“El poder del perro”, de Thomas Savage, llega a las librerías españolas y el 1 de diciembre la película de Jane Campion basada en la novela se estrena en Netflix.

Detalle de la ilustración de Hallina Beltrâo publicada en la revista Librújula nº 30

 

Texto: Redacción   Ilustración: Hallina BELTRÂO

 

Las novelas del Oeste están escritas con pólvora y su ley es la del revólver. Lo que hace popular un género son los marcos que acotan el territorio de lectura; en este caso, los paisajes de cactus, los indios con muchas plumas o los poblados polvorientos con salón donde se juega al póker y se bebe whisky malo en vasos cortos como si fueran chupitos de sábado por la noche.

En España, Marcial Lafuente Estefanía inundó el país de novelas de forasteros que no deberían haber cruzado el Misisipi, sheriffs heroicos y sheriffs corruptos, vaqueros de una pieza que arreglaban el mundo a tiros y mujeres rubias por las que valía la pena matar y morir. Publicó en la editorial Bruguera (algunas ya escritas por sus hijos, aprovechando la marca) más de 2.600 novelitas que empezaron a venderse a cinco pesetas, tan adictivas que la gente acudía a cambiarlas por una peseta de cuatro en cuatro o de diez en diez. Se leían con la misma avidez y velocidad que se fumaba un Ducados. Pero Lafuente Estefanía era más que un churrero de novelas de vaqueros. Fue un general del ejército republicano encarcelado tras la victoria de Franco. Su padre era un hombre muy culto, autor de libros sobre el Quijote, y su pulsión por escribir era tal que se guardaba el papel higiénico de las letrinas para escribir con un lápiz que escondía de la vista de los guardias. Cuando salió de la cárcel, marcado, arruinado y desencantado, recordó el consejo que le dio el dramaturgo Jardiel Poncela: “Para ganar dinero escribiendo, hay que hacer que la gente se divierta”. Fichó por Bruguera, una de las pocas empresas donde podían trabajar escribiendo novelas baratas, aunque fuera en condiciones de galeotes, los represaliados republicanos, muchos de ellos utilizando pseudónimos exóticos. Como su padre le había contagiado la pasión por el teatro español del Siglo de Oro, se fijó en algunos de sus arquetipos para tallar sus personajes, aderezados con todo el ajuar del western, y repitiendo hasta la saciedad el mismo esquema: poderoso explotador con un ejército de pistoleros a sueldo y perdedor solitario que acaba rescatando a la chica de sus garras o liberando al pueblo de su opresión. En sus novelas, los perdedores ganaban la guerra.

Los tópicos, verdad en muchos casos, atribuyen al western un índice estratosférico de testosterona. El cruel Liberty Balance aterroriza la a población, anuncia su llegada estrellando una botella de whisky contra la ventana de la barbería y hace bailar a la gente a ritmo de revólver. Pero se encontrará enfrente a otro vaquero justiciero, Tom Doniphon, con una pistola más gorda que la suya. Pero detrás de esta historia no hay testículos. La célebre película de John Ford está basada en un cuento corto, El hombre que mató a Liberty Balance, publicado en 1953 por Dorothy Johnson, una de las grandes escritoras del género de todos los tiempos, autora de los relatos de El árbol del ahorcado o de Un hombre llamado caballo, que darían lugar a películas míticas. Johnson, nacida en Iowa, sentía pasión por Montana y las historias de frontera. Tenía no solo una buena mano para contar, sino una sensibilidad que traspasaba los tópicos del duelo al sol. En El hombre que mató a Liberty Balance hay un duelo mucho más interesante que el del vaquero justiciero Doniphon, interpretado por John Wayne haciendo de John Wayne, contra el malvado pistolero Liberty Balance: el duelo entre Doniphon y Ransom Stoddard (James Stewart), un senador idealista y culto que no quiere matar a tiros a Balance, sino detenerlo con los preceptos de la ley y que, en vez de revólveres, se pasa la película desenfundando libros. También hablando de la importancia de la alfabetización y la educación. Menos conocida, pero era su libro favorito, es La mujer búfalo, protagonizada por una mujer sioux, que nos permite acercarnos a sus costumbres y su vida con una sensibilidad pro india que hoy le valdría medallas y fanfarrias. No es de extrañar que la editorial Valdemar, esos indios con treinta años de trabajo editorial apasionado, arrancara Frontera, su colección de novelas del Oeste, con Dorothy Johnson. Su colección, cuidada con el mimo habitual, reúne a autores como Elmore Leonard o Alan Le May, autor, entre otra quincena más, de la maravillosa Centauros del desierto.

Los tópicos están para romperlos. Por eso el género ha resurgido intermitentemente en los últimos años. Sorprendió Brokeback Mountain, western contemporáneo y gay de Annie Proulx. Que Silvia Coma se haya fijado en las pioneras del Oeste, y que Hernán Díaz fuese finalista del Pulitzer con un sueco que llega a California en plena fiebre del oro, demuestra que al western le quedan todavía muchas balas en la recámara.

Netflix tampoco ha escapado al influjo del Oeste y Jane Campion lleva a la pantalla la adaptación de la novela de Thomas Savage, El poder del perro, (no equivocarse con la de Don Winslow que lleva también el mismo título) que ha pasado por los festivales de Venecia, Toronto y San Sebastián con gran éxito, aunque habrá que esperar hasta el 1 de diciembre para verla en la plataforma. La novela sí que está ya en las librerías españolas;  Alianza Editorial publica este clásico moderno de la literatura del Oeste americano -se publicó por primera vez en 1967 en Boston-, en el que Thomas Savage cuenta la historia de dos hermanos, Phil y George, que viven en un rancho en Montana a los que les cambia totalmente la vida cuando uno de ellos se casa con una mujer viuda y llega al rancho con su hijo. A partir de ese momento, Phil les hará la vida imposible y se iniciará una guerra psicológica que esconderá otro tipo de pulsiones, todo ello enmarcado en la soledad y la angustia del Oeste.