La editorial Plataforma celebra de manera gozosa su llegada al número 1.000 con la reedición en gran formato de “Albert Camus: solitario y solidario”, un álbum de fotografías, recortes de prensa, cartas, documentos y palabras del escritor francés que se agarran al pecho. Estas páginas hacen que, en el mundo actual, una voz como la suya se eche mucho de menos.

Texto: Sabina FRIELDJUDSSËN

  

En este libro, Catherine Camus trata de recomponer la vida de su padre a través de un gran álbum fotográfico que arranca en la niñez y termina con la imagen de ese coche estrellado que fue su último lugar en el mundo. Acompañando a las imágenes, aparecen salpicados fragmentos de libros, cartas y artículos periodísticos que refutan la idea de que un escritor periodista (o un periodista escritor) es uno cuando ejerce el periodismo y otro distinto cuando ejerce la literatura: Camus es siempre él mismo en todo lo que toca. En la introducción, Catherine nos dice que su padre escribió que, en realidad, nadie puede morir en paz si no ha hecho todo lo posible para que los otros vivan y “luchó, a menudo solo, contra cualquier forma de opresión”. Y nos recuerda que su padre consideraba que la búsqueda del éxito conduce a los hombres a servirse de otros hombres como medios. “Mi padre tomó partido por esos otros”.

Camus no fue un hombre perfecto, estuvo lleno de contradicciones; como padre fue cariñoso, pero también desaparecía. Nos dice Catherine que “una vida es cambio, y yo amo la libertad de mi padre. No poseo ninguna verdad sobre Camus. Un escritor y una obra viven únicamente porque apelan a otras sensibilidades y yo respeto la visión de todas y todos los que se interesaron por el hombre y por la obra”.

Recorremos su infancia en una familia de pieds-noirs, esos pies negros que son los franceses de segunda categoría que se instalaron en el norte de África. Se quedó huérfano con un año al morir su padre durante la Primera Guerra Mundial y creció en un barrio pobre de Argel. Solo pudo estudiar gracias a una beca para hijos de padres fallecidos en el frente. Nos asomamos a ese joven Camus que descubre en el periodismo una ventana para gritar esa incomodidad que lleva dentro hacia las desigualdades de un mundo lleno de imperfecciones. Es la época de su fascinación por el teatro, que nunca le abandonaría; de la censura de las autoridades por sus críticas a la opresión del gobierno colonial, de su marcha a París.

Cuando quiso, durante la Segunda Guerra Mundial, sumarse a la Resistencia frente a la ocupación nazi, su salud le impidió hacerlo físicamente, pero utilizó el periodismo como arma para espolear la defensa de la libertad de Francia. “A guerra total, resistencia total”, titulaba uno de sus artículos de 1943 en el diario Combat. Es el mismo Camus que chilla en esa prensa francesa a partir de 1945, cuando en París todo es aire de victoria y orgullo nacional: “Es necesario gritar con todas nuestras fuerzas que la mayoría de los argelinos pasan hambre”. Quiso tender puentes entre la Argelia que quería la revuelta a cualquier precio y el gobierno francés que la quería aplastar, y eso le hará tener que soportar la ira de los unos y de los otros.

El libro también muestra esa dificultad para atarse a un solo amor: se casó con Simone Hié en 1934, pero ambos eran demasiado libres para que durase. Se volvió a casar en 1940 con Francine Faure, pianista y matemática con la que tuvo dos hijos (uno de ellos, Catherine). También tuvo una larga relación sentimental extramatrimonial con la actriz española María Casares, además de muchas otras idas y venidas. Un hombre demasiado seductor y demasiado seducido por la vida, que, incluso en su dramática imperfección, la amaba intensamente. En 1957 recibió el premio Nobel de literatura y enseguida, a los 46 años, un accidente detuvo en seco una vida que él vivía intensamente.

En las páginas de este libro recorremos su pensamiento, que tanto aparece en sus libros, como La peste o El extranjero, como en el más pequeño de sus artículos de prensa. Nos dice:

“Cada artista alberga en lo más recóndito de su ser un manantial único que a lo largo de su vida alimenta lo que es y lo que dice”.

“Esos tiempos llegaron y consiguieron destruirlo todo en mí, salvo la desordenada avidez de vivir”.

El extranjero no es ni realista ni fantástica, me parece más bien un mito encarnado, pero muy arraigado en la carne y el calor de los días”.

“El sueño de los hombres es más sagrado que la vida de los apestados. No hay que perturbar el sueño de la gente decente. Sería de mal gusto, y el gusto consiste en no insistir, cualquiera lo sabe”.