La anguila europea –»Anguilla anguilla»– es un animal fascinante. Un halo de misterio rodea su ciclo vital y el ser humano, incluso a día de hoy, no ha conseguido dilucidarlo del todo, conociéndose en el campo de la zoología como «la cuestión de la anguila». Patrik Svensson, un sueco que lleva tratando de atrapar su misterio desde la infancia, nos lleva tras la estela de esas criaturas en “El evangelio de las anguilas” (Libros del Asteroide)

 

Texto: Guillermo ESTEBAN  Ilustración: John KILBURN

 

Se sabe el lugar donde nace y al que regresa para reproducirse y morir, el mar de los Sargazos, pero sin embargo no se conoce por qué ese lugar, cómo se orientan para volver y realmente nadie ha visto nunca una anguila viva o muerta allí.  No se reproduce en cautividad y a lo largo de su vida experimenta tres metamorfosis, por lo que durante mucho tiempo se creyó que había cuatro animales distintos.

Su carácter enigmático la torna susceptible de erigirse en el símbolo de todo aquello que es insondable o ignoto. En un mundo donde la ciencia ha barrido con incertidumbres y deidades, la anguila se ha mantenido como un reducto longevo de misterio inaccesible que puede fácilmente convertirse en el molde donde verter nuestras inquietudes más indescifrables acerca de nuestra existencia, origen, destino, identidad, o donde depositar una fe huérfana de religión. En El evangelio de las anguilas, Patrik Svensson explora todo eso usando a este animal como vehículo y metáfora de la narración.

Son principalmente dos relatos trenzados donde uno resulta más interesante que el otro. Por un lado, la anguila y su mitología, un tema apasionante y sobre el que es de agradecer al autor su aplicación y la generosidad de adjuntar la bibliografía de cada capítulo, aunque la aproximación anecdótica puede que se estire demasiado en su afán efectista y quizás peque de una indisimulada y consciente pero peligrosa humanización del animal, que además no alcanza la poética sólida de Rachel Carson en Bajo el viento oceánico –referente que atraviesa todo el libro- o de Maurice Maeterlinck en su famoso La vida de las abejas; por otro lado, el segundo relato es una carta de amor al padre, aficionado a la pesca de anguilas, y que puede leerse directamente como un ejercicio de duelo por su muerte, donde el autor se aferra al misterio que compartieron y cuyo conocimiento por parte de la ciencia supondría una certeza y un final.

Primero, aprendemos que la anguila nace en el llamado mar de los Sargazos, una zona del Atlántico al nordeste de Cuba delimitada por cuatro corrientes marinas, un «mar dentro del mar», extenso, profundo y alfombrado en su superficie por unas algas verdes y pardas –Sargassum. Aquí aparecen en primavera miles de leptocéfalos, larvas semejantes a una «hoja de sauce transparente» que emprenden de inmediato un viaje de varios años arrastradas por las corrientes hasta las costas de Europa, donde experimentan su primera metamorfosis, transformándose en gulas, «pequeñas pinzas de vidrio, más cortas que un dedo». Allí se internan en el continente y, una vez en agua dulce, pasan a la siguiente fase de su ciclo vital convirtiéndose en anguilas de mayor tamaño y fuerza, y de un color amarillo grisáceo y amarronado. Recorren distancias inmensas atravesando cómodamente aguas salvajes e incluso abriéndose camino por tierra, reptando por el fango o la hierba hasta que, súbitamente, o eso nos parece, se asientan durante décadas en un lugar del que no se alejarán más de doscientos metros. Hasta que de repente, o de nuevo eso nos parece a nosotros, un día de otoño, comienzan a nadar rumbo hacia el océano en una travesía larga y peligrosa, de la que sabemos muy poco, hasta el mar de los Sargazos, donde se reproducirán, desovarán, morirán y desaparecerán. Para poder realizar este trayecto la anguila amarilla se transforma, ya por última vez, en anguila plateada. Se desarrollan sus órganos sexuales, crecen sus aletas, se agudiza la visión y el estómago se descompone, permitiéndole nadar día y noche sin consumir más alimento que sus propias reservas de grasa. Las anguilas plateadas que llevan a cabo este viaje difieren en edad, prisa y ruta, aunque en el tramo final parece que desnadan el mismo camino que recorrieron como larvas, como si este hubiera quedado grabado indeleble en su memoria.

