Jesús Marchamalo cuenta la historia del rinoceronte Ganda y cómo lo dibujó Alberto Durero sin verlo y basándose solo en descripciones en “El rinoceronte del rey”, con ilustraciones de Antonio Santos y prólogo de Luis Landero.

 

Texto: David VALIENTE

 

Llegó al puerto de Lisboa tras una travesía desde la muy lejana India. Un periplo de esa distancia debió de ser aparatoso y poco agradable, encadenado como fue en la bodega del barco, para un animal que roza las dos toneladas. Pero llegó sano y salvo al puerto de Lisboa. Pese a ser un rinoceronte fue recibido como una auténtica estrella del rock. Toda Europa quería conocer la constitución y el porte de aquel animal casi mítico que reaparecía en el siglo XVI: “La última vez que se vio un rinoceronte en el viejo continente, los emperadores vestían púrpura y el coliseo de Roma acogía a miles de personas para que pudieran disfrutar de la peleas de bestias”, asegura Jesús Marchamalo escritor y periodista que ha publicado El rinoceronte del rey (Nórdica), un libro breve, ilustrado por Antonio Santos y con prólogo de un gigante de las letras actual como es Luis Landero.

“No recuerdo dónde leí u oí esta historia. Antonio dice que se la conté hace unos años en una feria del libro. Tan solo recuerdo que me dejó completamente conmocionado por su carácter fabuloso; es una historia que parece salida de los cuentos de Las mil y una noches”. Según el autor, la historia cuenta con un aliciente que lo convierte en un relato aún más genuino: “El protagonista es Ganda, el rinoceronte, pero en la historia está acompañado de personajes secundarios de primer orden histórico como Manuel I de Portugal, León X o el rey francés Francisco I”

“Ganda” significa rinoceronte en guyaratí y también es el nombre de pila con el que se conoció al rinoceronte que el marajá de Guyarat regaló al monarca luso en 1515. Con el fin de la Edad Media, llegó un periodo de esplendor cultural y tecnológico marcado por los descubrimientos de nuevos continentes, tierras que los europeos (según el relato oficial) nunca habían pisado y que conocían por simples rumores oídos a un marino que a su vez lo había oído de otro navegante venido de lugares exóticos. Europa se abrió al mundo gracias a la exploración marítima impulsada por los peninsulares. Marineros portugueses llegaron a la India atisbando el cabo de Buena Esperanza; el primero en hacerlo en el año 1488 fue el marinero luso Bartolomé Díaz que fue seguido por un compatriota nueve años después llamado Vasco de Gama. “Los barcos arribaban en las costas europeas repletos de prodigios importados de otros continentes recién descubiertos. De la India, por ejemplo, se importaban frutas, especias, colores, olores, animales”.

En este contexto llegó Ganda a completar el pequeño zoológico que Manuel I había montado en sus jardines con los animales que los navegantes bajo su bandera le traían como obsequio y muestra de haber llegado sanos al puerto de destino. Ganda, concretamente, fue un regalo de sultán guyaratí al rey de Portugal, en un intento de crear un clima de concordia entre los dos reinos. Pero este no fue el último viaje del animalito; meses después volvió a embarcar, esta vez, camino a Génova para satisfacer la curiosidad del máximo dignatario del catolicismo, León X. “Manuel I quería el respaldo papal para que ningún otro reino pudiera inmiscuirse en su proyecto de expansión marítima. Entonces pensó en darle un regalo que no tuviera (algo difícil teniendo en cuenta que acogió a tantos artistas de nivel) y que fuera impresionante. La solución fue el rinoceronte que generó muchísima expectación cuando llegó a Portugal. Tanto fue así, que las cortes enviaron a embajadores, espías, artistas para que describieran al animal. Centenares de bocetos y descripciones empezaron a circular por Europa”, narra Jesús Marchamalo.

Precisamente, estas descripciones ambiguas y bocetos toscos llegaron al pintor renacentista Alberto Durero, quien con gran maestría y acierto realizó un dibujo del animal con la información que pudo recabar: “Aunque se pueden apreciar ciertos fallos anatómicos como ese tercer cuerno del lomo o las patas escamadas, es sorprendente el realismo del dibujo, y más habiéndolo hecho de oídas, sin haberlo visto”. Pues ese grabado imponente del animal se convirtió en la forma canónica de concebir al rinoceronte en Europa hasta antes de la Primera Guerra Mundial cuando se adoptó una imagen más realista.

La curiosidad, esa ansia del ser humano por conocer todo lo que nos rodea y aquello que escapa de nuestros límites físicos, hizo que nos fascinara un animal con porte noble, solemne y majestuoso: “El rinoceronte no se asemeja a ningún otro animal. No parece que venga de otro mundo, sino de otra época, de un pasado muy remoto que despierta lo atávico y ancestral que hay en nosotros; por eso no nos debe extrañar que Ganda se haya convertido en el rinoceronte más famoso de la historia y el más icónico del arte”.

Pero también del relato de Jesús podemos extraer una enseñanza o, al menos, como dice el autor, una idea de la que reflexionar: “La palabra que mejor define algunas de nuestras actitudes es ‘soberbia’. Nuestra sociedad hipertecnologizada y moderna nos ha hecho creernos superiores a la gente del siglo XVI; retrospectivamente, les miramos con cierto paternalismo como si en realidad hubiéramos avanzado en algo, cuando la realidad es que seguimos siendo los mismos. Ellos contemplaban al rinoceronte a través del dibujo de Durero, pero la mayoría de nosotros lo hacemos a través de la pantalla de un ordenador o de un móvil. La construcción de nuestro mundo se produce mediante las imágenes que nos llegan de fuera. Deberíamos de ser más humildes y pensar si las imágenes que guarda nuestra mente no son también recreaciones a medio camino entre la realidad y la fantasía como lo era el rinoceronte de Durero”.