La familia Lykov vivió aislada en lo más profundo de los bosques de Siberia durante más de treinta años, imbuidos de una religiosidad obsesiva. “Los viejos creyentes” (Impedimenta), del periodista Vasili Peskov, relata su empeño en las condiciones más extremas.

 

 

TEXTO: David VALIENTE

Corría el año 1978. Un avión sobrevolaba las inhóspitas taigas de Jakasia (Siberia) cuando los integrantes de la cabina avistaron una pequeña isba y una ladera que hacía las veces de terreno de cultivo. Un par de años después, el periodista Vasili Mijáilovich Peskov comenzaría el seguimiento de los propietarios de ese pedazo de terreno perdido de la mano de Dios a través de una serie de reportajes en el diario Komsomólskaia Pravda. Peskov daría a conocer al público ruso la forma de vida de la familia Lykov y, cuarenta años después, la editorial Impedimenta recupera esos mismos reportajes para los hispanohablantes con el título de Los viejos creyentes.

Precisamente fue mantener sus creencias el motivo que empujó a los seis integrantes de la familia Lykov a rechazar “el mundo” y abrazar la naturaleza indómita.Temían que la llegada del comunismo y la imposición de una nueva serie de normas les impidiera continuar con sus prácticas religiosas y su modo de vida. Por ello, se adentraron en la taiga y desde 1945 a 1978 no tuvieron contacto con ningún ser humano.

La familia Lykov estaba compuesta por el padre y la madre, Karp Ósipovich y Akulina Kárpova, y sus cuatro hijos, Savin, Natalia, Dmitri y Agafia. Por desgracia, cuando Peskov tomó el primer contacto con la familia, cuatro de sus seis miembros yacían bajo tierra; solo conoció a Karp Óspovich y a la pequeña de la familia, Agafia. Supo de la fuerte hambruna que llevó a la muerte a la madre en 1961 y de la prematura muerte de los tres hermanos por dolencias diferentes, gracias a las referencias que los geólogos le dieron en sucesivas entrevistas.

Reforma de Nikon

Espiritualmente, la historia de esta familia tan peculiar comienza en el siglo XVII con las traducciones que el zar Alejo I ordena hacer de las Sagradas Escrituras. Ya en el siglo X circulaban los textos de la cristiandad en lengua vernácula, pero “a causa de las numerosísimas reescrituras y copias se habían convertido en una especie de ‘teléfono escacharrado’”.

Los fieles siguieron a pies juntillas las defectuosas traducciones, hasta que la reforma del patriarca Nikon modificó aspectos relacionados con el modo de oficiar los ritos; por ejemplo, en vez de santiguarse con dos dedos, como lo venían haciendo, emplearían tres. Estos cambios fueron rechazados por un grupo de creyentes por considerarlos una herejía. Alejo I no solucionó el conflicto; es más, tal y como lo refleja Peskov, las crónicas del momento describen un ambiente desolador: “Entre los cismáticos apareció una corriente que predicaba el abandono voluntario de la vida como ‘salvación ante el anticristo’. Empezaron los suicidios en masa. La gente moría por decenas a causa de huelgas de hambre, encerrados en casa y ermitas. Pero en especial se difundió la inmolación, ‘el fuego purificado’. Ardieron familias y pueblos”. Señala Peskov que cerca de 20.000 personas perdieron la vida por su propia mano.

Pedro I el Grande tomó cartas en el asunto, obligando a los viejos creyentes a pagar un impuesto doble por su fe. Prefería dividir a la ortodoxia definitivamente antes de sumir al país en el caos. Por eso, el nuevo zar, según Karp Ósipovich el “anticristo”, impuso un tributo doble a los viejos creyentes. Estos partidarios de la antigua liturgia abandonaron sus tierras y se ocultaron en Siberia para huir de los impuestos y de la persecución que sufrieron hasta el reinado de Catalina la Grande. Para mayor tranquilidad de la población, la zarina restableció su estatus, permitiéndoles regresar al mundo civilizado. Sin embargo, la tranquilidad finalizó junto con la Segunda Guerra Mundial, momento de inflexión histórico para todo “el mundo”, y, sin duda, también de forma muy particular para los Lykov. Ante el temor de tener que obedecer a un nuevo dios de carne, hueso y bigote deciden adentrarse en las profundidades de la taiga.