Así como los humanos envejecemos debido al paso del tiempo, las anguilas se transforman según las circunstancias, prolongando o acortando cada estadio de su ciclo vital, rindiendo culto a un dios que desde nuestra sesgada visión humana solo podemos identificar como el porvenir y la supervivencia instintiva de la especie. Una anguila amarilla en cautividad nunca madurará sexualmente y será capaz de vivir muchísimos más años que sus congéneres en libertad, retrasará su envejecimiento en una rebelión casi victoriosa contra el paso del tiempo alimentada por la imposibilidad de la realización reproductiva. Yo no hablaría de paciencia, pues desconocemos la concepción que tiene la anguila del hastío; sin embargo, y a mi pesar pues la estoy humanizando, no puedo evitar que acudan a mi mente los versos de Luis Aguilé que abren la canción Cuando salí de Cuba –isla cercana al mar de los Sargazos– y que dicen: «Nunca podré morirme, mi corazón no lo tengo aquí».

Svensson parafrasea a Camus en El mito de Sísifo y expone que en un mundo absurdo, «lleno de contradicciones y de desconcierto existencial, (…) solo quien tiene un propósito puede hallar también un sentido. Hay que imaginarse a la anguila como un ser feliz». Sísifo, condenado por los dioses, entre otras cosas, como nos cuenta Homero, por haber encadenado a la Muerte, es castigado con empujar eternamente montaña arriba una roca que volverá a caer cuando alcance la cima. Su castigo, como escribe Camus solo es trágico cuando se hace consciente pero, «la clarividencia que debía ser su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no se supere mediante el desprecio. (…) Sísifo enseña la fidelidad superior que le niega a los dioses y levanta las rocas. Este universo en adelante sin dueño no le parece estéril ni fútil. (…) La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón (humano). Hay que imaginarse a Sísifo feliz».

La anguila plateada de Svensson, entonces, no emprendería la larga migración desde los ríos y lagos de Europa hasta su lejano lugar de origen cegada por un instinto/mandato divino, sino conscientemente y juzgando además, que todo está bien. Svensson proyecta en la anguila a Sísifo, el héroe absurdo y consciente; sin embargo él, a lo largo de todo el libro, fetichiza el misterio y celebra el enigma de la anguila que la ciencia no puede resolver. Svensson agradece que haya un resquicio inescrutable en el mundo, él quiere poder creer en algo más allá de toda lógica, y entre las religiones que le ofrecieron su educación y su familia, el cristianismo de su abuela y el anguilismo de su padre, eligió lo segundo. Frente a la desaparición de los seres queridos siempre podemos elegir creer que siguen aquí de alguna manera y así ver, en la visita de una anguila descarriada tras el funeral, esa presencia.

Durante todo el libro, el autor despliega un discurso ecologista bastante paternalista que encierra sin esconderlo un motivo emocional. La Anguilla anguilla se encuentra en peligro crítico según la IUCN –International Union for Conservation of Nature– debido a la actividad humana, pero cuando Svensson exclama que «se nos muere», se lamenta de manera posesiva ante los dos posibles desenlaces por igual: por el fin de la anguila o por el fin del misterio de su ciclo vital que, de desvelarse, ayudaría a «salvarla». «La anguila no puede ser solo anguila. La anguila no puede existir únicamente por y para sí», dictamina. Es una declaración retorcida, donde el permiso de vida parece venir expedido por la significación que los humanos otorguen al animal. Aquí aflora el peligro de humanizar a los animales en el arte, dignificándolos o envileciéndolos, según la representación. La anguila no es un padre ni tampoco canta boleros, pero sí es verdad que está desapareciendo.