El escritor boliviano publica en España “Días detenidos” (Navona), un rompecabezas de silencios densos y verdades escurridizas entre Francia y La Paz.

 

 Texto: Antonio ITURBE   Foto: Navona

 

Guillermo Ruiz Plaza es un escritor boliviano afincado en Albi (Francia) que mantiene viva esa herencia de los autores latinoamericanos que han enriquecido Europa con su mochila de historias. La publicación de Días detenidos nos zambulle en su literatura concéntrica donde la realidad no es una línea recta sino una curva en la que los sueños de la protagonista, las historias relatadas e incluso las nunca explicadas, van revelando una foto borrosa que se va haciendo cada vez más nítida. La protagonista, Lea, ha vuelto a La Paz para estar junto a su madre en sus últimos días, pero sobre todo para huir de Toulousse y de la sombra de su marido, ese hombre perfecto que de repente se ha convertido en el enemigo. El lector no sabe qué sucedió exactamente para que ese matrimonio se rompiera bruscamente porque ella misma, en un estado de confusión, tampoco lo sabe, o no del todo, o no quiere abrir ciertas puertas cerradas para saberlo. Esta es una novela de pasillos interiores y puertas candadas que se van abriendo poco a poco, no apta para lectores apresurados.

Me encuentro con Guillermo Ruiz Plaza en un cruce de internet a través de una videollamada entre Albi y Barcelona. Habla pausado, a la boliviana, con esa amabilidad suave que tanto nos cuesta en la Europa vehemente y grosera del sur. Empezamos hablando de la protagonista de la novela, Lea, una profesora de universidad boliviana casada con un abogado francés a la que todo le va bien hasta que se le abre el suelo bajo los pies y despierta en una clínica tras varios días convaleciente. No entiende por qué su marido la echa de casa y le intenta arrebatar a su hijo de una manera perversa.

Lea vivía en Francia muy acomodada, con un marido francés. Cuando le decía él que arreglara los papeles, ella le daba largas porque le parecía irrelevante. Sin embargo, cuando la situación se complica, se da cuenta del error…

Ella tiene la terquedad y el orgullo de pensar que los papeles no importan, pero en verdad sí importan.

Aunque se sea un profesor universitario y se crea a salvo, ¿un inmigrante siempre lleva encima el estigma de inmigrante?

Ser boliviano es una experiencia que tú sientes desde el momento en que llegas a Europa, al aeropuerto, y te miran con cierta desconfianza al pedirte el pasaporte. Te preguntan diez veces el motivo de tu visita a Francia y tratas de explicar que es para tus estudios pero no te creen. Te abren y te revisan las maletas porque lo que se conoce de Bolivia es su vinculación al narcotráfico. Escribí un cuento sobre esa experiencia de terror en los aeropuertos.

¿Lo que le sucede a Lea proviene de tu propia experiencia?

Sí, claro. Ser inmigrante siempre conlleva experiencias peliagudas, incluso kafkianas. Yo recuerdo las horas pasadas en las colas en la calle por los papeles, a veces bajo la lluvia, como le pasa a mi personaje Lea en Toulouse. Una vez fui con mi esposa, que es española, aunque yo traté de disuadirla diciéndole que no era bonito, pero insistió. Tras las tres o cuatro horas de cola llegamos a la ventanilla y nos dijeron “vuelvan ustedes mañana” y ella se puso a llorar. Yo le dije que no importaba, que estábamos acostumbrados. Lo lindo era que en la cola estábamos todos hermanados: senegaleses, rumanos, búlgaros, tunecinos, argentinos, ecuatorianos… de eso también va un poco la novela: cuando los migrantes van afuera y se reconocen entre sí y perciben que hay un lazo invisible entre ellos.

En Europa estamos muy contentos de habernos conocido, ¿pero somos menos acogedores con los de fuera de lo que pensamos?

Hay dos facetas. He encontrado esa bienvenida y esa apertura mental en la gran mayoría de gente, como uno esperaba de Europa. Por otro lado, está la maquinaria ciega de la burocracia, que es kafkiana. Para esa burocracia sin rostro que tritura lo humano solo eres una cifra. Pero eso no quita que haya gente muy abierta.

Kafka también parece filtrarse en tu novela, con esas fronteras desdibujadas entre el sueño y la realidad, con esa escritura de Lea “al dictado del insomnio”.

