El cara a cara se disculpa en tiempos de pandemia. Ni siquiera se pregunta, en este caso a la escritora Belén Gopegui, por qué no hacemos esta entrevista delante de un café en algún sitio tranquilo. De modo que Librújula envía un cuestionario a la autora a propósito de su nueva novela, «Existiríamos el mar». Estas son las respuestas que devolvió, exactamente el día que dijo que lo haría y después de algunos emails aclarando algunos aspectos de las preguntas.

 

Texto: Begoña PIÑA  Foto: MARIÚ

 

Lo que a menudo juega en contra de una entrevista, esa ausencia de espontaneidad en las respuestas inmediatas de una conversación, no ocurre en el caso de Belén Gopegui. Esta mujer medita y después contesta, y en sus textos queda un pensamiento valioso para la reflexión. Con ella prestamos atención, en palabras de la escritora, “a la ironía política de que los personajes necesiten para vivir aquello que les destruye”. Son personajes que han construido un espacio de vida en común en un piso de la Calle Martín de Vargas de Madrid. Cinco personas que han pasado los cuarenta años y que comparten casa por necesidad y por su forma de entender la convivencia, que avanzan peleando contra el exceso de horas de trabajo, la amenaza de los despidos, el aislamiento y la ausencia de identidad del que está sin trabajo y sin dinero… Una de ellos, Jara, se marcha sin avisar ni decir dónde ha ido. El sentido de la vida —el sentido social y político—, el colectivo, el individuo, el amor —distintas clases de amor—, la amistad y la solidaridad… Existiríamos el mar es muchas cosas y una sola, la vida hoy, una novela que oxigena en estos tiempos de desigualdad, en los que la pandemia no lo disculpa todo.

¿Es la necesidad de aportar, de contribuir, una de las ideas de esta novela?

Pensemos en lo que mueve a los personajes en las novelas, y en la relación que encontremos con la vida. Existe una tendencia a primar los motivos y las razones turbias, oscuras, culposas. Se parece un poco a la seducción que en la adolescencia podían despertar las personas atormentadas. Luego, al ir creciendo, tal vez se desconfía un poco del atractivo de lo atormentado, sobre todo si es una tormenta interior. En esta novela procuro ampliar el campo de lo que mueve a los personajes más allá de ese sesgo narrativo, digamos, adolescente. La convención entiende que un personaje que describe, por ejemplo, su sentimiento de culpa, es más atractivo que otro que elige poner de su parte en el conjunto; lo interesante sería preguntarse por las razones, el porqué nos gusta lo que nos gusta.

Hay personas que no tienen ninguna necesidad o deseo de “aportar”, otras que entienden la necesidad pero prefieren que lo hagan otros… ¿Esto explicaría la pregunta que se hace uno de los personajes cuando piensa: “No puedo más, ¿por qué no logramos decirlo a la vez?”.

Se han hecho estudios antropológicos sobre la figura del gorrón o del free-rider, el que se beneficia del grupo sin contribuir al esfuerzo colectivo y no porque no pueda, sino porque no quiere. Las narraciones, sin embargo, más que asignar adjetivos o tipologías, ponen en pie historias sobre cómo el carácter y la conducta se imbrican en la colectividad, por qué surgen, qué ideas, comportamientos e instituciones los alimentan. La narrativa es lo contrario de la mera descripción, se trata de contar cómo en determinadas circunstancia se desarrollan algunos rasgos y otros no llegan a madurar ni a florecer. La pregunta del personaje se relaciona entonces con las palabras de Joan Brossa que citaba Eudald Espluga en un libro precioso, Rebeldes: “La gent no s’adona del poder que té”. Y describía ese poder como “la energía transformadora que nace cuando un grupo de personas decide reunirse, conversar y confiar en sus semejantes para emprender algún tipo de acción común”. Los personajes de la novela, a mi juicio, interpretan que el motivo de ese no lograr decir a la vez “no puedo más” es anterior a la existencia de algunos caraduras, tiene que ver con las relaciones de dominación, con cómo se favorece el individualismo y se obstaculizan, al mismo tiempo, la confianza en los semejantes y la capacidad de emprender acciones comunes.

Ese ‘No puedo más’ es la expresión de una sociedad al límite de su resistencia. ¿Es este el tiempo del ‘ahora o nunca’?

La sociedad se adapta, las personas, en cambio, pueden caer. Creo que son hoy muchas las personas que están al límite de su resistencia. Contaba Bob Pop con respecto a su fabulosa serie Maricón Perdido que no siempre las historias las narran los supervivientes. Decía que en su historia el personaje niño y el joven no habían sobrevivido, y eso hacía que la historia estuviera narrada de alguna manera por un fantasma, la persona que siguió después de que otros no pudieran seguir. En esa medida sí, es ahora o nunca si no queremos convertirnos en un mundo de fantasmas que cargan en su pecho con todas las vidas que no pudieron seguir.

