«Beati eccentrici. Cum ex lectione colloquium nascitur»
[Es decir: » Benditos frikis. Cuando de la lectura nace la conversación»].

Librería Morioka Shoten
Texto: Nahir Gutiérrez
Pocas veces escucho las noticias. Básicamente porque ya nunca veo televisión lineal. Ni por horarios, ni por convicción, ni por casualidad, vamos. Pero el otro día reparé en una noticia que sonaba de fondo, en sordina, que me fascinó y hasta me puso de buen humor.
Entrevistaban a un grupo de gente que quedaba para conversar en latín. Trasteando luego, encontré más ecos de la noticia «Los verdaderos latin lovers» en EL PAÍS Semanal. Han leído bien: quedan para hablar en latín; leen textos y los comentan. Los comentan en latín.
Qué quieren que les diga. Cuando la atención tiene categoría de milagro y el tiempo se empeña en atropellarnos, que haya gente que quede para leer y hablar en latín me resulta reconfortante. Aunque debo decir que lo que más me impactó fue el argumento de uno de ellos: Que el latín había sido su cruz en el instituto —cuando en el instituto estudiábamos latín porque no se lo habían cargado de los planes de estudio— y que había decidido enseñarle quién mandaba. Ese tipo de persona me roba el corazón en la misma medida que me hace estallar la cabeza. Porque a mí me amargaron la vida las matemáticas y no seré yo quien busque venganza matriculándose en Ciencias Exactas cuando me jubile…
Pero aquí lo importante es que hay señales; al menos yo veo señales. De que el mundo vira lentamente (tan lentamente como el Titanic: o sea, demasiado tarde) hacia lo analógico. Para las que somos tan analógicas como Johannes (Gutenberg), tanto que chirriamos como una vieja imprenta, eso sí que iría camino de convertirse en una venganza.
Por ejemplo, leo en @codigonuevo que hay un fenómeno reciente que son los “Mail Clubs”, que ellos definen como “las nuevas redacciones de inglés que escribías a tu amigo imaginario.” Cuando profundizas un poco y resumes a lo bruto, se trata de pagar a alguien para que te escriba. De suscribirte a una publicación, una marca, un influencer (de nuevo, el palabro) y acordar si lo que quieres recibir cada mes en tu buzón es una carta de amor, un journal de viajes o —imagino, porque hace furor— una lista de recetas y fotos de platos cuquis y saludables.
Otro dato esperanzador es el de una librería de Tokio que vende un solo libro. Morioka Shoten (en la foto) es una pequeña librería independiente nacida en mayo de 2015, en el distrito de Ginza, cuyo propietario la abrió inspirándose en su experiencia previa como librero y en la idea de que, a veces, un solo libro merece toda nuestra atención. Se organizan charlas, presentaciones con autores, encuentros con editores y objetos o arte relacionados con ese libro, para hacer la experiencia más enriquecedora. Pone a la venta varias copias del mismo título cada semana, y cambia de libro los martes. ¿Se imaginan algo así con el precio de los alquileres en este país? Que, al final, es así como se miden las cosas en este mundo desquiciado nuestro…
La librería más pequeña de la que yo había oído hablar está en Florencia. Con sus 15 metros cuadrados, “La città dei lettori” es la segunda más pequeña de la ciudad. De la primera, dice la leyenda que se creó en un montacargas… Su característica más bonita es que tiene una auténtica buchetta para libros, (buchetta se traduciría por hueco, buzón…), que evoca las buchette del vino presentes en la ciudad, aberturas generalmente situadas en los muros de los palacios históricos a través de las que se vendía vino directamente a los transeúntes.
En fin, todo esto para decirles que esos pequeños destellos, sean de lucidez o de rareza, son encarecidamente bienvenidos. Sí, bienaventurados los raros, los únicos, los frikis; los distintos, los especiales, los singulares, los atípicos, los insólitos… porque algo me dice que en ellos está nuestra salvación como especie.







