En las novelas de King todos los mundos son posibles. Regresa con “Cuento de hadas” (Plaza & Janés), una historia que hace equilibrios sobre el abismo en el delgado hilo del bien y del mal.

Texto: Pere SUREDA Foto: Julissa MAYER

 

Entré en contacto con el mundo de Stephen King de una forma poco ortodoxa. No fue leyendo un libro. Fue en 1977, viendo Carrie, protagonizada por Sissy Spacek y John Travolta de la mano del cineasta Brian de Palma. Había oído hablar de King, y había visto un par de libros suyos en las librerías, pero en ese momento no me llamaron la atención. Creo que los desprecié por malos, ¡sin haberlos leído! Pero la película me impresionó y me dominó el miedo durante casi toda la proyección. Probablemente mi curiosidad, inasequible al desaliento, hizo que buscara en los títulos de crédito y ahí fue cuando “descubrí” el nombre de King como autor de la novela en la que se basaba la cinta. El inconsciente juega malas pasadas y ese nombre ya quedó registrado para siempre. Cuento esto porque sigo convencido de que nos acercamos a la obra de un escritor/a de las formas más impensables posibles. Esta es una de ellas. Valió la pena, mucho. Este señor de Bangor, Maine, me ha acompañado durante más de cuarenta años absorto en la lectura de sus libros y espero que nuestra relación sea larga. Y eso no lo puedo decir de muchos escritores/as.

Voy a seguir por el camino no ortodoxo. Trabajando en Ediciones B, al rato de conocer y congeniar con Enrique de Hériz, el autor de Mentira me contó sus principios como corrector en Círculo de Lectores. Parece ser que un día, mientras estaba corrigiendo un texto, sus compañeros, al ver su cara y oír su respiración entrecortada, se espantaron y fueron corriendo a su mesa… se estaba ahogando. Instantáneamente se recuperó. Fueron unos segundos largos, duros, pero solo unos segundos. “¿Qué te pasó?”, le pregunté… “Pues que estaba corrigiendo un relato de Richard Bachman —seudónimo de King en aquella época— donde el protagonista está huyendo y se mete en un túnel que cada vez se estrecha más… y yo estaba en ese túnel. ¡Menudo cabrón, Stephen King!”.

Tener esa capacidad es muy poco frecuente, algunos genios la tienen, solo algunos. King es el rey en hacerte pasar esas putadas. Que luego analizas y, tras someterlas al juicio de lo racional, hacen que te des cuenta de que el escritor de Bangor tiene esa extraña “facilidad”. ¿Es parte de su oficio? ¿Lo ensaya? Qué más da… el resultado es el mismo. Transmite a sus lectores emociones y sentimientos difíciles de olvidar. Esta “anécdota” le volvió a suceder a mi mujer mientras leía La tienda, una de las obras que publicamos de él en Ediciones B. Yo le había insistido mucho en que leyera algo de King —yo ya había leído varios libros suyos, pero de eso escribiré más adelante—, y, como soy bastante pelmazo, más que para que me callara que por convicción, empezó el libraco. Una tarde, al regresar a casa la vi leyendo tan tranquila y feliz la novela. Al cabo de un rato empezó a retorcer las manos y a hacer con ellas extraños movimientos que indicaban dolor. Se lo dije. Me contestó que ya le había pasado en otros capítulos del libro, cuya protagonista tenía artrosis, y cada vez que King lo sacaba a relucir sus manos lo percibían en forma de esa molestia. Conste que no le había contado la anécdota de Enrique de Hériz y algunas que yo había “sufrido” gracias a la escritura de King.

¿Por qué cuento estas anécdotas? Porque son la sal de la vida de las novelas. Porque el lector, al comprar una novela, lo que desea es pasar un buen rato con el autor y sus criaturas. Esa es la magia.

Estoy convencido que Stephen King es un escritor al que no solo le sobran, sino que le deben resbalar los adjetivos. Sean cuales sean ha logrado estar a otro nivel que sus contemporáneos, está por encima del bien y del mal. Escribe, y mientras escribe nos hace sentir lo maravilloso, y pasar miedo, angustia. Y sentir es esencial en el disfrute de una novela, si no estamos dentro de ella jamás podremos empatizar con aquel personaje, jamás podremos odiar a nadie ni reír con nadie; estaremos ciegos y, en definitiva, si no entramos no salimos. Hemos perdido el tiempo. Y les aseguro que con el señor King no se pierde el tiempo. No te lo permite. Y si te gusta tienes la suerte de tener a tu alcance más de cincuenta títulos publicados. Ya me gustaría no haber leído aún nada de este señor de Bangor, Maine.

King se delata y nos revela al mismo tiempo sus gustos siendo un niño: “A mí que no me vinieran con ñoñerías, mensajes optimistas y Blancanieves y los siete enanitos. A los trece años quería monstruos que devoraran ciudades, cadáveres radiactivos salidos del mar comiéndose a los surfistas y chicas de aspecto barriobajero y sujetador negro.” Esos gustos marcarán una obra que evolucionará técnicamente en lo formal y se diversificará en la temática, pero que apela directamente al niño o niña que todos sus lectores conservamos en nuestro interior. Difícil será experimentar un placer tan absoluto si nuestros años de niño no habitan en nuestras vidas. De ahí, creo, el rotundo éxito internacional e intercultural de la obra de este escribano y a la vez notario, a la manera de Charles Dickens, de buena parte del siglo XX y XXI.

