Beatriz de Moura: algo más que una jefa

La fundadora y directora editorial durante cuatro décadas de Tusquets Editores falleció en Barcelona el 17 de abril a los 87 años.

Texto: Nahir Gutiérrez

 

Me pilla la noticia de la muerte de Beatriz de Moura en un festival conmemorativo del colegio de mis hijos, a donde he venido sin ellos porque en este momento cada uno está en otra parte. A la sucesión de imágenes de un pasado que no volverá y a esa ausencia lógica pero profunda a mi lado se suma de pronto, como un bofetón, el titular que entra en el móvil del que soy, en general, incapaz de separarme.

Y entonces, aprovechando la espita ya abierta, me chorrean recuerdos a borbotones. Recuerdos de aquella casa destartalada casi al final de la calle Iradier, de la que me enamoré nada más llegar; el lugar donde mentí para entrar porque hubiera matado para quedarme; con su pasillo lleno de montones de cubiertas alineadas esperando envolver los libros; Beatriz sentada al final de todo, con su café y su purito, leyendo con parsimonia los diarios del día. O en despacho ajeno, sobre una sillita plegable poco mayor que las que se llevan a cazar, al lado del montón de manuscritos, ojeando y trasteando mientras nadie osaba hablar hasta que ella no se iba. Beatriz saliendo los viernes por la puerta de la editorial con el carrito de la compra lleno hasta arriba de originales enrulados, sus deberes para el fin de semana. Beatriz en la otra sede, una villa italiana de la que todos teníamos llave —creo que aún conservo la mía— y una contraseña delirante para la alarma de seguridad; la charca en el jardín sobre la que bromeábamos con hacer una piscina; las sillas de teka al sol, y el gato mimado por una quincena de personas siempre a punto de tropezar con él. Su despacho en la planta de arriba, presidido por el retrato de Camus que conservó en todas las mudanzas. Beatriz escribiendo tarjetas a pluma y pasando después el tampón secante con la elegancia de quien dibuja caracteres chinos.

Escucharla y verla actuar era todo lo que necesitabas para aprender una manera de hacer las cosas que, cuando te pilla joven, ya no sabrás —ni querrás— cambiar.

No fue una jefa cualquiera. Fue, como el título de la novela de Puértolas: gente que vino a mi boda. También la única jefa a la que le escribimos —y le cantamos— un rap, con motivo de sus veinticinco años de trayectoria editorial. “Há uma brasileira que edita com afinco, parabéns, Beatriz, pelos vinte e cinco”.

Con ella —que nos dejó a apenas una semana del Día Mundial del Libro y a un escaso mes para su 87 cumpleaños— desaparecen un mundo y una manera de entenderlo y habitarlo que no volverán.

Desaparece la conversación sin prisa, el eternizarse con un libro en el regazo, la caligrafía cuidadosa, las sobremesas sin fin. Desaparece el mundo en minúsculas, la sensación de burbuja acogedora de una forma de trabajar que acaba siendo una forma de vivir.

Me pregunto qué pensaría Beatriz del ahora. De la caída en picado de los índices de comprensión lectora, del desbarajuste de las Humanidades en la formación académica, de TikTok, de booktook, de los influencers… Ella, que decía sin despeinarse “el marketing es para las neveras”.

Creo que puedo intuirlo; casi puedo escuchar su tono ácido y socarrón, su ironía acerada y acertada siempre; su contundencia marcial.

No habrá secante para llorarte, Beatriz. Aprovecha la Eternidad para leer de nuevo.