Burbáguena volverá a ser este agosto punto de encuentro literario con unas jornadas poéticas donde se presentará la nueva colección de poesía publicada por la editorial Los libros del Gato Negro en colaboración con el Instituto de Estudios Turolenses.

Texto: Simeón MARTÍN  Foto: Adrián FIDALGO CAMÍN

  

Quiero comentar en estas letras, torpes si las comparamos con su motivo, algo verdaderamente sorprendente, al menos para mí. El obstinado insistir de Enrique Villagrasa ha hecho, de algo milagroso, una costumbre. Este verano, otra vez, en la puerta de la iglesia de Burbáguena, pisando la dudosa luz del día, como dijo Góngora, una tarde de verano, va a tener lugar la presentación de una colección y de un recital poético

Los libros del gato negro y el Instituto de Estudios Turolenses han cometido la osadía, imperdonable, de poner en pie una colección de libros de poesía. ¿Motivo para la colección? Lo muestra claramente la ilustración de la portada de cada uno de los libros: la filigrana de ladrillo del mudéjar turolense: San Martín. El Salvador, San Pedro, la Catedral… No cabe más prodigio con la arcilla, el humilde ladrillo oración y testimonio.

Esta colección, mudéjar y maravilla, se abre al lector con la obra de tres autores, que tienen como nexo de unión, la huella que las tierras de Teruel han dejado en sus vidas y por tanto en su obra: Ildefonso Manuel Gil Carasol, José Antonio Labordeta Subías y Enrique Villagrasa González. Ildefonso vio de cerca la muerte en Teruel, José Antonio vivió el Teruel triste y sin esperanzas y Enrique nació en las orillas del Jiloca, río que riega Daroca, río que arropó la vuelta de Ildefonso tras su largo desierto en Nueva York y que acarició sus días de verano en la ciudad de los Corporales.

No pretendo, no soy capaz, hacer una valoración de la obra de estos poetas ni de la antología que recoge de ellos esta colección. Quiero, si se me permite, detenerme en los titulares: Teruel, campanas que doblan a lo lejos, la de Ildefonso Manuel Gil, Teruel en la mirada y en el alma, de José Antonio Labordeta y el de Enrique Villagrasa, Arpegios y Mudanzas.

En Ildefonso, las campanas doblan, su tañido no puede ser más triste, por tanta muerte que ha marcado su caminar desde aquellas tardes en el Seminario esperando la hora del paseo. Esas muertes se mezclan con las más próximas, las de los padres, la de la hermana y la de su esposa.

Uno de los poemas que más me llaman la atención en Enrique es el que dedica al cementerio de Burbáguena y en José Antonio es central el poema que dedica a su hermano Miguel.

La muerte en los tres y Teruel en la mirada y en el alma como dice el titular de la antología de Labordeta.

Quiero confesar que no puedo ser aséptico, tampoco lo pretendo. He compartido horas con Ildefonso en Zaragoza y en Daroca. Sobre todo en Daroca, horas sentados en las apacibles mañanas de agosto en el Capi, un bar que está en la calle Mayor frente a la plaza dedicada a Navarro Rubio, o en la empinada calle que nos llevaba a los conciertos durante el Festival de música antigua. Con José Antonio Labordeta he compartido horas e ilusiones, en recitales, en conciertos y en tertulias, desde cenas en Burbáguena, con cantos incluidos, a recitales en el patio del Instituto de Borja, y con Enrique  somos vecinos, nuestras casas están una frente a otra, y parientes.

¿Entienden ahora por qué no puedo opinar sobre sus bondades? Pero sería hipócrita callarme. Voy a citar algunos de los versos que en estas antologías me llaman más la atención.

De Ildefonso, “poeta del dolor y del quebranto”, dice de él su antologista y comentador, Juan González Soto, quiero citar Tantos seres que amaba se me han ido,/ que ya mi juventud es solo un eco/ de emociones de ayer, vueltos los ojos/ hacia un camino largo interminable,/ cercado de altas doloridas tapias. (Poemas del dolor antiguo).

De José Antonio Labordeta, “un poeta que derrama en sus versos las más brutales armas para denunciar, amar, escuchar, olvidar, odiar, llorar, dibujar, huir. Vivir y así nunca estar muerto” dice su hija Ángela Labordeta, quiero traer una declaración de amor a su tierra: Amo desesperadamente/ este pueblo infeliz,/ este despavorido,/ este cansado, harto ya y solitario/ pueblo donde nací, y donde vivo. (Treinta y cinco veces uno)

De Enrique, el poeta de Burbáguena y del Jiloca, dice Jaime Siles “ha sido un poeta del silencio, sabe muy bien que solo el poema nos revela el sueño que nos sueña” estos versos que pueden definir su trayectoria poética: “Y todo en el atardecer cálido del gesto lector, donde anida la belleza del Jiloca, en Burbáguena:/ donde la palabra es vida y sendero directo al pasado. (Queda tu sombra)

Estas tres antologías abrirán el encuentro poético de esa tarde de agosto y los comentarios de las mismas se verán arropados por la voz de una serie de poetas que colgarán sus versos en la tarde.