Sergi Bellver debuta en la novela con “Del silencio” donde narra la historia de János, un joven húngaro que debe huir de su país tras la Segunda Guerra Mundial y cuya vida será, a partir de ese momento, un ir y venir por la herida Europa.

 

Escultura de Eduardo Urculo en la Estación de Atocha de Madrid

 

Texto: Carlos Luria

 

Imaginemos que estás sentado en el sofá. En el exterior sopla un vendaval del diablo. De pronto, por algún motivo que no logras descifrar del todo, te invaden unas ganas enormes de salir fuera y ponerte a hilvanar un hilo. Te levantas, coges la cajita de costura y un segundo después de abrir la puerta el viento azota sin piedad tu cara. Pero sigues adelante.

Escribir una novela es aproximadamente eso: un extraño propósito en el que todo puede salir fatal. Por eso hay más novelas malas que buenas. Decidir si una novela es mala o buena no es un asunto demasiado complejo. Hay asuntos que lo son muchísimo más: ¿La superioridad moral de la izquierda es un invento de la derecha? ¿Vox es un fenómeno pasajero? ¿Bajamos los impuestos a los pobres o esperamos a que se vayan muriendo? Estos sí que son debates de verdad. Pero si una novela es pretenciosa, si es deshonesta, si es fruto de la egolatría del autor, si la estética brilla por su ausencia, si no hay humanidad, si el edificio narrativo se tambalea, es una mala novela. En cierto libro, una sacerdotisa ateniense hablaba como Leonor de Aquitania después de haber sido poseída por el espíritu de Paulo Coelho. Si los personajes son un desastre tampoco se ha logrado meter el hilo por el agujerito.

Solo los elegidos lo consiguen. De forma que a las buenas novelas hay que recibirlas con un aplauso, y aún más si corren el riesgo de pasar desapercibidas porque se publican en editoriales pequeñas. Es el caso de “Del silencio”, de Sergi Bellver (Ediciones del Viento, 2021). El autor de esta reseña ya había leído los cuentos de Bellver publicados en 2013 bajo el título Agua dura, una colección en la que brillaba una joya titulada Islandia. Ocho años después, este escritor barcelonés de cincuenta años debuta en la novela con casi cuatrocientas páginas repletas de elegancia, profundidad y honestidad. Del silencio narra en primera persona la historia de János, un joven húngaro que debe huir de su país tras la Segunda Guerra Mundial y cuya vida será, a partir de ese momento, un ir y venir a través de la densidad (y, en ocasiones, el horror) del mapa europeo. Ese mapa rasgado por el Muro de Berlín, el Pacto de Varsovia, la represión soviética en la Hungría de 1956, la Primavera de Praga, el llamado “mundo libre” o el mayo del 68 en París. En su periplo, János se refugia en el silencio y en la búsqueda de Vera, una joven checa que encarna la esperanza en un mundo agrietado y ruidoso.

Del silencio es una novela ambiciosa que se enfrenta cara a cara a gigantes como la libertad personal, la memoria y la identidad, y que sale airosa del empeño sin resultar autocomplaciente ni pedante. Además, es muy buena porque Bellver sabe dejar ir las escenas un segundo antes de que se conviertan en humo; es muy buena porque la ambientación es extraordinaria; y porque, para variar, no está escrita con el dichoso “lenguaje cinematográfico” (los autores de las fajas ignoran que cada vez que elogian a una novela por su “lenguaje cinematográfico” muere un gatito, un librero o cualquier otra forma de vida encantadora).

Mención aparte merece el protagonista sobre cuyas espaldas recae la historia: el espléndido y humanísimo János. Y aquí viene una breve reflexión: hay muy pocos casos como el de Patrick O’Brian, que llegó a ser el mayor narrador británico de aventuras navales aunque en su vida se había subido ni a una colchoneta hinchable. János es pura verdad literaria porque su creador sabe muy bien de lo que habla. Gracias a las redes sociales sabemos que el de Sergi Bellver es un caso único de nomadismo. Es de suponer que la crisis se lo llevó por delante, y por eso no tiene casa desde hace una década. Vive de techo prestado en techo prestado, de sofá ajeno en sofá ajeno, y el hecho de que con este ritmo de vida no haya acabado en un cajero automático es un misterio. De forma que Bellver ha sabido muy bien trasladar a su personaje la penosa realidad del exilio permanente.

Queda para el final un pequeño reproche: cierta opacidad emocional que se desprende del texto. No frialdad, sino opacidad. Hay ocasiones en que da la sensación de que Bellver sujeta con demasiada firmeza las riendas de la expresividad en ese terreno, tal vez por miedo a caer en el melodramatismo o tal vez porque cada escritor tiene su carácter y sus cosas. La buena noticia es que esa ausencia no rebaja en modo alguno la enorme calidad del libro. Y además ya sabemos que la lectura es un acto sujeto a múltiples interpretaciones. Es como ese cohete en el que viajan Elon Musk, Stephen King y Florentino Pérez. Al pasar frente a Marte, Elon Musk llama corriendo a su secretaria y le dice: “Este planeta es hermoso y tenemos que ir allí”. Stephen King llama también a su secretaria: “Este planeta es aterrador y se me acaba de ocurrir una novela buenísima”. Finalmente es Florentino Pérez el que llama a su secretaria: “Ponme inmediatamente con el concejal de Urbanismo de Marte”.

Un último apunte: es más que posible que Sergi Bellver sea el segundo autor catalán más confundido de la historia (el primero es Albert Espinosa, aunque por diferentes razones). Sergi Bellver no tiene la culpa de que le separen solo tres letras de Sergi Belbel. Recordémoslo cuando vayamos a la librería a por Del silencio: Sergi Belbel es un dramaturgo magnífico. Sergi Bellver es un magnífico novelista.