La editorial Trotalibros, surgida del canal de YouTube del mismo nombre, publica uno de los clásicos de la literatura catalana, «Soledad», de Víctor Catalá, seudónimo de la escritora Caterina Albert.

Caterina Albert, de seudónimo Víctor Catalá

Texto: David PÉREZ VEGA

  

Hace años me sorprendió mucho La plaza del diamante (1962) de la también catalana Mercè Rodoreda, que me parece una de las mejores novelas que se han escrito sobre la guerra civil española, y de que de joven no le había oído hablar a nadie. A pesar de que en los años 80 se hizo una serie que se emitió en Televisión Española, cuando yo me acerqué a ella en la primera década del siglo XXI muy poca gente de mi entorno conocía la novela. Solo la conocían dos personas que estudiaron en la Filología Hispánica en la universidad Complutense, porque la reivindicaba una profesora de allí. La plaza del diamante se escribió en catalán y, a pesar de ser una obra maestra, sorprende ver la relativamente escasa repercusión que ha tenido en el resto de España (aunque en 2014 se realizó también una adaptación teatral)  y la poca comunicación que existe, la mayoría de las veces, entre la literatura escrita en los diversos idiomas de España.

Al saber que Soledad es considerada otra de las novelas claves de la literatura catalana y que la acababa de publicar la editorial Trotalibros me apeteció leerla. Jan Arimery, editor de Trotalibros, comenta en el epílogo que, en los institutos catalanes, se leen fragmentos de Soledad en secundaria, y de ella se analizan frases sintácticamente. «Soledad es uno de esos clásicos que pierden lectores en las aulas». Es decir, un ciudadano de Cataluña conoce, al menos, la existencia de Soledad y el nombre de Víctor Catalá, en realidad Caterina Albert, pero diría que es una autora muy desconocida en el resto del territorio nacional. A pesar de todo, he visto en internet que la hoy desaparecida editorial madrileña Lengua de Trapo sí la sacó traducida al español en 2009, con traducción de Basilio Losada. En Trotalibos, Jan ha editado una nueva traducción. La ha realizado Nicole d´Amonville Alegría que es poeta, traductora y editora. No parece una traducción fácil, puesto que uno de los protagonistas de la novela, el pastor Gaietà, habla en un catalán dialectal ‒que en realidad está inventado por la autora‒ y será la traductora la que haya de tomar las decisiones de trasladar ese catalán no normativo al español.

Víctor Catalá es en realidad el seudónimo de Caterina Albert, quien en 1898 ganó los Juegos Florales de Olot con el monólogo teatral La infanticida. Pero al asistir a recoger el premio, unida a la inmoralidad que se imputó a la obra, se reveló que había sido escrito por una mujer, y esto hizo que el jurado le retirara el galardón. Desde entonces tomó el seudónimo de Víctor Catalá y, cuando más tarde, en los círculos literarios, ya todo el mundo sabía que Catalá era en realidad Caterina Albert lo siguió usando, porque le gustaba ese juego de personalidades múltiples. Así que el editor Jan Arimery decidió conservar el seudónimo masculino porque según los descendientes de la autora de este modo le hubiera gustado a ella.

En el primer capítulo, el lector conocerá a Mila y Matias, un matrimonio joven que ha aceptado el trabajo de cuidar una ermita, dedicada al culto a San Poncio, en la montaña catalana. La novela está escrita en tercera persona, pero gracias al recurso del estilo indirecto libre casi siempre nos encontraremos cerca de la mirada y los pensamientos de Mila. La pareja asciende por la montaña para encontrarse con su nueva vida, los presagios sobre el futuro no parecen halagüeños para la mujer. Por ejemplo, a Mila le está empezando a molestar la reciente gordura de su esposo, al que vislumbramos como a un hombre perezoso. «Aquel no era un camino para gente de bien, sino para cabras y forajidos» (pág. 23)

En este primer capítulo nos asaltará también un vocabulario campestre o antiguo, con términos como «ribazo», «agave» «ringleras», «enfitéutico», que, en cierta medida, me ha recordado a ese lenguaje ancestral de los libros de Miguel Delibes. También es cierto que esta sensación de enfrentarnos a ese vocabulario desconocido va desapareciendo a medida que nos adentramos en el libro. Salvo cuando habla el pastor Gaietà, cuyo discurso en un español errado, de evocaciones medievales, puede chocar al lector

