Chéri

Colette

Trad. Núria Petit

Acantilado

150 págs.

 

Leer a Colette es una experiencia sutil e intensa. Acantilado ha tenido el acierto de publicar ya El quepis y otros relatos y La gata, y ahora, esta espléndida Chéri. Puede que parezca, al seguir las peripecias de sus personajes, que el lector habita un cuadro de Monet, mecido por la música de Saint-Säens, oliendo los perfumes intensos de los cientos de flores que la autora menciona, disfrutando de los apenas distinguibles matices de los colores, de la luz tenue de los atardeceres que dejan en penumbra los tibios dormitorios donde los amantes se entregan al placer y rumian sus rencores. O que asistamos a las afiladas conversaciones de las damas burguesas que se critican con despiadada malicia y se necesitan con infantil sentimentalismo.

Colette maneja con igual soltura los salones y los teatros elegantes y cínicos, y las pasiones intensas y desenfrenadas; los celos furibundos y la desesperación del abandono. Y no es extraño: vivió una vida compleja, libérrima, desinhibida, mundana y sentimental. Su primer marido “Willy”, al que conoció cuando era una adolescente, le sirvió de maestro, de iniciador; la enseñó, de alguna forma, a vivir en sociedad. Y la usó, como a tantos otros, como “negro” para redactar los textos que él firmaba y que le proporcionaban fama y dinero. Hasta que Colette se hartó de sus infidelidades y emprendió una nueva aventura vital autónoma e independiente. A menudo escandalosa, alternado las pasiones lésbicas y los amores convencionales, siempre original y digna. Se casó una segunda vez, pero tampoco esa relación duró demasiado. De hecho, cuando se separó de Henry de Jouvenel, se convirtió en amante de Bertrand, su hijastro, de diecisiete años, para pasmo de la sociedad. Ella ya pasaba de los cuarenta. Esa relación, seguramente, es la que le proporcionó el tema y la destreza para elaborar la magnífica novela que ahora comentamos. Chéri también trata de la relación amorosa de una mujer ya madura, una cortesana esta vez, Léa de Lonval, y de un joven que comienza con diecinueve años un romance con ella que se prolongará durante más de un lustro. Aunque, en este caso, lo relevante de la obra no son esos años de placer y aprendizaje, de pasión adolescente y caprichosa, de inconsciencia y dulzura. Lo que proporciona una fuerza impactante a Chéri es el inevitable final de esa ficción que parecía ser eterna, de ese amor extravagante y condenado. Chéri es una especie de niño mimado, un joven atractivo, embriagador, caprichoso y egoísta. Ella tiene más de 50 años, conserva una belleza clásica, es inteligente, previsora y capaz de gobernar su vida con sensatez y cordura. Pero se enamora perdidamente, hasta el punto de olvidar lo que creía que sabía, de ignorar lo que el implacable paso del tiempo se encarga de recordar en cada aniversario; lo que ni el maquillaje, ni las sedas, ni los perfumes exóticos, ni los vestidos favorecedores puede ocultar: lo que el espejo, indiferente, brutal, muestra.

Chéri es una preciosa, intensa, lúcida novela sobre el amor, sobre la madurez y la decadencia. Claro que es una acerada crítica de cierta burguesía ramplona y afectada, pero sobre todo es una novela de aprendizaje, aunque, en este caso, el aprendizaje que interesa a Colette no es el del pupilo, el del adolescente que va creciendo, que se enfrenta a una vida adulta que le impone normas, disciplinas, rigores o moderación. Es el aprendizaje de la maestra, de la mujer madura que creía ya saber lo que era la vida y ésta, siempre implacable, aún no le había mostrado. Colette posee una inteligencia casi cruel y una sensibilidad morbosa, y, a pesar de que, al comienzo, parece que no va a apiadarse de sus criaturas, a la postre se encariña con ellas, las comprende y cuida, y, en vez de entregar una obra sensiblera, un melodrama, traza una pieza maestra de exquisita sensibilidad e inteligencia fría y deslumbrante. Construye un ejemplar e inolvidable estudio psicológico de una mujer al borde de la decadencia, de una mujer enamorada que sabe renunciar, a pesar de todo, a su pasión a costa de mantener una lucidez dolorosa y frágil, piadosa e íntegra.

Miembro de la Academia Goncourt, cuando murió Sidonie-Gabrielle Colette, el 3 de agosto de 1954, la República Francesa le dedicó unos Funerales de Estado. Es la única escritora que ha merecido tal honor. Chéri es una estupenda muestra de porqué. Una novela breve, sensible, lúcida y magistral. Antonio García.