En “Antes de que nos olviden” Sergi Doria se asoma a la efervescente Barcelona de los años 70 en una novela real como la vida misma.

 

Texto: Antonio ITURBE

 

A mediados de los años 70, Alfredo Burman ve quebrar la editorial en la que realizaban con esmero grandes enciclopedias. El trabajo que le sale a Burman es como guionista del director de cine Ignacio Iquino, especialista en paella-western y películas de destape. Burman se siente intimidado y atraído por ese ambiente despendolado de la Barcelona canalla, a la vez que trata de averiguar más sobre la verdadera identidad de su padre, que actuó de manera criminal durante la guerra. Sergi Doria traza un fresco muy vivo de la época, con documentación muy contrastada y una viva paleta de colores, que nos muestra los escarceos de políticos que llegan a la foto, como Jordi Pujol, artistas decadentes en locales de La Rambla, las primeras revistas de la transición algo precipitadas en su búsqueda de epatar o los hijos de la burguesía que juegan de noche a ser bohemios. Pero, tras ese ruido, intuimos un vacío, una sensación de que todo es espuma.

Hay mucha documentación, nombres reales o medio cambiados, lugares, acontecimientos, mirada sociopolítica… ¿el novelista Sergi Doria ha sufrido para contener al periodista Doria?

Ejercer el periodismo obliga a ser fiel a los hechos, los datos y las fechas. Los episodios de la realidad, que siempre supera a la ficción, constituyen una ‘masa madre’ que he moldeado en novela. A quienes hemos pasado la vida dando cuenta de esa realidad nos cuesta, en efecto, tomarnos las libertades y licencias poéticas que brinda la literatura… Y como mis tres novelas se basan en hechos reales, debo reconocer que me ha costado disociarme de las hechuras del periodismo.

Son los años 1970 y el entrañable señor Moncada se lamenta de que en el mundo del libro “hoy todo lo dicta eso que llaman marketing”. ¿Lo del marketing en las editoriales no es nuevo?

El marketing es al siglo XX como el positivismo al XIX. En la época que abordo los departamentos de marketing comenzaron a marcar el paso a las editoriales. El bestseller tal como lo conocemos ahora, y la siempre problemática conjugación de calidad y comercialidad ya eran el pan de cada día.

En periodismo se habla mucho ahora de que priva la inmediatez y la superficialidad, pero el panorama que vemos hace 50 años de “sensacionalismo político y mujeres desnudas” no era ninguna maravilla. ¿El periodismo en su lucha entre la información y el negocio empresarial está condenado a una eterna precariedad moral?

Kapuscinski decía aquello de que los cínicos no sirven para este oficio, pero me temo que es más un loable deseo que una realidad. Recordemos, por poner uno entre muchos ejemplos, que en aquellos años el Bild Zeitung de Springer vendía millones de ejemplares a costa de saltarse la ética día sí y día también. Hoy, con la pugna por la hegemonía digital, la precariedad moral y la pornografía victimista y sentimental abona lo que en la época de la prensa amarilla de Hearst se etiquetaba como historias de interés humano. Puro cinismo.

Describes el mundo del director de cine Iquino y sus producciones baratas de manera muy vivida…

En 1976 tenía 16 años, muchas películas de calidad condenadas por la censura franquista se recuperaron en los cines de repertorio y arte y ensayo. Al mismo tiempo que se rescataban títulos de Visconti, Fellini, Fassbinder o Bergman, proliferaba el cine cutre de destape y el porno blando clasificado S. No conocí a Iquino, pero en la escalera de casa vivía un abuelo que hacía de extra en sus películas. Iquino tenía sus oficinas en el Paralelo y era muy conocido en el barrio del Pueblo Seco. No olvidemos que los estudios cinematográficos Orphea, donde Iquino rodó películas y que ardieron en 1962, estaban muy cerquita, en MontjuÏc

Hay un entrañable retrato de Pipper, La Maña y el mundo del Molino. ¿Lamentas que se haya perdido esa “labor social” para alegrar la vida a los abueletes?

Las sesiones de tarde de El Molino, con su consumición de gaseosa y los autocares de comarcas, fueron un aliciente para la tercera edad, desde la posguerra hasta los años setenta. Y no solo los abueletes. Allí se respiraba libertad y se rompían muchos tabúes eróticos que pesaban como una losa en los matrimonios que venían del tiempo de silencio franquista.

A las actrices de las películas del destape les va entre regular y muy mal, a Iquino tampoco le va muy bien, el culto señor Moncada pierde el trabajo en la editorial, al igual que Alfredo… ¿vivir de la cultura y la creatividad en España es llorar?

Lo decía Larra, pero tanto Iquino como las películas de destape eran un producto de la cultura popular que tuvo su momento y luego quedó obsoleto por la propia dinámica de las costumbres.

¿Por qué el señor Moncada, personaje culto, ponderado y bondadoso afirma que Companys era “un trepa y algo gandul”?

Porque era así. Companys era un abogado laboralista que trabajó a la sombra de Layret, que era el abogado bueno, y llevaba poco dinero a casa: no en vano y por su vida bohemia, le apodaban l’Ocellet. Cuando se proclamó la República quiso ser el protagonista, pero Macià no se lo permitió. Companys fue un populista muy mediocre al que su injusto fusilamiento en 1940 convirtió en mártir.

Jordi Pujol tampoco aparece muy favorecido en el retrato. ¿Por qué Tarradellas no se fiaba de él, según el señor Moncada?

Pujol intentaba situarse en el espectro político, pero entonces era el banquero Pujol. Tarradellas, que era un político con mayúscula, lo caló desde el minuto uno. Veía en él lo que Pla ya advirtió precisamente en 1976: un ‘milhomes’ que se creía la encarnación de Cataluña. Pujol estudió medicina y no ejerció. Creó Banca Catalana y la quebró. Se metió en la prensa y cerró Destino y El Correo Catalán. Y luego vino lo que vino…

La novela tiene muchos hilos y en las indagaciones algo erráticas de su protagonista parece latir el espíritu de las novelas de Eduardo Mendoza… ¿Es un referente para ti?

Mendoza es siempre un referente cuando escribes de Barcelona. Con él aprendes a manejar la parodia y expresar con estilo sublime las situaciones más ridículas del nacionalismo indígena.

La novela tiene momentos divertidos y mucha acción. Pero también un poso de amargura o, al menos, de melancolía: todos se agitan mucho pero nadie consigue sus sueños. ¿La literatura no está hecha para la felicidad?

Si debes adaptarte por contrato al happy end de Hollywood, posiblemente. Pero si bebes de la buena literatura los perdedores dan mucho más juego que algún cretino con dientes blanqueados y modélica biografía a juego. El triunfo de mis personajes es saber quién son y de dónde vienen para poder morir en paz. Eso lo consiguen.