Después de la buena impresión que me causa el primer capítulo, he de decir que me parece que la novela da un bajón en los siguientes ‒en el segundo, tercero y cuarto‒ donde Catalá nos mostrará cómo es la ermita de San Poncio, nuevo hogar de Mila y Matias, y se presenta a algunos de los personajes que van a ser importantes para la historia, como el pastor Gaietà y el niño Baldiret, que tiene ocho años y acompaña al pastor en su soledad, y también se va a convertir en símbolo de los anhelos de Mila de tener un hijo. No es que estos capítulos sean malos, sino que tengo la impresión de que en ellos la novela pierde tensión narrativa a favor del costumbrismo, como ocurre, por ejemplo, en el capítulo 4, donde Mila se dedica a adecentar su nueva casa.

Sin embargo, pese a esta sensación de deriva inicial, la novela empezará poco después a tomar vuelo, y crecerá también la tensión narrativa. Los conflictos entre Mila y Matias se irán acrecentando, ya que Mila ve a su marido como un holgazán. Además éste quiere ganar algo de dinero saliendo a mendigar por los pueblos cercanos en nombre del santo de la ermita, algo que avergüenza a Mila. Ésta encontrará refugio en las conversaciones que tiene con Gaietà, el pastor, un hombre bondadoso, que siempre está dispuesto a contar historias, una leyenda local o inventada, con las que embelesará a sus oyentes. La montaña también está habitada por el Ánima, un vagabundo, contra el que Gaietà prevendrá a Mila, ya que guarda contra él una gran ojeriza.

En el prólogo, Catalá nos cuenta que inicialmente la novela contaba con veinte capítulos, pero al final decidió sacrificar dos, «los que nos parecieron menos esenciales para el desarrollo de la fábula». La novela tuvo éxito, y cuando se estaba preparando una nueva edición, la autora le comentó al editor la existencia de esos dos capítulos, y éste se interesó por su incorporación al libro, pero entre medias tuvo lugar la guerra civil, y Catalá sufrió un registro en su casa y los manuscritos de estos dos capítulos desaparecieron. Imagino que estos capítulos que Catalá descartó pertenecerían a esta primera parte, que ya he dicho que me parece demasiado descriptiva, porque en la segunda mitad la trama se ajusta mucho y la novela avanza con gran firmeza hacia su innegable final en alto.

Lo más interesante de la novela es la transformación que vive Mila en la montaña, desde ser una campesina de la llanura, que se ha casado con un hombre al que en realidad conocía bien poco, hasta ser una mujer que conoce sus deseos vitales y anhelos.

«Se sentía bella, sabrosa, codiciable y codiciada por los hombres; las viciosas fieras de la fiesta, primero; los grupos de cazadores urbanos, después; y la anhelante plenitud de su alma, a todas horas, se lo habían demostrado con creces. Pues, si era así, ¿por qué esos dos hombres (…) a los que ella quisiera hacer el generoso don de sí misma, no la codiciaban, por qué no hincaban los dientes en ella como en un fruta dulce, madura en su punto?» (pág. 209)

Soledad es, en gran medida, una novela sobre los deseos de una mujer insatisfecha y esto la convierte en una novela muy moderna dentro de la tradición europea, puesto que se publicó en 1905, y está escrita por una mujer. Jan, el editor, en un vídeo de su canal de YouTube, la comparaba con obras como Cumbres borrascosas de Emily Brontë. La comparación es pertinente, sobre todo si, además de fijarnos en las pasiones que se van a desatar en el libro, nos fijamos también en la fuerza del paisaje: los páramos en Brontë y la montaña en Catalá. Lugares que se van connotando de una fuerza telúrica. «Ahora, ella, sintiendo serenidad en la cabeza y el corazón, hallaba placentero jugar voluptuosamente con los escalofríos que relampagueaban en las carnes cuando se transita por agrestes alturas y sentir que el tenebroso embrujo de aquellas honduras le sorbía el alma por las pupilas.» (pág. 185).

Pese al titubeo inicial, que ya he comentado, me ha gustado mucho Soledad. Es una novela que va ganando altura y tensión en su segunda mitad, y que me ha parecido una obra valiosa y moderna, sobre todo por su muestra de la fragilidad de la posición de la mujer a principios del siglo XX en España. Una novela que sigue dejando ecos y resonancias en el lector una vez cerrado el libro.