Andrea Abreu, para bien y para mal

Seis años después de la exitosa «Panza de burro«, la autora canaria vuelve para desestabilizar –de nuevo– todas las convenciones literarias con “Pajaritos preñados”, su segunda y esperadísima novela.

Texto:  Gianni Zecca     Foto: Lilia Ana Ramos  

 

“Al fondo, allá abajo –escribía casi como una Anunciación pagana Andrea Abreu en la última página de Panza de Burro– empezó a alumbrar el sol de septiembre”.  Seis años después, ese sol septembrino, al fin, ha surgido. Porque después del bombazo de Panza de Burro, Andrea Abreu ha vuelto con Pajaritos preñados, su segunda y esperadísima novela.

Una expectación que, sin embargo, no se ha edificado sobre las recientes campañas de marketing, sino sobre el monumento –aún vigoroso– de su primera novela Panza de burro, que más que una novela es toda una cátedra de naturalismo expresionista. Porque desfigura al realismo tradicional y pone en evidencia el mercado negro de lo indecible. Y porque después de Panza de Burro hemos aprendido que no es a través del realismo tradicional que se puede comprender realmente lo canario. Porque la realidad verdadera, como dijo Proust, es interior. Tan interior que la narradora de Panza de burro no necesita ni siquiera de un nombre propio, sino tan sólo de una vozarrona en primerísima persona, ingenua y descarnada como el Huck de Twain, visceral y disfémica como el Jason de Faulkner, íntima y emotiva como el Holden de Salinger. Pero, sobre todo, más canaria que el calado, y los nísperos de cas abuela y los estraneros y los ojos de Isora verdes como un verdino verde como una mosca en agosto sobre el bocadillo de salpicón de atún en la playa de teno como una botella de vino vaciada la abuela de isora se enfadaba y le decía te vacío por dentro te vacío hoy bebo sangre tuya cachoputa.

Es con esta quasi transcripción del habla oral, o skaz, como lo denominó Shklovski a principios del siglo pasado, que Abreu ha logrado configurar todo un manifiesto de semiología canaria. Porque lo que hizo grande –muy grande– a Panza de burro no ha sido sólo el coming of age de la narradora y su amiga Isora, sino la forma de contarlo. Toda una pequeña revolución literaria sobre la que hoy ha fructificado la expectativa de esta segunda novela de Andrea Abreu. Y no es descabellado pensar que todas las personas que hemos leído Panza de burro nos hayamos preguntado cómo haría Andrea si hubiese querido no quedarse encasillada en este skaz; cómo podría sorprender con nuevas transgresiones formales; si su nueva novela se acercaría más al tono lírico y reivindicativo de su fanzine Primavera que sangra, al dolor triste de su poemario Mujer sin párpados, o sería más próximas al registro árido y descarnado de sus artículos; o, porque no, no sorprender en absoluto y quedarse en el mismo registro de Panza de burro para exprimir al máximo su estrategia narrativa. En otras palabras, que nos diera lo mismo, pero diferente. Y, efectivamente, para bien o para mal, así ha sido. Porque Pajaritos preñados es exactamente esto: otro coming of age a lo Panza de burro, pero un fisquito diferente.

La primera diferencia es el cambeo de la vozarrona hacia una tercera persona algo más distante, pero nunca aséptica. Porque lo que ha hecho Abreu es comparable a lo que hizo Francis Bacon con el Inocencio X de Velázquez: apoyarse sobre el mismo motivo de fondo para sacudir todos los resortes de su forma hasta niveles extremos. Y esto hace que Pajaritos preñados no sea la progresión de Panza de burro, sino su hipérbole, su deformación extrema, una continua dislocación del lenguaje convencional a son de parataxis, fisuras ortotipográficas, radicalismos sintácticos y anacolutos tan desesperantes como necesarios. Es como si Andrea hubiese retomado el bastidor de Panza de burro y hubiese rajado nuevos calados para crear nuevas constelaciones en el tejido del lenguaje y contarnos, siempre desde un escaparate sociocultural específicamente canario, la desgarradora epopeya familiar de Cathaysa. Pero ojo, la de Abreu no es una técnica ad libitum, es una intervención radical y medida para que el lenguaje se adhiera como una capa de sudor sobre el cuerpo de una historia brutalmente cotidiana, que pulsa bajo las imperfecciones encostradas de la epidermis lingüística y que cada lector/a juega a rasgarse poco a poco con la uña hasta que los personajes sangren y duelan a carne viva.

Pero en medio de tanta arena, siempre deambula algo de cal. Porque si en Panza de burro el contenido dialogaba perfectamente con la forma, en Pajaritos preñados la forma tiende a aplastar un contenido que no es lo más destacable y que se limita a una serie de retratos que galvanizan un todo, un álbum de sentires desperdigados, pero que difícilmente trascienden lo que, a fin de cuentas, parece ser un culebrón canario revisitado para lecturas contemporáneas. Pero ojo, tampoco el Ulises es una gran historia. Y es que tanto para Joyce como para Abreu, el argumento parece haber sido el pretexto del cual se han servido para exasperar la forma. El problema, en este caso, es que tanta (de)forma –que en muchos casos es tan gratuita que parece una provocación deliberada– se vuelve insostenible e indigesta a lo largo de todas sus quinientas páginas. En definitiva, la excesiva extensión de Pajaritos preñados parece diluir aquella intensidad que en Panza de burro se mantiene magistralmente, y el resultado es sí un bastidor descomunal pero con un tejido algo laxo y deshilachado que difícilmente se aguantaría sin las reservas proteicas de Panza de burro.

Ahora, más allá de algunos pocos desencantos, es impensable que tan poca cal pueda restar valor literario a una obra y una autora tan necesariamente inconformista y disonante. Y en este sentido, se podría decir que Abreu es el adviento de una nueva John Cage en medio de tanta convencionalidad literaria. Porque es capaz de facetar el mundo deformándolo con su particularísima maniera en las que las cosas no se dicen, sino que se sienten. Y este, como sostuvo también Shklovski, es exactamente el propósito del arte: transmitir la sensación de las cosas, no las cosas en sí, no en el modo en que se conocen, sino en el modo en que se perciben.  Hay que leer a Andrea Abreu, para bien y para mal.