«El siguiente en el paraíso», de Marek Hlasko
Automática Editorial publica la novela del enfant terrible de la literatura polaca.

Texto: Antonio García Vila
Se ha hablado de El siguiente en el paraíso como de un wéstern polaco. Y es verdad. Fue publicada en Polonia en 1958 y, en buena medida, parece corresponder con las normas de un posible wéstern: tipos duros que se juegan la vida cada día, una naturaleza hostil, hombres que se enfrentan entre sí en duelos despiadados… Pero también es algo más. Lo primero, una sorpresa. Muy alejada del realismo socialista, en las antípodas de la literatura obrerista, El siguiente en el paraíso es un desmentido rotundo de las virtudes de la sociedad comunista; es más, es una enmienda a la sociedad misma. En segundo lugar, la novela es una profunda obra existencialista. Una especie de A puerta cerrada que transcurre en las abruptas y gélidas montañas polacas.
Marek Hlasko apenas es recordado entre nosotros, pero fue un auténtico personaje de su época. Una especie de enfant terrible de la literatura polaca. Nació en Varsovia el 14 de enero de 1934 y acabó sus días treinta y cinco años más tarde, el 14 de junio de 1969, en Wiesbaden. Entre medias una espantosa guerra que le marcó crudamente, su afición a los camiones, la violencia, el inconformismo, el alcohol y la literatura. No se sabe muy bien si su muerte fue un suicidio, ya lo había intentado más veces, pero su vida no era una “buena vida”. Polanski se lo llevó a Los Ángeles, en un intento de introducirle en el cine como guionista, pero un romance con la esposa de Nicholas Ray acabó rápidamente con el proyecto. En 1968, en una fiesta, empujó jugando al músico Krzysztof Komeda provocándole un hematoma cerebral que lo mató cuatro meses más tarde. Fue un accidente, pero nos da una idea de cómo jugaba el escritor.
A finales de los 50, en París, destrozaba bares y restaurantes. Le apodaban el James Dean del este, y parece que se creyó el papel. Paciente habitual de clínicas psiquiátricas, Hlasko no parecía estar bien instalado en este mundo. Es, igualmente, lo que les sucede a sus personajes. El siguiente en el paraíso es el resultado de sus propias vivencias trabajando, entre 1950 y 1951, en el Depósito de Transporte de Bystrzyca Kłodzka. Podría ser una novela política, pues su crítica al modelo socialista es evidente, pero ese es, tan solo, un aspecto secundario. La insatisfacción de los personajes, como la de Hlasko, no es ideológica, es vital, existencial. Apartados de la ciudad, del mundo, viviendo en un barracón, transportando madera en unos viejos camiones en los que cada día se juegan la vida, los protagonistas de El siguiente en el paraíso ven alterada su rutina con la llegada de un emisario del partido acompañado de su esposa. La presencia de una mujer joven causará los previsibles enfrentamientos entre los solitarios, pero, de nuevo, la raíz de ello no es el sexo: es la propia insatisfacción, el ansia de huida, no se sabe muy bien a dónde; la frustración vital, el sufrimiento. Hombres aislados y perdidos, dolientes y aulladores como lobos, buscan una escapatoria que, inevitablemente, solo la muerte les concede. Es, también, lo que le sucede a Wanda, la única mujer encerrada en ese
universo masculino y cruel. Pasará de un hombre a otro, engañándolos, buscando a alguien que la saque de ese agujero en las montañas. Pero nadie puede salir. Nadie puede escapar de sí mismo. El infierno no son los otros, como sugería Sartre, pendiente siempre de la mirada de los demás, de la dialéctica de la cosificación; el infierno, para Hlasko, lo llevamos cada uno dentro. Y lo llevamos para siempre. Junto a una curva, en una plataforma de hierro, aparecen los restos de la carrocería de un vehículo. En la oxidada chapa alguien había grabado en mayúsculas deformes: “EL PARAÍSO ESTÁ CERCA. ¿QUIERES SER EL SIGUIENTE?». Wanda se estremece al leerlo. Una Wanda que, al fin y al cabo, solo quiere llevar una vida normal. Sin embrago, en el Barranco de las Serpientes, todos parecen tener prisa por ser el primero en esa cola aciaga que los arroja desde la desgracia a la muerte. No es el paraíso anunciado por el socialismo. No es el paraíso cristiano. No es, de hecho, ningún maldito paraíso. Marek Hlasko lo sabía muy bien. Estuvo treinta y cinco años haciendo cola para ser, tan solo, el siguiente en el paraíso.




