El escritor Benito Olmo convierte la ciudad alemana en el escenario de su última novela negra

 

Texto: Daniela GIRALDO BARONA

 

Narcosalas, crimen y rascacielos conforman la triada decadente de El Gran Rojo (AdN), la última novela de Benito Olmo. Ha pasado un año y medio desde que el escritor gaditano se trasladó a Alemania junto con su pareja, a Frankfurt am Main concretamente. El autor registra los códigos de la novela negra para reflejar la cara menos amable de la ciudad alemana y los conflictos sociales como la drogadicción.

Entre las páginas de El Gran Rojo confluyen la historia de Mascarell, un personaje que intenta ganarse la vida como detective, aunque su clientela le brinde mala reputación. Y la historia de Ayla, una adolescente luchadora de dieciséis años empeñada en conocer la verdad sobre la muerte de su hermano. Benito Olmo es autor de otras novelas del género negro como La maniobra de la tortuga (SUMA) y La tragedia del girasol (SUMA).

Se mudó a Frankfurt con la finalidad de escribir la novela. ¿De dónde surge su interés por la ciudad alemana para que decida desempeñar su labor literaria allí?

Hace un par de años fui de vacaciones a Alemania. Estuve visitando varias ciudades y una de ellas fue Frankfurt. Descubrí una ciudad que me llamó mucho la atención. No es la más bonita ni mucho menos de Alemania, pero me pareció muy peculiar. Descubrí que tiene un barrio rojo que no tiene nada que ver con el barrio rojo turístico y llamativo de Ámsterdam, sino un barrio rojo miserable y maloliente. Caí por casualidad, porque está en el mismo distrito financiero donde están los rascacielos y hay mucha gente que llega allí por accidente. Me llamó mucho la atención que en el mismo sitio donde estaban los banqueros, los grandes ejecutivos con sus Ferrari y sus Maserati,, se encontrara ese barrio rojo, y vi que era un caldo de cultivo formidable para escribir una novela negra.

Mascarell recorre Frankfurt desde la perspectiva de un detective gaditano. ¿Qué diferencias hay con el imaginario que se puede tener respecto a la ciudad alemana?

Una cosa muy peculiar de Frankfurt es que es una ciudad con muchísima inmigración. Más de la mitad de la población son inmigrantes o descendientes de inmigrantes. En el momento en que estaba escribiendo la novela tuve claro que la trama tenía que ser llevada por inmigrantes porque es lo que yo veo en mi día a día en Frankfurt.

Los personajes de El Gran Rojo proceden de diversos países

Precisamente porque en Frankfurt hay muchísima inmigración. De hecho, se dice que Frankfurt es la ciudad menos alemana de Alemania. Cuando vas por la calle parece que vas por una especie de Torre de Babel donde se habla mil idiomas. En mi novela sucede lo mismo, hay italianos, hay polacos, de todo, porque es lo que yo veo en mi día a día. Si no lo reflejara de esa manera no sería Frankfurt.

El Gran Rojo contiene, en parte, una crónica social del barrio rojo de Frankfurt. ¿Cómo se ha documentado para abordar esas cuestiones sociales?

Preguntando a mucha gente que encontré en el barrio rojo. Me he encontrado con personas muy abiertas que te hablan sin tapujos sobre lo que hace o deja de hacer. Me he encontrado con mucha gente que hablaba español y algunos y algunas, por desgracia, son parte de lo que se cuece en el barrio rojo. He podido hablar con ellos de primera mano y me han contado lo que ocurre por dentro. Y, luego, al escribir esta novela he mirado Frankfurt con ojos de escritor, ha sido un mecanismo de supervivencia para adaptarme a esta ciudad. Me la he llevado a mi terreno. Todos los días paseaba, me iba para arriba, para abajo y para muchos sitios y pensaba «aquí pongo una persecución», «aquí voy a poner una escena que me interesa». De esa forma me he adaptado más fácilmente a la ciudad. Y me he ido al barrio rojo, a las narcosalas, a sitios verdaderamente desagradables con tal de que las descripciones sean fieles en la novela.

¿Y cómo de real es el reflejo que realiza en la novela sobre la drogadicción?

