Foster Wallace iba en serio

30 años después de la publicación de “La broma infinita”, Antonio Lozano se adentra en la luz y las sombras de un autor que, tras su suicidio en 2008, corre el riesgo de ser más venerado que leído. Lo cuenta en “El libro infinito” (Debate).

Texto: Antonio Iturbe      Foto: Steve Rhodes 

 

En 1996, con el siglo XX ya cansado y envejecido, la publicación de La broma infinita en Estados Unidos fue un revulsivo. La novela de una generación que necesitaba algo diferente. Más de mil páginas de historias entrecruzadas que, de manera aparentemente deslavazada, pero tejiendo una tupida red de conexiones, mostraba de manera descarnada y a menudo paródica, a la sociedad norteamericana, aparentemente triunfal pero asfixiada por las adicciones, el consumismo, la frustración y la soledad.

La revista Time eligió La broma infinita como una de las cien mejores novelas en lengua inglesa del último siglo y David Foster Wallace a sus 34 años se convirtió en un escritor aclamado, tal vez más aclamado que leído. Tal vez más leído que comprendido. Parecía que todo lo iluminaba el brillo del éxito, pero dentro de su cabeza todo estaba oscuro. Se quitó la vida a los 46 años cuando un cambio en la medicación de la depresión funcionó mal y se sentía angustiado por no poder terminar la gran novela que doce años después de La broma infinita todo el mundo estaba esperando. Tras su muerte se publicó una versión incompleta de esa novela: El rey pálido.

Cuando se han cumplido 30 años de La broma infinita, el periodista cultural, traductor y escritor Antonio Lozano indaga en un breve ensayo personal el mito y la verdad de Foster Wallace. Lozano, con muchas lecturas y un conocimiento profundo de la literatura anglosajona, nos lleva a ese 1996 en que “aterrizaba en las librerías norteamericanas un mamut de novela, La broma infinita”. Nos habla del talento extraordinario de Foster Wallace, de su fortaleza intelectual pero también de sus extremas fragilidades. “La historia de DFW es la de un depresivo crónico desde sus años universitarios, necesitaba medicación para continuar con vida, al que le preocupaba enormemente caer en la autoindulgencia derivada de practicar un estilo vanguardista que, enfrentado al riesgo de virar hacia el exhibicionismo y la pose, condujera a que el lector perdiera de vista sus principales objetivos como escritor, sintetizados en esta declaración  propia: «La ficción trata de lo que supone ser un jodido ser humano y debería ayudarnos a sentirnos menos solos con nosotros mismos”.

De manera sintética pero nunca distante, nos muestra a Wallace en su proceso de desintoxicación en Alcohólicos Anónimos, la relación con su editor enfrentado a un manuscrito de 1.400 páginas, el vaivén entre la intelectualización y el miedo a la impostura…

Ha quedado para la historia el discurso que dio en la ceremonia de graduación del Kenyon College (Ohio) en 2005, que se suele denominar a través de una de las ideas que explica en modo de parábola: Esto es agua. Entre otras cosas, les cuenta que “No es coincidencia que la mayoría de los adultos que se suicidan con armas de fuego siempre se disparen a sí mismos en la cabeza. Y la verdad es que la mayoría de estos suicidas estaban muertos mucho antes de jalarle al gatillo”. Él acabaría ahorcándose en su casa tres años más tarde. Sin embargo, Antonio Lozano nos advierte en el libro de que la complejidad de Wallace no está ahí.

Le pregunto a Lozano, un colaborador más que habitual de Librújula, el porqué de esas reticencias hacia ese discurso que sus fans tienen por mítico: “Aunque el discurso me parece brillante, nunca fue pensado por su autor para su difusión digital masiva y menos aún para su aparición en forma de libro. El formato era una ceremonia de graduación universitaria con el consiguiente código implícito de alentar a los jóvenes en su camino personal y profesional hacia la edad adulta (cierto toque pues de autoayuda). Aunque en él abordó asuntos presentes en su obra, como la importancia de ejercer la compasión y de huir del ensimismamiento en las necesidades, la exposición está simplificada en aras de conectar con su auditorio. Es en su obra donde hay que buscar una exposición profunda y más inteligente de estas preocupaciones. Este discurso propulsó una falsa imagen de DFW como un ser bondadoso, casi beatífico, preocupado por nuestra salud mental y casi diría que la salvación de nuestra alma, arrinconando la crudeza de buena parte de su obra y sus muchas zonas de sombra a nivel personal. Dicho todo esto, se me antoja una excelente puerta de entrada a su figura –La broma infinita, por cierto, sería la menos indicada- pues se ve ahí su brillantez argumental y su sentido del humor, siempre que uno no se quede en la puerta y pase a sus textos”.

Quiero saber por qué entre tantísimos libros has elegido este. “Efemérides y oportunismo por el 30 aniversario a un lado, la elección de La broma infinita responde a mi fascinación por la novela y su autor en el cambio de siglo. Un deslumbramiento que me acerca a la categoría de fan. Quería volver a lo que significó entonces a título personal, poner a prueba si la admiración se sostenía tanto tiempo después también para la literatura y los lectores en general, y por el camino comprobar cómo había envejecido, si su contenido, mensaje y estilo seguían resonando en la actualidad. De fondo circulaba otra cuestión que me parecía de interés: ¿qué supone hoy, en un contexto de atención decreciente, lectura fragmentaria y en apariencia escasa musculatura y resistencia mental para afrontar grandes desafíos literarios, abordar un monstruo de tan magna extensión y complejidad?” Antonio Lozano charlará con Marina Sanmartín el 24 de septiembre a las 19h en la Librería Cervantes y cía de Madrid sobre El libro infinito. Cómo David Foster Wallace asombró al mundo.