Albert Asensio descubre las múltiples caras del Liceu
«Me llamo Liceu», del ilustrador Albert Asensio, es un recorrido ilustrado que revela la esencia y la historia de unos de los espacios culturales más emblemáticos de la ciudad de Barcelona.

Ilustración de Albert Asensio de su libro «Me llamo Liceu».
Texto: Belén Vieyra Calderoni
Fundado en 1847, el Liceu es uno de los teatros de ópera más antiguos de Europa y, sin duda, una institución clave en la vida artística de Barcelona. Construido gracias a la iniciativa de la sociedad civil, es un emblema del encuentro social, cultural y político. A lo largo de casi dos siglos, ha sido testigo de incendios, reconstrucciones, éxitos memorables y generaciones de espectadores que lo han llenado de vida. Entre sus cimientos se anidan memorias, crónicas, anécdotas, leyendas, misterios y algún que otro secreto. Sus salones, pasillos, camerinos y rincones invisibles al público conservan historias que se entrelazan con la propia evolución de la ciudad. Hoy continúa siendo un símbolo de resistencia cultural y un referente internacional para la ópera y las artes escénicas.
Precisamente, de ese legado y de esa memoria que habita en cada moldura, se sostiene Me llamo Liceu (Nórdica). El álbum —disponible en castellano, catalán e inglés—, propone una mirada íntima y a la vez monumental del teatro, desde la voz del propio edificio, que guía al lector por lo que se ve y por lo que todavía permanece escondido.
Tras sumergirse durante un año en archivos, visitas, entrevistas y paseos entre bambalinas, Asensio convierte toda esa información en una narrativa visual que combina rigor, emoción y una delicada dimensión humana enfocada al público lector más exigente: nuestros pequeños y pequeñas.
Llevas casi dos décadas como ilustrador, con una presencia constante en editoriales como Nórdica, Anaya, Juventud, Babulinka, Destino o Animallibres. ¿Cómo vives este recorrido?
Empecé en el diseño gráfico en los años noventa, pero descubrí que lo que realmente me apasionaba era la ilustración. Estoy muy contento de haber dado aquel giro. Siempre intento transmitir, ya sea en los colegios, bibliotecas, talleres o charlas, que es un privilegio trabajar en aquello que te entusiasma y te gusta, así que solo puedo animar a ello.
Como dices, es una maravilla poder trabajar en lo que a uno le apasiona, pero además existe un reto adicional, y es hacerlo con o mediante el arte, no es un recurso o una herramienta más, es un componente muy característico. ¿Crees que está en riesgo con el auge de la inteligencia artificial?
Al final todo sirve para algo. La Inteligencia Artificial se está imponiendo, es una realidad, y por supuesto que es útil, es innegable, pero no puede sustituir nuestra creatividad, la artesanía y el trabajo hecho a mano, pienso que hay determinadas cosas que se han de conservar. Algo parecido surgió con el libro digital frente al impreso. Pero lo que ha perdurado es esa sensación al pasar la página, el olor y la textura del papel, la compañía de un padre que lee junto a su hijo…
Eso mismo es una clara referencia a la existencia de un valor humano que, de momento, es insustituible. La labor imprescindible es humana, el error, la emoción, la intención… son humanas.
Sí. La frescura del trabajo realizado a mano se nota y permanece. Siempre hay un acabado digital, es un recurso necesario para imprenta. Evidentemente se utiliza y se agradece, pero siempre conservando la calidez de lo artesano, es un distintivo, como una seña de identidad…
¿Qué valor crees que puede tener la ilustración en un mundo tan visual como el actual, instaurado en encandilar y donde todo entra por los ojos?
Creo que es fundamental, hablando de Me llamo Liceu, el álbum ilustrado tiene dos códigos, el visual y el literario, y en este género, la ilustración es esencial, posee una narrativa gráfica, comunica un lenguaje preciso, nos explica de una determinada manera la idea, hace que el proyecto sea redondo. Puede ir en paralelo con el texto, enriquecer lo literario, está repleta de detalles. Y más en estos tiempos, donde la prisa y la inmediatez reinan, y el reloj marca el compás de la sociedad…es entonces donde aparece la contemplación de la ilustración, pararse a mirar, a ver… Detenerse es tan importante.
El género del álbum ilustrado viene rompiendo desde hace un tiempo todos los esquemas, ya no son ilustraciones que acompañan al texto sino al revés… En Me llamo Liceu, uno se abstrae en los dibujos, te guían por toda la historia, de pronto tienen voz propia…
Ha sido un proyecto muy laborioso a propuesta del Liceu y la editorial Nórdica. Partíamos de algunas premisas básicas que habían de salir sí o sí, el vestíbulo, la sala de los espejos, el escenario, el backstage, lo visible y lo que no suele verse… No imaginas todo lo que no ve el público que asiste a ver un espectáculo, es impresionante, los camerinos, la sastrería, la caracterización… Este trabajo ha sido todo un reto, contar una historia a partir del Liceu, no hablamos de cualquier cosa. Ha sido muy emocionante, una oportunidad única para el Albert pequeño (risas).
Antes comentabas la relevancia de los detalles y, a lo largo de las páginas, encontramos una fidelidad y una precisión muy prolija en las ilustraciones
Los detalles son historias dentro de la misma historia. Por ejemplo, el paso del tiempo está representado con la gama cromática: el blanco y negro del pasado, los colores vivos del presente. También había que plasmar algunos de todos los personajes que han pasado por el Liceu. Otra curiosidad, durante este año de trabajo asistí a varios espectáculos, alguno coincidiendo con grupos escolares, y quise retratar esas caras de fascinación. La sorpresa infantil al descubrir el Liceu es algo muy potente, un reflejo de la ilusión y el asombro.
Aquí, es donde resurge el Albert pequeño, ¿verdad? (Risas)… Muy recomendable para quien nos lea, prestar especial atención a la ilustración donde aparecen los niños anonadados subiendo la escalinata mirando los techos. Los pintas encandilados, como poniendo en valor su figura, otorgándoles protagonismo. Algo que repites con otras, como los mayores, los animales… muestras una diversidad que a menudo es invisibilizada.
Cada uno muestra en su trabajo lo que siente y lo que cree. Uno ha de ser sincero con lo que hace. Veamos, me considero animalista y me posiciono en contra del maltrato animal, por tanto, siempre trato de introducir algún animal en mis ilustraciones, en el Liceu hay alguno escondido… ¡Una prueba para los lectores! Una pista: murciélagos, dragones… Si se puede aportar un granito de arena para mostrar realidades difíciles, he de hacerlo, y con otros muchos temas. ¿Qué puedo aportar? Belleza, esperanza, ilusión, luz.
Para terminar, ¿cómo ha sido el proceso para crear esta obra y las anteriores, El banco azul (Babulinka 2016) o El sueño del Oso (Juventud 2023)?
El proceso de creación, en mi caso, transcurre de una idea que madurar, desarrollar y enseñar… Primero escribo un texto que trae consigo unas imágenes y ahí está. Después es la dedicación, la atención, el detalle, el cuidado… La producción de El banco azul ha sido de lo más gratificante que he hecho, acabó siendo interpretado en una representación teatral en un campo de refugiados de Grecia… Fue arrollador, un acto de empatía muy conmovedor… De nuevo, es aportar un granito, luz, esperanza…