Kafka ha sido muy importante para mí, es uno de los grandes autores del siglo XX y es una referencia fundamental. Cada cierto tiempo vuelvo a él, aunque sea un pequeño cuento, y me parece extraordinario. Creo que es indispensable para cualquier escritor moderno.

Esa confusión de voces en la cabeza de Lea nos lleva a preguntarnos sobre los límites de lo vivido y de lo imaginado…

Esos elementos vienen de una larga práctica mía en el cuento fantástico. Ahí están Borges, Cortázar o Bioy, que creo que es la literatura latinoamericana más importante del siglo XX. Cuando hablo de registro fantástico no me refiero al realismo mágico de García Márquez, que me gusta mucho pero no es lo que más me influyó, sino este juego entre la vigilia y el sueño. Eso es algo muy europeo porque viene de escritores como el alemán E.T.A. Hoffmann. Me interesa ese realismo ambiguo que trata de extenderse hacia esos territorios que solemos considerar fuera de lo real. Y ahí está Kafka, que introdujo el sueño en la vigilia para romper fronteras mentales y mostrarnos mejor los mecanismos de lo humano. Yo me propuse escribir una novela realista pero con una idea del realismo que incluye los sueños, las alucinaciones o lo que ella cree alucinaciones. Se trata de empujar los límites de lo que consideramos realismo, que no es más que una pura convención.

Pese a que los grandes maestros del género lo desmientan, a veces se achaca a la novela fantasiosa un cierto escapismo. ¿La literatura ha de tener compromiso social o volar libre?

La creación literaria ha de ser totalmente libre. Pero sí creo que en Días detenidos hay elementos sociales y políticos que no necesariamente están dichos con todas las letras. Por ejemplo, el gran drama en la vida de Lea es la pérdida de una casa en uno de los barrios ricos de la ciudad que ha pasado a manos de una clase social que antes era la clase baja, lo que se conocía como los cholos y las cholas, que ahora para expresarlo políticamente correcto decimos “señoras de pollera”.

¿Bolivia ha cambiado mucho en pocos años?

En el imaginario colectivo (la realidad es más compleja) podría decirse que el país se ha transformado hasta dar una vuelta de 180 grados. La clase que antes era dominada ahora es la clase dominante y la clase dominante blanca, porque Bolivia es un país muy racista, ahora está en la parte baja de la sociedad. No es el caso de todos, pero sí el caso de la familia de Lea, que pierde su estatus. La madre está muriendo y no tienen dinero para tratarla, como habían hecho siempre las familias ricas: ir a ser atendidas a Chile o Estados Unidos, porque Bolivia ha tenido siempre un sistema de salud desastroso. Para un boliviano resultará muy emblemática la escena en que la antigua criada les dice que tenían que haber acudido a ella, que ha prosperado, para que los ayudase. Pero eso para ellos es humillante. Es muy simbólico que ella pague el entierro de la madre. La antigua clase media-alta es un mundo que agoniza. Y dice mucho de lo sucedido en Bolivia en los últimos 20 años.

Unos años con Bolivia a la cabeza del crecimiento económico en América latina, crecimiento de renta per cápita y muchas mejoras en infraestructuras…

El MAS, que lleva quince años en el poder, salvo el paréntesis de un gobierno de transición desastroso, ha incluido mucha gente en la clase media a través del reparto económico de las ganancias del gas pero también ha fomentado la polarización lanzando el mensaje de que los blancos tienen la culpa de todo y hay que aplastarlos. Yo creo que un país como el nuestro debería construir sobre la base de que todos somos bolivianos y todos hemos de trabajar codo con codo por el bien del país.

Un tema importante en la novela es el deterioro de los padres al envejecer y la complicación del cuidado de los mayores, que condiciona también la relación de Lea con su hermano, que es quien cuida a la madre.

Siempre me impresionó la enfermedad del alzhéimer y la demencia senil porque nos habla de nuestro destino, no solo como seres humanos individuales sino como sociedades. En Francia ahora ha estallado el escándalo sobre el maltrato en las casas de retiro y parece que va a salir un informe demoledor al respecto: el maltrato se ha generalizado debido a la falta de personal. Nosotros también vamos a ser viejitos mañana y eso levanta preguntas sobre la responsabilidad, pero sobre todo sobre qué sociedad queremos tener.

