Texto: Carlos LURIA  Ilustraciones: Hallina BELTRÂO        

 

15 de marzo de 2020, ocho y media de la tarde: el súperventas Javier Castillo reúne en Instagram a seis mil de sus trescientos mil seguidores para presentar su cuarta novela, La chica de nieve. Lo cuenta un día después Laura Fernàndez en El País: “Teniendo en cuenta que a la presentación de un libro, con suerte, acuden una decena de personas, el formato es todo un éxito”. Es una presentación convencional, salvo por el contexto: “La pantalla de mi móvil está cubierta casi todo el tiempo de corazones de colores, caritas sonrientes, caritas enamoradas, aplausos y holas que envían los instagramers”.

Fue la primera presentación en línea del confinamiento. El experimento, en que el medio superaba por goleada al mensaje, fue rápidamente copiado. Algunas presentaciones virtuales salieron bien, otras resultaron algo embarazosas: miradas huidizas, sonrisas forzadas, wifis deficientes. Nenes en pijama que aparecían al fondo para anunciar que se iban a la cama. Hasta que se levantaron las restricciones y, de un día para el otro, se esfumaron las presentaciones en línea. Como si hubieran sido un espejismo. La vieja liturgia presencial había vuelto a nuestras agendas.

Las capitales de provincia españolas acogen una media de tres presentaciones de libros por semana, a las que hay que sumar las que se celebran en  localidades más pequeñas. Extrapolemos estas cifras y el resultado es que cada año se celebran en el mundo seis millones de presentaciones de libros. Es un dato impactante: hay muchas más presentaciones de libros que inauguraciones de centros de yoga. Paradójicamente, basta rastrear por Internet para percatarse de que los análisis sobre estos acontecimientos tan ligados al mundo editorial son inexistentes. Nadie los cuestiona, como si existiera pánico al resultado de ese cuestionamiento. En Librújula nos proponemos llenar este vacío recurriendo a la mayéutica, un método que consiste en formular una pregunta tras otra y que resulta divertido excepto si vives en Guantánamo.

  1. ¿Qué es una presentación de libro?

Es un acto en el que un autor anuncia que ha sacado un libro. Susana Sánchez, exeditora y directora de la agencia de comunicación cultural Argumentaria, matiza esta definición: “Una presentación no es ni más ni menos que la celebración social de la salida de un libro, y remarco la palabra social porque es lo más importante”. Así pues, se trata de un acto social en el que un autor anuncia que ha sacado un libro. Abramos el foco: un acto social en el que un autor anuncia que ha sacado un libro a gente que sabe perfectamente que ha sacado ese libro. Y un poco más: un acto social en el que un autor anuncia que ha sacado un libro a gente que sabe perfectamente que ha sacado ese libro y que, por tanto, espera algo más de ese autor aparte del anuncio de que ha sacado ese libro.

Ahí es donde empiezan los problemas.

  1. ¿Quién inventó las presentaciones de libros?

Seguramente Dios, como todo. En el Antiguo Testamento (Éxodo 31-1 y ss.) leemos que Yahvé convocó a Moisés en el Monte Sinaí para comunicarle que había publicado las Tablas de la Ley y contarle un poco de qué iban. Una protopresentación de manual. Este no será, por cierto, el primer invento divino relacionado con el mundo editorial: es sabido que poco después de bajar del Sinaí, Moisés fue al poblado a hacer unos recados, se cargó las Tablas de la Ley y Dios tuvo que hacer otras. Habían nacido las segundas ediciones.

A partir de ahí el rastro de las presentaciones se pierde en el abismo del tiempo. ¿Homero, Séneca, Dante hicieron una presentación de sus obras? ¿Hubo croquetas al final? Los teóricos de la Literatura han intentado sin éxito arrojar luz sobre el particular y luego han regresado a sus ocupaciones, entre ellas criticar a Stephen King. El tema da para muchos gags. Solo uno: el impresor Juan de la Cuesta presenta junto a Cervantes la primera parte de El Quijote: “Aviven el ojo vuestras mercedes, porque este libro cambiará la historia de la Literatura, vive Dios”. En el fondo de la sala resuena un bufido desdeñoso: “Bah, otro librito que cambiará la historia de la Literatura”. Todo el mundo se gira. Es el tatatatarabuelo de Fernando Sánchez Dragó.