Los lectores se logran de uno en uno y por eso voy a recordar algunos de los títulos del Maestro de Bangor, Maine, que se pueden leer sin orden alguno y que me han gustado especialmente. Solo con que consiga que una persona se acerque al mundo de King, me daré por bien pagado. Ahí van: Mientras escribo, Carrie, El resplandor, Salem’s Lot, Cementerio de animales, La tienda, Mr. Mercedes, It, La cúpula, Ojos de fuego, El instituto, Los Tommyknockers, Misery, Dolores Clairbone, 22/11/63. Si con alguna de estas magníficas historias logro un lector, estoy seguro de que será un lector/a que repetirá.

He aprovechado esta oportunidad para tomarme un café en DuPray —ese pueblecito minúsculo de Carolina del Sur—-, con Laura Fernández, Mariana Enríquez y Rodrigo Fresán, que son sus mayores fans. Fíjense que esos tres escritores son calificados de “altamente literarios, complejos y con mundos propios”; por tanto, el señor King es querido universalmente y por escritores y lectores de todos los gustos posibles. Parece que en eso hay cierta unanimidad. Y les aseguro que, en este sector, nadie vivo despierta unanimidades con facilidad. Todo lo contrario.

Laura me apunta algunos datos a tener en cuenta: “Es, quizás, el mayor creador de escritores de todos los tiempos, no solo de lectores, y solo por eso merece un respeto”. “Es un padre para mí, sobre todo porque lo que hace parece fácil y no lo es en absoluto”. Mariana Enríquez afirma directamente que “merece y le tienen que dar el premio Nobel de Literatura, y se acabarán los debates.”. Y Fresán, el primer escritor y lector de King que conocí, desde hace años, subraya: “Es el autor de una de las tantas Grandes Novelas Americanas que andan por ahí: El resplandor. Novela que, más allá del género, trata sobre la desintegración familiar y la henryjamesiana locura del arte. También hay que leerlo —porque es muy generoso— da miedo. Da mucho miedo.”

 ‘Cuento de hadas’

“Estoy seguro de que puedo contar esta historia. También estoy seguro de que nadie se la creerá. Me basta con contarla. Para mí —y está claro que para muchos escritores, no solo los novatos como yo— el problema es decidir por dónde empezar…”.

Este es uno de los “típicos” principios con los que King te atrapa. No te puedes quedar ahí. Necesitas saber de qué va esa historia que “nadie se la creerá”. Quizás quieras ser el primero o la primera en creértela.

A los 17 años, Charlie ya ha visto los efectos persistentes de estos pozos oscuros en su padre, un alcohólico en recuperación, y sabe que esa es la raíz de todos los problemas. Por eso tendrá que aprender a vivir con lo que ha “bebido” de los suyos. Después de todo, la bondad no es algo que llevemos puesto, incluso si eres el príncipe elegido que ha venido a salvar un reino: la bondad es algo por lo que luchas y ahí Charlie Reade siempre está haciendo todo lo posible por vencer. Ahora Charlie encuentra dos amigos inesperados: una perra llamada Radar y el señor Bowditch, su anciano dueño. Mientras nuestro protagonista se encarga de hacer recados para el anciano, Radar y Charlie se hacen inseparables. Cuando el anciano señor Bowditch fallece, le deja al chico su gran secreto: dentro de su cobertizo existe un portal que conduce a otro mundo.

En las novelas de King todos los mundos son posibles, el suyo y el nuestro, que siempre están jugando al juego del gato y el ratón. El ratón siempre somos sus lectores, por supuesto, pero ya nos va bien.

Siempre le han fascinado las alusiones y homenajes a grandes escritores, desde Steinbeck hasta nuestros días, ya sea explícitamente o como guiño al lector, y sinceramente a mí me reconfortan esos guiños.

Así que Cuento de hadas es una mezcla que atraviesa mundos y salta entre géneros, con muchos huevos de Pascua y felicitaciones de Navidad para todos. Pero lo que en el escritor de Bangor no falla es que nos presenta, al mismo tiempo, una aventura episódica sólida, un pasar de página, a veces compulsivo, impulsado por encuentros memorablemente extraños y una acción perfectamente tramada y emocionante. En el más largo de los escenarios de la novela describe la participación forzada de Charlie a un concurso de gladiadores. En el concurso se trata de matar o ser asesinado, y sobrevivir requiere todo el ingenio, el carisma y la destreza atlética de Charlie, así como contener su instinto hacia las acciones violentas.

“Creo que hay un pozo oscuro en todo el mundo”, se da cuenta Charlie, “y nunca se seca”. Pero si bebes es porque quieres, nadie te obliga, y ese agua es veneno. Stephen King en estado puro.

A pesar de los giros y vueltas de la trama, la mayor sorpresa que Cuento de hadas me ha regalado podría ser la promesa del libro de un final feliz. En un momento, Charlie nos advierte que estos requieren de «algo improbable», trucos narrativos hechos «apetecibles para los lectores que querían un final feliz, incluso si el narrador tuviera que sacar uno de su sombrero». Pero creo que a todos los lectores hambrientos de una aventura genuina y bien tramada no les importará qué tácticas utilice Stephen King para entregar sus libros: en esta época, en estos días, muchos de nosotros aceptaremos todos los finales felices que podamos obtener, por improbables que parezcan.