el conflicto va a surgir nos guste o no. Un grupo refugio no es un grupo de santas homogéneas. Qué pobre si así fuera, ¿no? Puede que esa idealización del apoyo entre mujeres beba también de las definiciones patriarcales del género, donde se nos dibuja precisamente como seres esenciales, clónicos, sin subjetivación ni individualidad. Así es más fácil dominarnos.
Hay una tensión constante entre lo individual y lo colectivo. ¿Crees que hoy seguimos sin saber habitar del todo lo común?
Creo que, puede que por razones históricas o políticas, se tiende a confundir la comunidad con la homogeneización. Al individuo neoliberal, supuestamente hiper-individualizado de nuestras sociedades, le aterra toda mención a lo colectivo por esto. Dejando a un lado la cuestión económica, este debate se puede situar en el libro en la polaridad entre Priscila y Mery: mientras que Priscila va de “mujer hecha a sí misma” que no necesita a nadie, este discurso tan manido, Mery tiene desde su infancia una clara orientación hacia el otro/la otra que tiene que ver con reconocerse como parte de algo. Del barrio, del equipo. Priscila siente de un modo ficticio que va por libre, mientras que Mery forma parte consciente del entramado y apuesta por sostenerlo. Pero sí, creo que en la actualidad abundan más las priscilas que las merys, incluso al margen de la clase social. Y que tiene que ver con algo ideológico que va en detrimento de lo común.
El deseo aparece atravesado por la competencia, el choque y cierta violencia emocional. ¿Qué tipo de vínculos querías retratar?
Me estimulaba mucho, a la hora de la escritura, retratar esa complejidad de las relaciones entre mujeres de la que he hablado antes. Creo que el hecho de que las cuatro protagonistas tengan un perfil tan marcadamente emocional responde a esa necesidad. En este sentido, me interesaba explorar la clase de vínculos que pueden darse entre mujeres en ámbitos como el roller derby, es decir, tan disruptivos con los espacios que la sociedad nos ha reservado en general. Este ejemplo es tal vez un poco ingenuo, pero no era lo mismo reunirlas lavando ropa en un riachuelo a mediados del siglo XX, o en un taller de costura, que chocando unas con otras en un circuito de velocidad. Las narrativas y poéticas disconformes con el género me fascinan, también, por el margen de reflexión y creatividad que presentan. Como la tensión funciona mejor cuanto más extremo es el vértice, partir de Priscila para ahondar en esto era sumamente tentador: de una mujer que no encuentra motivos conscientes para hermanarse con otras y que, sin embargo, está tan mediatizada por todos estos prejuicios de que las mujeres somos malas unas con otras y que el único modo de vincularnos es competir. Que la envidia y el odio hacia otras mujeres (y hacia los hombres también) sean las emociones dominantes en Priscila, me planteaba un reto enorme como autora, teniendo en cuenta que mi objetivo era convertirla en la capitana electa de un equipo de mujeres que juegan al roller derby.
Tu escritura viene de la poesía. ¿Qué se mantiene de esa mirada poética en tu forma de narrar esta historia?
En las decisiones previas a la escritura, hubo un clarísimo auto-mandato estético de situar el peso de los personajes en un trabajo exhaustivo sobre la voz de cada una de ellas. Para mí era importantísimo que “sonasen” tan distintas como son. Y no solo eso, sino que su voz estuviese profundamente entrelazada con su historia. Así, por ejemplo, la voz de Priscila funciona entre empujones y exabruptos, pasa de la primera a la segunda persona, glosa partes de su propia historia, versifica algunos diálogos. Es una locura y, en este sentido, hay que ponerles un altar a mis editoras. Yo quería que la voz de Priscila fuese un poco borderline y ahí está. La voz de Lurdes, otro ejemplo, es profundamente lírica y muy densa por momentos. Yo diría que estas decisiones son decisiones de poeta.
La novela tiene momentos de humor muy afilado. ¿Qué papel juega el humor cuando se abordan temas como la precariedad o la desigualdad?
Creo que el humor, cuando se trata de temas tan relevantes, tiene que responder a algún tipo de coherencia interna en la narración. En este caso, Priscila tiene una personalidad profundamente irónica que muy a menudo raya en lo hiriente. Para que esa especie de lengua viperina no transcurriese en un solo sentido, Mery ejerce bien de contrapunto, ambas coinciden en eso: si la cuchilla de Priscila parte del privilegio y de una cierta sensación de distancia respecto a las demás, la cuchilla de Mery corroe lo que tiene “por encima”, hacia el poder. Puede que parte de su afinidad se explique por eso.
Publicas esta novela en Manos de Pan, una editorial independiente impulsada por Elvira Sastre y otras autoras. ¿Qué significa para ti formar parte de un proyecto así en el panorama actual?
Puede que suene a cliché, pero no me puedo creer la suerte que he tenido. Si hay algo importantísimo para mí a la hora de poner mi literatura al amparo de alguien más, sinceramente, no sé lo que es, pero es exactamente lo que he encontrado con ellas.