  1. ¿De qué habla el autor en la presentación de su libro?

De su libro.

Se ha dicho que la presentación de una obra literaria es como un bautismo, pero la analogía no acaba de cuajar: son muy pocos (y mal documentados) los casos en que un bebé se ha lanzado a desgranar los pormenores de la experiencia. Una presentación se parece más a un mitin político, pero sin banderas. El problema es que el tema estrella de los escritores son sus libros, con lo cual no pocos autores pierden cualquier atisbo de referencia temporal en cuanto les dan la palabra. Más de un miembro del público ha deseado que el escritor se pusiera una máscara de hockey para darle algo de tensión al acto. Hemos consultado a Juan Tallón, que está en plena promoción de su Obra maestra: “Yo he ido a presentaciones donde había seis personas en la mesa y cuando hablaba la tercera el espectador ya estaba muerto o arrastrándose hacia la salida. Esas presentaciones de largas intervenciones, casi como homilías, ya no tienen sentido”.

Volvamos a la pregunta. Habitualmente, el autor habla de cuatro asuntos: cómo se le ocurrió la idea del libro; las enormes dificultades con las que se topó para plasmar tal idea; cómo superó esas dificultades una a una; el salto de gigante que este libro supone en su  carrera. A partir de ahí, los autores se dividen en dos grupos: por un lado los que tienen subtemas preferidos y por el otro Juan Manuel de Prada, que prefiere todos los subtemas.

  1. ¿Habla alguien más aparte del autor?

Las presentaciones requieren por lo general el concurso de dos personajes además del autor (y del público; ver pregunta 5): un introductor y un presentador. El introductor suele ser el editor, que asegura que está muy contento y que el libro es muy bueno y da la palabra al presentador. El presentador suele ser un escritor de la misma agencia literaria o la misma editorial que el autor, un periodista cultural o un famoso. El presentador casi nunca cobra por su cometido. A veces se ha leído el libro. Es importante que los tres personajes (introductor, presentador y autor) se pongan de acuerdo previamente para no decir lo mismo.

No son pocos los casos en que, finalizado el acto, uno se da cuenta de que el presentador ha hablado más que el escritor, sea para lucirse o porque pasaba por un mal momento anímico y necesitaba ponderar sus propias virtudes. Así que para dar a este artículo alguna consistencia práctica, sugerimos al público de las presentaciones que permanezca atento a tres señales: A) Si el presentador dice “voy a ser breve” y a continuación carraspea, huye. B) Si el presentador dice “recuerdo una vez, cuando yo tenía diez años”, huye también. Y C) Si el presentador saca del bolsillo un puñado de folios antes de hablar, huye sin mirar atrás.

  1. ¿Quién compone el público de las presentaciones?

En general, seres humanos. Pedimos su opinión a Javier Pérez Andújar: “Las presentaciones de libros son como ir a misa. En esencia las misas son para creyentes, pero también hay mucha gente que va por compromiso o por costumbre. Y los hay que solo van en las ocasiones importantes, como la Misa del Gallo o el Día de la Palma. Y muchos ateos que acaban yendo a misa por no contradecir a la familia. Como en las presentaciones, en misa muchas veces se ofician actos sin apenas presencia de público, porque últimamente hay más iglesias que fieles. Incluso puede que haya más curas que devotos. En fin, antiguamente se daba más comida en las presentaciones de libros que en misa, pero ahora ya es al revés, y eso que en las misas dan muy poco pan”.

