Zabel Yesayan: la voz que sobrevivió
«Los jardines de Silihdar» (Editorial Xórdica), escrito por una heroína de las letras armenias que nunca perdió la esperanza, ve por primera vez la luz en español y nos ilumina a todos.

Texto: David Valiente
Hay libros que parecen un manto de humo saliendo de una boca en una noche de invierno siberiano. Ese delicado hálito, un suspiro de vida perdido en la oscuridad, transmite el calor de tiempos que fueron y parece difícil que retomen el brío y el color de antaño. Los jardines de Silihdar, de la escritora armenia Zabel Yesayan (Constantinopla, 1878 – desaparecida en la URSS en 1943), pertenece a esa estirpe de libros. Cuenta una infancia en un mundo donde la afilada hoja de los intereses humanos se encargó de cortar a rodajas como un lomo puesto a secar.
Esa infancia en la multicultural Constantinopla se describe de manera costumbrista, aprovechando las madejas de recuerdos que la escritura hilvana. Los héroes de la tradición armenia ceden el protagonismo a personas normales, sin grandes hazañas que contar, por mucho que aspiren a vivirlas, que descansan en las horas de mayor calor en la intimidad que proporciona los patios, mientras las incorruptibles carcajadas de los niños resuenan de fondo creando un ambiente propicio para la siesta. No llega a explorar el dolor de los armenios por la caída del Imperio Otomano y el genocidio, aún hoy objeto de controversia política internacional, que les expulsó de sus hogares porque ese hecho no sucederá hasta unos años después. Sin embargo, deja señales del declive de ese mundo en la melancólica aflicción y en el vacío existencial de algunos de sus familiares y vecinos.
Ese declive se percibe también en el tono, uno de los grandes aciertos de la voz narrativa que desarrolla en sus memorias. Su prosa transmite una capacidad genuina para mimetizar una poesía herida pero irradiadora de una luz que conecta con la realidad de finales del siglo XIX. El paisaje más áspero se vuelve delicado en la pluma de Zabel Yesayan sin volverse tampoco pedante, y avanzando con la naturalidad de quien pretende recordar y no justificar absolutamente nada. Esta forma de describir el mundo tiene los ojos de una niña, pero la conciencia de una mujer. Por eso nada es del todo prístino: ni las excursiones ni los paseos por la playa y mucho menos las visitas a una vecina que trata a sus muñecos como a Pinocho una vez bendecido por el hada madrina.
En la Constantinopla de finales del siglo XIX descrita por Zabel Yesayan brilla con especial intensidad la figura paterna, el familiar más conmovedor y complejo del libro. Es inevitable sentir admiración por él: se aleja mucho del prototipo de patriarca severo, muestra inquietud intelectual y una sana curiosidad infantil por los fenómenos de la vida. A pesar de todo, no deja de ser una persona marcada por contradicciones que lo hacen aún más entrañable. Zabel Yesayan debe en buena medida a su progenitor el despertar que la conducirá a convertirse en una de las grandes voces de las letras armenias, pues supo legar a su hija la pasión por las bellas letras, proporcionándole libros, matriculándola en las mejores escuelas que la economía familiar permitía —tanto dentro como fuera del Imperio— y enseñándola, desde los primeros años, que el mundo se expandía más allá de su barrio y de los límites de su querida Constantinopla.
Uno de los muchos días en que la joven pasó las horas encerrada en casa por su frágil estado de salud, vio por la ventana a un grupo de niños golpeando al hojalatero judío. “El hombre, sentado entre los destrozos, se lamentaba golpeando sus manos sobre la cabeza y las rodillas mientras los niños se alejaban alborotando y riendo salvajemente”, escribe Zabel Yesayan en Los jardines de Silihdar. Sus familiares quitaron importancia a la agresión, total, “es un judío, un judío”. Pero su padre no fue del mismo parecer y encontró, en su carácter lúcido y a ratos un tanto taciturno, consuelo y respuestas:
“-¿Es verdad que los judíos son malos?
Mi querido padre, dirigiéndome sus luminosos ojos, dijo con calma:
-Hija mía, en este mundo no hay pueblos malos, hay personas malas y personas buenas.
-¿Y los turcos?
-Exactamente igual”
La escena condensa el carácter noble de su padre y la especial sensibilidad que de mayor la empujó a luchar por la justicia social. Aquellas lecciones tempranas de justicia y compasión se enfrentarían pronto a la cruda realidad: la violencia de 1909 y el preludio de masacres que marcarían la vida de su pueblo. Los armenios otomanos experimentaron un prólogo de violencia, un adelanto de la masacre que los Jóvenes Turcos perpetrarían seis años después, en Adana, hoy al sur de Turquía. Zabel Yesayan integró la comisión organizada por el Patriarcado armenio de Constantinopla que tuvo como finalidad evaluar las condiciones de vida de los supervivientes y recoger el testimonio de las víctimas. Tras las pesquisas escribió In the Ruins: The 1909 Massacres of Armenians in Adana, Turkey, un hito de la literatura testimonial, que dio voz a los desplazados del pogromo.
Armenia no solo se convirtió en sujeto de su literatura, sino también en una cuestión personal; por ello, se implicó de forma activa en las iniciativas culturales y sociales de ese país, llamado Armenia, nacido tras el cataclismo de la Gran Guerra. Durante la etapa comunista, formando parte de la Unión de Escritores, en cuyo seno llegó a ocupar el puesto de delegada en el primer congreso que la institución celebró. También estuvo presente en la vida formativa de los futuros intelectuales, ya que impartió clases de literatura europea en la Universidad de Ereván, sobre todo de aquella que había respirado en los barrios de la bohème parisina.
Zabel Yesayan apostó por la humanidad y se alejó del heroísmo de los panteones tradicionales. Aunque su final trágico —apresada durante las purgas estalinistas del 1937 y desaparecida por completo, se especula con que su muerte pudo acaecer en 1943— la ha consolidado como una heroína de las letras armenias que ve por primera vez la luz en español con la traducción Los jardines de Silihdar, unas memorias que estimulan la extraña sensación de encontrarnos inmersos hoy en un mundo que se agota, al igual que lo hizo el Imperio otomano; pero dejando sueltas las luciérnagas de la esperanza: este mundo, como su Constantinopla infantil, no desaparecerá, quedará legado en las palabras de los escritores que se codearon con la realidad intensamente y sin remilgos. Los jardines se marchitarán, pero no la tierra que siempre espera recibir de nuevo el abono de los vientos cambiantes y el tallo de las futuras generaciones.






