El escritor escocés Douglas Stuart narra en la novela Historia de Shuggie Bain, ambientada en los deprimidos barrios obreros de Glasgow de los años 80 y 90,  la vida del joven Shuggie Bain, inspirada en su propia infancia, quien luchará con la adicción al alcohol de su madre y el descubrimiento de su propia sexualidad.

 

 Texto: David VALIENTE 

 

Es curioso que un diseñador que ha trabajado para marcas tan prestigiosas como Ralph Lauren y Calvin Klein se lanzase a la piscina literaria y ganase la edición de 2020 del Booker, uno de los premios más prestigiosos de las letras inglesas. Sin embargo, Douglas Stuart me comenta en la biblioteca del Hotel de las Letras en  Madrid que comenzó “la escritura en 2008 y desde el primer momento me autoboicoteé, no consideraba que una persona como yo, sin formación en literatura y sin ningún amigo escritor, mereciera escribir una novela. Solo se lo confesé a mi marido”. El autor de origen escocés comparte galardón con grandes literatos, aunque él mismo confiesa no haber encontrado conexiones entre su anterior profesión y la literatura: “No hay mucha relación entre la escritura y el diseño, aunque es cierto que la moda es una manera diferente de narrar algo o desarrollar un concepto”. La literatura requiere de la introspección, la paciencia, la soledad y el silencio. Una obra literaria busca hacerse un hueco dentro del panteón de los inmortales, aquellas obras que todos conocemos y que muy pocos se han atrevido a leer. “En cambio, para hacer un traje necesitas ayuda, velocidad, la moda se suscribe a la temporalidad más inmediata, pues quizás en un par de semanas la prenda confeccionada ya no sea tendencia”, asegura Douglas, quien no duda en reconocer la gran ayuda que le ha supuesto manejar la técnica textil para precisar con mayor detalle las imágenes que le venían a la cabeza.

Historia de Shuggie Bain (Sexto Piso) nos traslada a la Glasgow de los años 1980 y 90, un período marcado por la crisis económica y las políticas neoliberales de la Dama de Hierro, una zancadilla más a la deprimente y salvaje vida en los barrios obreros. Dentro de este ambiente, el joven Shuggie Bain atiende dos frentes personales: la adicción al alcohol de su madre, Agnes, y el descubrimiento de su propia sexualidad. Respecto a sus personajes, a Douglas Stuart no le gusta tacharlos de víctimas, ya que “la palabra connota negativamente, prefiero referirme a ellos como seres humanos que sufrieron una mala época durante el gobierno de Margaret Thatcher. Clasificarlos como víctimas sería castigarlos”. Por este motivo, el Leitmotiv del libro, que conmoverá a los lectores, es “el abandono, cómo abandonamos a quienes nos necesitan”.

Catherine, una de las hijas de Agnes, decide marcharse a Sudáfrica para prosperar económicamente; Leek es expulsado de casa por su madre en uno de sus arrebatos alcohólicos; solo el pequeño Shuggie permanece con su madre hasta el último momento de la novela. ¿Cuándo diría usted que es razonable tirar la toalla y abandonar a un ser querido?

Con el hijo de un adicto la pregunta más certera es: ¿hasta qué punto llegarás para salvar a esa persona que tanto amas, antes de salvarte a ti mismo? Los tres hijos aman a su madre, y muchas veces pensamos que Shuggie es el que más lucha por ella, pero, si hacemos una lectura detenida, Leek sacrifica mucho más por su madre. Tiene mucho talento y el sueño de ascender de la clase obrera estudiando en Oxford; sin embargo, abandona sus anhelos para cuidar de su madre y de su hermano pequeño. Es muy generoso. Con mis personajes trato de mostrar que lo correcto es cuidar a los padres, aunque varía según la situación de cada familia, y en el caso de la familia Bain el amor que se tienen es puro y duradero, pero lidian con la incógnita de si su madre se va a poner bien.

Pero… ¿y si esa persona no quiere ayudarse a sí misma?

Vuelve a hacer la pregunta equivocada porque la adicción al alcohol es una enfermedad que impide a las personas lograr lo que todos queremos: estar sanos y felices. Mi madre murió por la adicción al alcohol, era incapaz de controlarse. La sociedad debería cambiar esa imagen de que los adictos son personas que quieren estar bajo los efectos de las sustancias consumidas, y entender que en la mayoría de los casos lo que piden es ayuda.

Entonces, ¿nuestra sociedad sigue sin entender la situación de las personas alcohólicas?

Ha mejorado mucho. Cuando yo era un niño la información escaseaba y juzgábamos la adicción como un fallo individual y personal. No entendíamos que los adictos sufren y luchan por salir del pozo. No obstante, si la adicta es una mujer mantenemos una mentalidad más retrógrada, lo seguimos viendo como una tara personal, mientras que en los hombres lo vemos como más natural.

¿Hay una mala pedagogía al respecto?

Sí. Los esfuerzos educativos tienen que centrarse en enseñarnos cuál es la situación real de una persona adicta y, también, que la familia sufre. Una de las cosas que quería demostrar con esta historia es que los niños también deberían recibir apoyo social, cosa que no ocurre. En comunidades pequeñas y católicas, cuando la adicta es una mujer soltera, se la juzga severamente y se hace daño a los niños.