Es bastante fiel. Frankfurt tiene un problema grande de drogadicción. Las narcosalas son establecimientos que el gobierno pone a disposición de la ciudadanía para que los toxicómanos tengan un lugar en el que inyectarse sus dosis. Es una medida muy polémica porque de primeras la impresión que da es que estás pagando por un sitio para que la gente se drogue, no es una medida muy popular. Lo que pasa es que se han reducido drásticamente las muertes por sobredosis porque en estas narcosalas hay jeringuillas esterilizadas y unas condiciones de salubridad y de higiene llevaderas. Allí encaran el problema de la drogadicción de una manera completamente diferente, a los toxicómanos se les considera enfermos. Una cosa muy curiosa es que las narcosalas están en el mismo barrio rojo, es como si hubieran querido concentrar todos los vicios en el mismo sitio, en pleno centro. Creo que dando por hecho que, si hubieran colocado las narcosalas a las afueras, habrían creado un gueto. En el centro está un poco más controlado. Pregunté y la hora punta de las narcosalas es después de comer. Te puedes imaginar el personal que merodea por las narcosalas: el que va por allí consumido por el mono, el que va por allí a trapichear, el que va por allí por accidente como yo, incluso alguna persona trajeada de alguna de las torres que necesite un chute de energía extra para tirar para adelante. Eso es lo que se ve en las narcosalas. En la novela también reflejo los narcopisos, que de eso sí tenemos en España. Conozco alguno que otro en Cádiz. Pisos a los que van a drogarse los que tienen motivos para no dejarse ver por las narcosalas, a quienes no les interesa que la gente sepa lo que hacen y van a esos narcopisos para tener una mínima intimidad pero, por supuesto, unas condiciones higiénicas deplorables.

Hay otros temas sociales que aparentemente no estarían relacionados con la novela negra. Señala, por ejemplo, la gentrificación o el reclamo turístico. ¿Con qué intención?

Realmente, cuando escribo, no busco una intención social. Mi intención es completamente lúdica. Creo que es una intención bastante respetable porque tal y como estamos ahora mismo es muy complicado entretener. Tenemos muchos métodos para divertirnos y cada vez es más complicado entretener a los lectores, entonces, intento que en mis novelas no haya moralina. Ahora bien, la materia prima con la que moldeo esa historia es la realidad. Para mí hablar de la gentrificación, hablar de que los alquileres se han triplicado o multiplicado en los últimos diez años es algo natural, es una forma de hacer la novela más creíble. Mi intención no es señalar un problema. Creo que eso es lo bonito de la lectura: hay lectores que pasan por alto esos detalles y hay otros que sí se paran a pensar. Lo importante es que cada uno haga su lectura y cada uno saque sus propias conclusiones.

¿Qué simboliza para usted un personaje como Ayla?

Ayla simboliza la supervivencia. Ayla es un personaje al que tengo especial cariño porque lo tiene todo en contra. Tiene dieciséis años, está en la adolescencia, en esa edad complicada. Debe llevar dinero a casa, debe cuidar de su padre enfermo de Alzheimer y se mueve en un mundo eminentemente masculino como es el del trapicheo y las drogas. En un mundo tan masculino, ella tiene que hacerse respetar de alguna manera. Tiene que conseguir que nadie se le suba a la espalda y lo hace de la única forma que sabe: siendo muy borde y no dejándose pisotear por nadie. Y, encima en la novela, se echa a la espalda la labor de averiguar qué ha sucedido con su hermano, con Samir. Todos esos detalles conforman un personaje que refleja la supervivencia, que lo tiene todo en contra y aun así sigue luchando.

Parece un personaje difícil de construir. ¿Guarda una complejidad mayor respecto al resto?

Es una complejidad mayor porque tiene muchas más aristas. Tiene muchos defectos y algunas virtudes. Me ha costado mucho conseguir un personaje como Ayla y, sobre todo, hacerla creíble. Al final ese es el objetivo, que el personaje sea creíble. Pero, al mismo tiempo, ha sido muy satisfactorio porque me he sentido muy identificado con ella.

El Gran Rojo da título a la novela y, pese a ser relevante en la historia, es un personaje que queda por resolver. ¿Qué futuro literario le depara?

Seguramente en una o dos novelas más siga jugando con el Gran Rojo porque la intención era esa: que no se sepa muy bien quién o qué es. Dejo ese interrogante de cara a resolverlo en futuras entregas. Claro que, las futuras entregas, al final no dependen de mí, dependen de que los lectores le den el visto bueno a El Gran Rojo y demanden más aventuras del Gran Rojo, de Mascarell y de Ayla. De momento el feedback que estoy recibiendo es muy positivo. Es más que probable que veamos una o dos novelas más con el Gran Rojo en el centro de la diana.

¿Qué le parecería una traducción de El Gran Rojo al alemán?