Una vida dura consentida

Cualquier persona que conozca de pasada las duras condiciones del invierno siberiano tildará a la familia Lykov de fanática. ¿Quién en su sano juicio puede vivir por propia voluntad a más de 50 grados bajo cero y con un metro de nieve en la entrada de su casa, pudiendo disponer de mayores comodidades? Sin duda, a los Lykov les movía el mismo estado irracional que a un fanático de nuestro tiempo, creído con el derecho de aterrorizar y destruir la sociedad que no le comprende.

Nosotros estamos acostumbrados a un fanatismo ligado al terrorismo. Aunque nos produce crispación ver en la televisión las representaciones reales que se hacen en otros países, por ejemplo, sobre la muerte de Cristo, no ponemos el grito en el cielo ni los estados toman medidas quirúrgicas para extirparlo, a lo sumo cuatro iluminados de turno tratarán de hacer pedagogía con ellos. Los fanáticos tipo Lykov no sobrepasan la línea gruesa de la vida ajena y, mientras el daño se lo inflijan a ellos mismos bajo su total libertad, el resto de personas pueden opinar, pero nadie se moverá del sofá para revertir la situación. No obstante, la lectura de Los viejos creyentes nos obliga a reflexionar sobre el fanatismo desde el respeto.

Y hablar de respeto en una situación límite resulta complicado, más no imposible. Basta con atender a las acciones realizadas por Vasili Peskov, por el grupo de investigadores que mantuvieron una relación con la familia Lykov, y por los lectores de los reportajes que enviaban cartas a la redacción preocupándose por el estado de Karp y Agafia y sobres de dinero para que les comparan cosas indispensables. Todos cuestionaron a los integrantes bípedos de la taiga e incluso trataron en varias ocasiones de que regresaran a la vida civilizada con la promesa de un hogar caliente y alimentos de mayor calidad. El rechazo, por supuesto, fue la única respuesta que recibían de los Lykov, pero aun así no les juzgaban, sino que trataban de comprender el porqué de su testarudez.

De todos modos, no debe extrañarnos que, al contemplar las condiciones de vida de los Lykov, aflore la sensibilidad, porque al clima, duro de por sí; a la mala nutrición y a la suciedad endémica de la casa y de sus habitantes se unía su aislamiento total del mundo: “Los sucesos que habían conmovido al mundo aquí eran ignorados. Los Lykov no conocían ningún nombre famoso ni sabían que había una gran y devastadora guerra”. Aunque ellos, ensimismados por los rezos y las prohibiciones, solo echaron de menos la sal; así se lo hizo saber Karp Ósipovich a los visitantes, comer sin sal era “¡Un auténtico suplicio!”.

Esa misma escasez que les obligaba a guardar objetos melifluos como una aguja: “Se termina de coser ¡y, sin tardar, la aguja a su sitio!”, también les impulsó a sacarse las castañas del fuego. Detrás de las destrezas innatas, existe en la familia Lykov una capacidad genuina para observar y entender las leyes del entorno: “Dmitri sabía donde merecía la pena cavar un foso trampa y dónde no. Con su cebo de fabricación casera llegó a atrapar un lobo. Como se sabía a la perfección las querencias de los animales, decía: “El ciervo almizclero es un animal perezoso, todo su recorrido por la taiga es del tamaño de nuestro camino del río a casa. Conocía la forma de andar de los alces por la nieve y podía acosar al maral un día entero, alcanzarlo y clavarle una lanza”.

Al fin y al cabo, Los viejos creyentes se puede leer como una metáfora de la lucha por la vida, que tiene como protagonistas a una familia que se adentra en uno de los territorios más hostiles del planeta para preservar sus creencias. Su rutina, desde que amanece hasta que se van a la cama, tiene una única finalidad: sobrevivir un día más con la manera acorde con la que establece su fe.