Hablando de niños, me ha resultado curioso que Shuggie y su amiga Annie asuman el rol paterno con sus propios progenitores. ¿Cómo afecta esto a un niño? ¿Lo ayuda a madurar o le genera traumas en la etapa adulta?

Con mi libro quería dejar claro que no solo Shuggie padece los efectos colaterales de la adicción, también los sufre la comunidad de Glasgow y, por supuesto, los coletazos llegan a todos los rincones del planeta. Ahora mismo en España muchos niños están en la misma tesitura de Shuggie y Annie. Cuando eres el hijo de un adicto, te transformas en una persona vigilante y empática. Estás obligado a desarrollar la intuición y a tener iniciativa. Lo normal es que un niño se sienta el centro de la familia, pero en el caso de Shuggie y Annie son ellos quienes deben velar por los sentimientos de su madre y dejar los suyos propios en un segundo plano. Intentas cambiar tu manera de ser para que los padres estén contentos y no consuman alcohol. Creces con una gran cantidad de traumas, pero también con mucha empatía y compasión.

¿La empatía se aprende o es innata? Porque se puede dar el caso contrario al que describe: una vez adultos, siguen el camino de sus progenitores.

No nacemos siendo empáticos, pero cuando una persona depende por completo de ti tiendes a desarrollarla, y si eres el hijo de un adicto inviertes todas tus energías en cuidar a esa persona. Los hijos no tienen por qué adoptar las conductas de sus padres. Sin embargo, las comunidades, en muchas ocasiones, no les dan las herramientas necesarias para construir un futuro diferente. Es muy duro para un niño que la sociedad constantemente le lance mensajes de que no vale nada. El hijo de un adicto soporta mucha ansiedad hasta bien entrado en la madurez.

En su novela, la homofobia ronda por muchas de las escenas, desde los niños (aunque yo no los considero homófobos) hasta los adultos muestran un actitud despectiva y agresiva hacia Shuggie por desdeñar las actividades que se presuponen propias de su sexo ¿Qué lectura hace de esto?

Con este libro he querido demostrar que la homofobia está en todos los rincones de la sociedad, no es solo un fenómeno genuino de mi ciudad natal, en todo el mundo hay aquiescencia para señalar a los queer. De hecho, yo diría que los niños del libro son tremendamente homófobos porque los adultos lo permiten. Nuestras definiciones de masculino y femenino son muy estrechas. El pequeño Shuggie se ve aislado en cierto modo porque no tiene un deseo sexual definido, a su alma pura le gustan las muñecas, los ponis de plástico, cepillar el pelo, bailar. El resto de niños consideran que esos actos son muy femeninos y lo acosan. Para un niño queer su vida también resulta difícil dentro del núcleo familiar; le hacen ver que está equivocado, por esa razón Shuggie intenta aprender a ser un hombre. Pensamos que la homofobia es cosa del pasado, pero aún convive con nosotros y causa graves daños a la comunidad y a los niños de la misma.

¿Cómo gestiona un niño el descubrimiento de su sexualidad dentro de un ambiente homofóbico?

Todos los queer deben recorrer el largo camino del amor propio. La gente de mi generación hemos recibido mucho odio desde pequeños, y ahora nos toca reparar nuestros sentimientos. Shuggie nunca les dice a sus padres que es objeto de bullying; ha recibido el rechazo de su comunidad y no quiere recibir también el de su familia. La nota esperanzadora de la novela es que encuentra a su primer amigo, que no quiere cambiarle y lo ama tal como es. Por lo general, las mujeres son las primeras en comprender los sentimientos de los queer, por este motivo también debemos dar relevancia a la soledad que producen la homofobia y la misoginia.

En el libro hay reminiscencias de Dickens y Zola… ¿Las políticas de Thatcher y Boris Johnson han devuelto a Escocia al siglo XIX?

Siempre he sido muy fan de las novelas clásicas y he querido rendirles un homenaje haciendo una historia con características similares ambientada en mi Glasgow natal. La sociedad vive en silencio, por lo general su estoicismo le impide aparecer en la literatura y en los medios de comunicación. La gente no se acuerda de lo terribles que fueron los años ochenta en Glasgow con una tasa de paro del veintiséis por ciento y una esperanza de vida que menguó en diez años; es el denominado efecto Glasgow. Cuando el libro se publicó en el Reino Unido, me di cuenta de que todo lo narrado sigue estando de actualidad: hay niños con grandes necesidades que siguen obviados por el gobierno, aunque pretendemos mostrar de cara a la galería que todo va bien. Shuggie es un recuerdo de que no es así.

Algo que recorre su novela es el odio entre católicos y protestantes, ¿qué queda de eso hoy en día en Escocia?

No quiero que el lector piense que es un problema serio en Escocia; solo se produce en los barrios obreros, el resto de la ciudad se encuentra libre de este tipo de violencia. En los años 1960, Glasgow vivió una época de bonanza que atrajo a inmigrantes irlandeses. Los conflictos surgieron en los años posteriores, cuando flaqueó el trabajo y el ánimo de la gente cambió. En realidad, los conflictos se caracterizan por el tribalismo, que con el tiempo se ha reducido a pequeñas escaramuzas entre jóvenes borrachos que se pegan si su equipo favorito pierde. No es algo que te impida prosperar.