La novela no opta por desplegarse de manera directa sino que los acontecimientos se van desenvolviendo poco a poco y la acción más urgente se pospone en un merodeo a través de la rememoración de historias familiares. ¿No te preocupó lastrar el ritmo con estas historias entremetidas?

Somos las historias que contamos y que escuchamos y los personajes tenían que estar construidos a través de esos relatos. La novela funciona como un árbol de historias y en cada rama está un personaje con sus propias historias. Hay quienes optan por la polifonía, pero yo opté por el punto de vista de la protagonista porque quería poner mucha tensión en su percepción de las cosas. Al cruzar voces diferentes se habría perdido esa ambigüedad. Si la mirábamos desde afuera se hubiera podido juzgar: está loca o no está loca, pero al verlo todo desde su cámara al hombro la ambigüedad se refuerza.

También tienen mucho peso las cosas que no se dicen, que se han callado durante años. ¿Hablamos mucho pero no acabamos de decir a los que tenemos más cerca las cosas importantes?

A veces no logramos poner en palabras nuestra indignación, o nuestra culpa como le pasa a Lea con su madre, o la envidia, como le pasa con su hermano. Igual que esa dificultad para comunicarse con su hijo de seis años. Pensamos que conocemos a la gente que nos rodea y no es así.

Has escrito mucho cuento corto. ¿Cambias la voz a la hora de narrar una novela?

En los cuentos utilizo un estilo más seco y económico, pero aquí quería que tuviera un vuelo poético porque ella es una poeta frustrada pero al contar todo lo que le ha pasado, por fin se suelta.

Has explicado que consideras la novela el único género donde es posible mezclar a todos. ¿Es el caso de Días detenidos?

Llego a la novela como una desembocadura de todas mis búsquedas como poeta, cuentista y ensayista. Dentro de la novela hay breves ensayos, aforismos, destellos poéticos o mini-cuentos que conforman el rompecabezas.

Es difícil vivir de esos rompecabezas literarios. Tú compaginas la escritura con las clases de Lengua y Literatura en la universidad.

Sí, las clases son mi «ganapán». Tener ese trabajo ganapán  me permite ser totalmente libre para escribir lo que quiera. Y si llega un euro, pues bienvenido para mi chocolatina.  Pero no me paso la vida quejándome por tener un trabajo como algunos que se quejan de no tener todo el tiempo del mundo para escribir porque pienso que debe ser anquilosante y paralizador tener todos los días del año para escribir. A mí me gusta permanecer en contacto con la realidad. Creo que el narrador ha de tener el oído muy aguzado para escuchar lo que se cuenta en la panadería, en las clases. Saber escuchar a los demás es fundamental para un narrador

Con todos los libros que hay ya publicados y los que se siguen publicando en una maquinaria editorial que podría tener también algo de kafkiano… ¿sigue valiendo la pena escribir?

¿Qué clase de oficio es este tan extraño y absurdo en el que una persona se sienta durante horas y horas, días y días, meses y años en un escritorio para llenar papel? Tiene que haber algo de locura en el fondo. El ensayista rumano Emil Cioran decía que a los locos en los manicomios había que darles una buena cantidad de papel que llenaran porque les haría mucho bien para descargar muchas cosas. Lo cierto es que escribir no es una pose: yo he tratado de dejar de escribir y el resultado ha sido una gran depresión. Yo necesito escribir: no por lo que la escritura genera -premios, entrevistas, reconocimiento social- sino porque es una necesidad vital.

¿Pero también es una necesidad publicar?

Pienso que es lo mismo que le pasa a un músico. No va a ir a una duna del desierto a tocarle al viento, necesita que alguien escuche esa música para que se consuma la comunión. La literatura es literatura cuando encuentra a su lector.  Pero la razón por la que escribo ya no sé cuál es. Es algo misterioso.

Como escritor, ¿a dónde querrías llegar?

Yo me lo paso muy bien escribiendo. A veces sufro, claro, eso es normal. Pero es cierto que hay momentos de gran euforia. No temo a la palabra inspiración, que no sé por qué hoy en día ha caído en desuso. Cuando lo has hecho bien sientes que no es que lo hayas hecho bien, sino que es algo que ha pasado a través tuyo. En cambio, los errores siempre son nuestros.