El público suele estar compuesto por familiares y amigos del autor y, si hay suerte, lectores cuya presencia está relacionada con la mitomanía, la curiosidad o la interacción social. El público formula preguntas al final del acto; a veces son preguntas estupendas y a veces el preguntador pretende saber más del libro que el propio autor. En raras ocasiones acuden periodistas, a no ser que al autor sea un primer espada tipo Arturo Pérez-Reverte o Belén Esteban. De nuevo Juan Tallón: “Las presentaciones hoy ya no están llamadas a parar la ciudad y atraer la atención de gente deseosa de saber qué has escrito y de oírte. La noticia de que has sacado un libro llega hoy de forma más directa a través de las redes y los medios de comunicación. De forma que las presentaciones son eventos que la editorial y tu organizáis para dar respuesta a una demanda que tiene que ver más con un entorno que ya te conoce y te sigue desde siempre y para amigos y familiares”.

En una presentación, pues, el público oye cosas de alguien que sabe que el público ya sabe esas cosas. Por culpa de esta extraña situación, a veces cuesta mucho arrancar el turno de preguntas y hay autores que optan por sortear esa tierra de nadie con un pase de fotografías, la actuación de un guitarrista o una innecesaria lectura de pasajes escogidos. A principios de los años noventa el abajo firmante acudió a la presentación de un libro sobre pedos (repetimos: años noventa) que el autor amenizó con un completo archivo sonoro de diferentes tipos de flatulencias. El abajo firmante aún no ha decidido si fue la mejor presentación de su vida o una marranada.

  1. ¿Las presentaciones de libros se organizan solas?

No.

Esta es una pregunta retórica destinada a poner el acento en un aspecto que a menudo se deja de lado: organizar semejante acontecimiento no es tarea fácil. Es la parte tan invisible como imprescindible de las presentaciones: gestionar su ubicación, enviar invitaciones, hablar con los medios de comunicación, negociar con la distribuidora de libros, evitar la coincidencia con algún partido de la Champions League (no es broma)… En el caso de las grandes presentaciones, ocuparse de alojamientos, billetes de avión, etcétera. Y, sobre todo, hay que cruzar los dedos para que a última hora no pase nada. Quien escribe estas líneas acudió como presentador a cierto pueblo aragonés y tuvo la mala fortuna de que el día anterior se muriera doña Soledad, la estanquera. Pusieron el funeral a la misma hora que la presentación.

En la editorial Planeta, los más viejos del lugar aún recuerdan cierta anécdota: Terenci Moix presentaba un libro en un hotel de Madrid, probablemente el Palace o el Ritz. Era una presentación gigantesca. La sala empezaba a estar llena, pero Moix no aparecía. La jefa de prensa, que empezaba a notar cierta taquicardia, fue a buscar al escritor a su habitación. Cuál fue su sorpresa al encontrar a Moix completamente desdentado. Aunque la comunicación verbal era compleja, la jefa de prensa comprendió que el escritor había extraviado la dentadura. Tras angustiosos minutos de búsqueda, los dientes aparecieron detrás de una cortina.

  1. ¿Por qué las presentaciones suelen celebrarse en librerías?

Porque a las editoriales les sale gratis. Y porque es el único lugar donde pueden venderse libros sin violar la Ley 7/1996 de Ordenación del Comercio. Las librerías ceden sus espacios para presentaciones porque venden unos cuantos libros, lo que compensa haberse pasado el santo día recolocando fajas (véase número 33 de Librújula). La razón por la que la hora habitual de una presentación sea las siete de la tarde es doble: por un lado, la gente que aún trabaja ya ha salido de trabajar; por otro, si la presentación se alarga mucho, el librero suele personarse al fondo de la sala y hace una seña al autor consistente en llevarse al cuello la mano derecha en posición horizontal. Quiere decir “habría que ir cerrando”, no que vaya a cortarle el cuello.

En el caso de autores consagrados, las editoriales consideran que les compensa alquilar un espacio de postín (un círculo ecuestre, un casino, un museo, etc.) para dar empaque a una presentación, y entonces sí que pagan el lugar.

  1. ¿Todas las presentaciones son iguales, pero algunas son más iguales que otras?