Existiríamos el mar presenta lo colectivo y lo individual, pero no los enfrenta, conviven. ¿Es una reivindicación del respeto necesario a uno mismo y a los demás, y al y lo colectivo?

Esta idea de la tensión entre lo individual y lo colectivo, por extendida que esté, no deja de ser extraña. En realidad siempre designa tensiones entre colectivos diferentes, solo que algunos se arrogan la imagen del “solo ante el peligro”, pero la propia idea de solo ante el peligro ya implica cámaras detrás. Pues de aquellos individuos que realmente fueron aplastados por su colectividad no sabemos nada, a no ser que alguna colectividad (compuesta, claro está, por individuos) haya logrado conocer, primero, y dar a conocer, luego, su historia. Cuando, pongamos, Vargas Llosa difunde la idea del escritor solo frente al poder, de lo que está hablando es de un escritor que se inserta en una estructura más amplia, en este caso neoliberal, y desde ahí se enfrenta a otra estructura o colectividad, ya sea una en tránsito al socialismo o cualquier otra. El individuo y la colectividad no se enfrentan porque son como la materia y la forma, no pueden darse el uno sin la otra. Lo que hay son enfrentamientos entre distintas colectividades, esta novela habla de una muestra pequeña de determinadas colectividades que quieren vivir sin cargar su peso sobre hombros ajenos.

Veo en su novela una llamada a la acción.

Una novela es una novela, y una llamada es una llamada, quiero decir que son caminos diferentes y que sin duda hay caminos más efectivos, más claros, mejores, para llamar a la acción. Lo que las novelas pueden hacer, a mi parecer, es oponer a los mitos de su tiempo formas con las que desactivarlos, puesto que los mitos impiden pensar y conocer y equivocan las acciones que se toman en función de ellos. Sucede, por otro lado, que los mitos son poderosos. Se puede, por ejemplo, rebatir algunas afirmaciones de la Biblia acudiendo al Carbono 14 y a otros procedimientos científicos, y es necesario. Pero es también importante utilizar historias, que pongan de manifiesto a dónde conducen las ideas erradas de esa gran narración. Diría que esta novela se escribe contra la idea de cierta naturaleza humana truculenta muy presente en otras narraciones, la idea de que lo truculento es lo más fuerte y es puro, de que no hay razones capaces de intervenir, convivir, luchar, con esa visión tétrica de los seres humanos y contra la idea de que cualquier intento de hacerlo incurre en el idealismo. A mí modo de ver hay más idealismo —en el sentido de visión irreal no apegada a la materia de la vida— en la visión que niega la inteligencia de lo común y no es capaz de ver cómo tantas veces las visiones apegadas a lo material permiten que algunas cosas, y algunas normas, mejoren.

Retrata tiempos de mucha confusión. ¿Cree que son consecuencia, entre otras cosas, del poco tiempo que dedicamos a pensarnos, o es una victoria del sistema capitalista, que nos agobia con exceso de trabajo y de entretenimiento?

En la novela se habla de factores de confusión en relación a que a menudo resulta muy difícil saber cuál es la causa de un hecho concreto. Y hay un personaje, Camelia, que se refiere a lo difícil que resulta a veces encontrar claridad cuando el bien tiene algo de mal y el mal, algo de bien, pero no creo que sea una novela que insista demasiado en la confusión sino, más bien, en los procedimientos: en las razones por las cuales los procedimiento para corregir lo que está errado son difíciles, por qué las personas están cansadas, por qué la abulia y la rendición al presente resultan fáciles, mientras que la organización para la emancipación resulta complicada en las actuales condiciones de vida.

¿El personaje de Jara es, de alguna manera, el triunfo del individualismo sobre la idea de la negociación colectiva de los trabajadores?

Por lo general no hay victorias ni derrotas absolutas, hay un proceso, con fuerzas y resistencias procedentes de lugares distintos, que actúan con más o menos intensidad según multitud de factores, y todo continúa. En cuanto a Jara, no es el triunfo del individualismo, sino que su peripecia se opone a la idea, un poco cínica, del “si quieres, puedes”, si no te gusta lo que haces, déjalo, si te pagan una mierda, vete, si no consigues perseguir tu sueño, sal de la zona de confort y ponte a cazar mariposas. En Jara no hay resignación, en absoluto; como decía aquella canción, el tiempo dirá.

La vida íntima y la vida social, ¿se confunden demasiado hoy los verbos ‘ser’ y ‘estar’?

Esa interesantísima distinción que tan pocos idiomas tienen entre ser y estar guarda posibilidades que se pierden con frecuencia. Se tiende a la etiqueta y la supuesta inmutabilidad del ser, pero en la vida, por lo general, se está. Diría que las novelas que me importan son las que cuentan el camino entre un ser supuesto y un tanto abstracto y un estar concreto.