Me parecería formidable porque Alemania es el gran mercado. Es increíble lo que se lee en Alemania. Se lee muchísimo: en los bares, en la calle, en las plazas… Me sorprendió que, en uno de los viajes en los que estaba en Alemania, una chica se chocó conmigo por la calle porque iba distraída leyendo un libro. Además no me pidió ni perdón, se chocó y siguió para adelante. Claro, si hubiera ido con el móvil o algo así me hubiera molestado, pero iba leyendo. Sería un sueño que se traduzca allí la novela. Pero también me impone un poco de respeto porque tampoco dejo en muy buen lugar a Frankfurt precisamente, al mostrar la cara más fea y desagradable. Pero ese es el desafío, hice lo mismo con Cádiz. En La maniobra de la tortuga mostré un Cádiz más oscuro, más real, el Cádiz del paro, de la droga, de la miseria… Y la gente de aquí se lo ha tomado muy bien. Entonces, espero que cuando se traduzca, si llega a traducirse (ojalá que sí), que los alemanes disfruten con El Gran Rojo.

¿Cómo describiría la situación de la novela negra de habla hispana en el panorama literario alemán?

De habla hispana no conozco demasiado más allá de Rosa Ribas que, además, es vecina mía y me ha ayudado muchísimo en los primeros pasos en Alemania. Te puedo hablar de Rosa Ribas, que tiene una novela negra formidable, me he leído su trilogía ambientada en Frankfurt para ver lo que otros han hecho antes que yo a la hora de escribir una novela sobre Frankfurt, y Rosa es una de las mejores escritoras.

En El Gran Rojo todo sucede en un breve periodo de tiempo y apenas hay descripciones. ¿Cómo cree que influye esa forma de narrar los acontecimientos a la hora de la lectura?

Creo que es una lectura muy rápida. Yo concibo una novela negra como una novela que debe leerse rápida. Pienso en un lector de novela negra como un lector que sabe que ha sucedido algo, quiere saber quién es el malo, que va a desconfiar de ti y va a intentar adivinar qué pasa. Entonces, pienso que en una novela negra no podemos meter descripciones o muchos pasajes largos porque perdemos a esos lectores que quieren saber qué es lo que pasa. Quiero que el lector sepa lo que pasa y que no deje de leer y es muy complicado mantener la atención de los lectores y entretenerlos. Para mí la forma de hacerlo es meter mucha acción. Por eso en mis novelas, primero, pasan muchas cosas en poco tiempo y, segundo, no hay descripciones. No hay descripciones también porque es una forma de que el lector sea cómplice. Y, además, de esa manera fortalecemos también la imaginación de los lectores.

Al final de la novela invita a los lectores a que le escriban un e-mail y le cuenten sus impresiones. ¿Por qué es tan importante para usted ese feedback?

Porque es muy complicado conseguir lectores. Crear ese feedback es una manera de fidelizar a esos lectores y, además, hay que tener en cuenta que los que sostienen las grandes lecturas no están en las redes sociales, están más alejados. En las redes sociales me escribe mucha gente e intento contestar cada vez que puedo. Pero hay mucha gente que está fuera de las redes sociales y no tengo manera de saber de ellos y, si me escriben, facilitamos un contacto, un feedback. En ocasiones ha facilitado que me escriba un profesor para realizar un encuentro con los alumnos o una persona que no había leído durante años y se ha reenganchado gracias a mi novela. Es muy gratificante y me ayuda a conseguir ese contacto con los lectores.

Hace referencia al mundo audiovisual con Instinto básico, El expreso de Shanghai o Los Soprano. ¿Qué relación guarda el componente visual en la construcción de su relato?

Creo que tengo una forma de escribir muy visual, muy cinematográfica. Entre otras cosas porque pertenezco a una generación muy audiovisual. No es lo mismo quien se ha criado cuando no había apenas películas, que yo que me he criado viendo series y películas. Es indiscutible que, aunque mi formación es casi por completo lectora, en mi generación ha influido esa forma de narrar y tenemos una voz, una forma de escribir, muy dinámica y cinematográfica. Por eso creo que ha sido fácil adaptar al cine La maniobra de la tortuga, ha sido una adaptación muy natural, y por eso está empezando a llamar también la atención El Gran Rojo y varios productores me han llamado, lo que significa que la novela se puede adaptar.

Está previsto que la adaptación cinematográfica de La maniobra de la tortuga se estrene el próximo año.

Es un proyecto que me tiene entusiasmado, a mí y a todos los que estamos implicados. Surgió como una cosa bonita, ilusionante, pero el proyecto ha ido creciendo de una forma desmesurada y se han sumado varias productoras. Va a ser una producción tocha y muy ilusionante. Yo he asesorado, he leído los guiones y han pedido mucho mi opinión, pero he querido distanciarme porque ya se sabe lo que sucede cuando un autor se mete mucho en la adaptación de una novela: no es objetivo. Desde el primer momento tuve claro que tenían que dar rienda suelta a su imaginación, que mi novela no podía limitarles, tenía que ser el punto de partida para que ellos hicieran lo que mejor se les da, que es crear.