En esencia, no. Pero sí.

Hemos pedido la opinión de Eduardo Mendoza, un escritor curtido en mil presentaciones (no solo propias, puesto que a veces aparece en actos ajenos provocando codazos de regocijo entre los presentes): “No creo que exista una regla general en relación a las presentaciones, lo que quiere decir que no todas son iguales. Depende de varios factores. Si el autor es consagrado o primerizo, si se celebran en Barcelona o Madrid o en una localidad más pequeña, si el editor ha  hecho una campaña previa y ha movilizado a los medios… Y, por supuesto, también depende mucho de la personalidad del presentado y del presentador”.

Con alguna salvedad, la era de las presentaciones faraónicas ha tocado a su fin, tal vez porque la industria editorial ha entrado en una especie de fase pasivo-agresiva y necesita tomarse su tiempo para procesarlo. Probablemente el canto del cisne de esta era gloriosa tuvo lugar en 2008, cuando Carlos Ruiz Zafón presentó en Barcelona El juego del ángel. Fue un acto colosal al que solo faltó el himno americano para parecer una final de la Superbowl. Se celebró nada menos que en el Liceo, acudieron setecientas personas, hubo banda sonora especial y una escenografía propia de Wagner. Nunca ha vuelto a verse nada parecido.

Entre esta presentación y la de un escritor desconocido solo hay una diferencia, pero es una diferencia fundamental: las perspectivas de venta.

  1. ¿A cuántas presentaciones de libros es capaz de asistir un ser humano sin sufrir daños irreversibles?

Ningún estudio ha ofrecido cifras concluyentes al respecto, por lo que cualquier respuesta penetra de lleno en el terreno de la conjetura. Hay, sin embargo, un dato relevante: la periodista cultural de La Vanguardia Llucia Ramis escribía en un artículo publicado en diciembre de 2021 que según sus cálculos había asistido a unas 2500 presentaciones de libros. No se le conocen aún efectos secundarios.

  1. ¿Las presentaciones de libros sirven para algo?

En términos promocionales o económicos, ha quedado claro que no. Susana Sánchez: “Las editoriales se están dando cuenta rápidamente de que para lo que es la vida pública de un libro, cada vez más corta, una presentación supone poco y pocas veces compensa el esfuerzo que requiere organizarlas. Es mucho curro que al final no tiene impacto”. Llamamos a cierta editora que prefiere mantenerse en el anonimato: “Como tantos aspectos de la industria editorial, las presentaciones de libros deberían repensarse. Hacerlas solo esporádicamente y dedicar más esfuerzos a la promoción. Pero también debo decirte que este no es el tema más urgente”. “¿El tema más urgente no serán los derechos de autor?”. “No. El modelo. La hiperinflación de títulos es de locos. La mayoría de libros aguantan dos semanas en la librería, porque pronto llegan libros nuevos. Eso hace que cada vez más autores se lancen en brazos de Amazon. Muy pronto las editoriales tendremos que dar con una alternativa a esta avalancha insostenible, y más al precio que se están poniendo la gasolina y el papel”.

Javier Pérez Andújar pone la guinda: “Pero una ciudad sin presentaciones de libros es una ciudad muy aburrida. También puede resultar muy aburrida una presentación de libro, sí, pero es un ritual que seguimos haciendo porque tiene importancia en sí mismo, más incluso que el propio libro.  Celebramos presentaciones de libros aunque ya nadie se las crea, excepto un puñado de fieles”.

“Utilidad” es un término muy vaporoso, así que dejamos para el final un concepto que no siempre entra en la ecuación cuando se habla de este asunto: la ilusión. Es uno de los motores que mueven a todos los autores que protagonizan los seis millones de presentaciones de libros anuales. A veces se les nota ese sentimiento porque sus ojos chispean. A no ser que haya un negro de por medio, el autor que presenta un libro se lo ha currado mucho y le hace ilusión contarlo.

Que se venga arriba un ratito, mientras pueda.