Los personajes de la novela viven resistiendo, pero hay algo en ellos de cambiar eso tan repetido de ‘Esto es lo que hay’. ¿No debería ser este el objetivo de todos?

Los debería incomodan mucho, tal vez con razón, pues cada persona puede llegar a conclusiones diferentes sobre lo que debería hacer (y a conclusiones también sobre lo que debería pero no puede). En todo caso, la tensión se da entre aquellas personas a quienes beneficia el concepto julioiglesiano de que la vida siga igual, y aquellas que sencillamente no pueden seguir viviendo así.

Un personaje dice en la novela que no son los libros los que cambian el mundo, sino el corazón de las personas. Pero los libros, el arte, la cultura también cumplen una labor ahí, ¿no?

Es la voz narradora quien se refiere a los casos en que algún libro tiene algún efecto y dice que “nada habría podido el libro sin el gastado corazón de los humanos que se empeñan”. Así pues, cumplen una labor, sí; por cierto que no siempre buena, a lo largo de la historia numerosos libros, y parte del arte y la cultura, han hecho daño, también conviene recordarlo.

Su literatura, de hecho, se podría considerar como ‘enemiga’ del sistema. ¿Escribir es para usted una manera de luchar contra él?

Parafraseando al 15-M, es el sistema quien es enemigo de una vida diaria tranquila y generosa. Por otro lado, lo que supongo entendemos por sistema hoy controla la existencia y circulación de lo enemigo y no creo que la literatura, la mía incluida, pueda considerarse completamente fuera de ese control. Solo en un contexto de fuerte enfrentamiento podría quizá la literatura tener algún papel en él. Entretanto, procuramos que la literatura no se pliegue, que conozca el terreno pero no se adapte dócilmente a él.

Esta es una historia de convivencia, de la ‘familia’ que uno elige, de amistad… formas de amor que no excluyen el de pareja, pero tampoco lo subliman. ¿Despreciamos esas otras formas de amor?

Estoy leyendo un libro imprescindible de Brigitte Vasallo, Lenguaje inclusivo y exclusión de clase. Allí la autora recuerda que, si bien a menudo lo que no se nombra no existe, también a menudo nombrarlo no es suficiente. Esas otras formas de amor se nombran poco, y existen poco, diría Vasallo, porque no se han construido marcos de significado posibles donde encajarlas, y al mismo tiempo tienen multitud de factores en contra. Factores que se relacionan a menudo con la idea de propiedad privada, no tanto de las personas, que también, como de los inmuebles, las herencias, la forma de vida que parece natural.

¿Se siente cronista del estado social del país desde la literatura?

No escribo crónica sino ficciones; la ficción remite a la realidad, pero por un camino diferente.

Existiríamos el mar es ahora, después del confinamiento. A muchas personas, el confinamiento les permitió detener un poco el ritmo del día a día y reflexionar, percibir mejor el esfuerzo colectivo, hacerse preguntas importantes. ¿A usted qué reflexiones le ha provocado este tiempo?

Me inquietó ver que esas reflexiones remitían a la excepcionalidad, padres en masculino específico que comentaban que habían podido pasar más tiempo en casa, dando por hecho que esa situación cambiaría de nuevo en cuanto la pandemia acabara, o el aprecio trágico por el personal sanitario y el que desempeña otros empleos, trágico porque no ha perdurado, más bien al contrario, el esfuerzo realizado no ha tenido un reconocimiento estructural que hoy permanezca, por lo tanto ha quedado como una deuda más.

En Ella pisó la luna escribió: “Ganarle la pelea a las estructuras depende también de las historias que tengamos”. ¿Las historias que tenemos hoy en la literatura van en contra o le hacen el juego a las estructuras?

Leer en parte puede consistir en eso, en hacerse esa pregunta con cada historia.

La novela avanza con diálogos, monólogos interiores, los poemas de uno de los personajes…, que es la manera en que transcurre la vida: ¿esa era la intención?

Añadiría el papel de la voz que narra la historia, una voz que no se esconde, escoge lo que mira, y asiste a la ironía política de que los personajes necesiten para vivir aquello que les destruye. He procurado que esa voz no se aleje de los personajes, sino que componga, a su lado, el espacio en donde habita cada narración, un espacio nunca completamente imaginado, nunca evocado del igual manera, si bien, al mismo tiempo, capaz de cobijar lugares de entendimiento y aventura.

Dice que escribir le permite acercarse a los otros, más que mostrarse usted en los personajes. Pero es muy fácil identificarse con todos ellos. ¿No hay aquí también parte de usted misma en los personajes?

Sí, aunque encubierta.