El economista Steve Keen propone en su libro “¿Podemos evitar otra crisis financiera?” el Jubileo de Deuda Moderna para salir de la crisis poscovid.

 

 

Texto: David Valiente.

Los medios de comunicación nos avasallan a todas horas con la gran crisis económica que se nos avecina en cuanto termine la pandemia. Las cifras que barajan las grandes instituciones económicas nos retrotraen a la famosa crisis de los años 30 del siglo pasado. Por ello, los expertos en finanzas exigen a los gobiernos que dejen su actitud paternalista y permitan a los mercados campar a sus anchas. Aducen que la intervención estatal, en este caso concreto entendida como el incremento de la deuda pública, solo obstaculizará la recuperación de las economías, y tampoco pasa nada porque nos apretemos el cinturón por una temporada.

En respuesta a los teóricos neoclásicos de la economía, el también economista Steve Keen, a quien hemos entrevistado por e-mail, ha publicado ¿Podemos evitar otra crisis financiera? en la editorial Capitán Swing. Como una especie de Casandra de la economía, el profesor de la Universidad de Western Sydney y gran crítico del modelo económico actual hizo un informe en 2005 en el que predijo la crisis económica que padecimos tres años después: “La mayoría de los economistas pensaban que estaba loco, es más, un economista australiano dijo que yo era el único que esperaba que algo malo sucediera en 2008”. En su libro, el economista keynesiano cuestiona los postulados de sus colegas y propone alternativas para que el grueso de la sociedad logré salir de una manera menos dañina de la crisis: El Jubileo de Deuda Moderna. Esta propuesta consiste en “dar la misma cantidad de dinero creado por el gobierno a cada persona, y exigir a los que tienen deudas que lo usen para reducir su deuda, mientras que los que no tienen deudas tendrían que comprar acciones corporativas recién emitidas que deberán usarse para reducir deuda corporativa, así se podría devolver al capitalismo la salud que tenía en los años cincuenta y sesenta”, define Steve Keen.

Un error de base

Los economistas aprenden en las universidades que el modelo de economía de mercado, sin la intervención estatal, hace a los seres humanos más felices y permite mayor rango de maniobra de los resortes financieros. Es una feliz utopía anárquica donde cada uno recibe por lo que ha contribuido socialmente y nadie tiene que rendir cuentas a un papá Estado, porque la tendencia social y económica será armoniosa. “El mundo descrito por los economistas neoclásicos es un mundo ideal que en lo más mínimo se acerca a la realidad del capitalismo”, aclara Steve Keen. Surge de esa necesidad de describir el mundo con los propios parámetros de percepción: “Al final terminan confundiendo su modelo económico con la propia economía. Yo diría que se asemejan más a fanáticos religiosos que a científicos propiamente dicho; están tan aferrados a su visión que les resulta imposible creer en otras maneras más eficientes y en consonancia con la realidad de hacer las cosas”. Además, su modelo omite aspectos cruciales de la realidad económica: “Ellos dan por hecho que el dinero y el crédito son solamente un velo sobre el intercambio de productos, pero la realidad es que producen crisis económicas”.

Sin duda, una de las causas principales de este panorama en la disciplina económica es la falta de un método científico, algo que queda patente en el libro pues el autor, para explicar algunos elementos teóricos, debe emplear el método de otras ciencias. Durante la entrevista advirtió de esta situación: “La economía, como disciplina, se asemeja a un páramo cuando pretendes describir las realidades económicas. Por lo tanto, debo fijarme en la ciencia para encontrar una guía de cómo debería ser la economía”.

Que la economía no se desarrolle como una ciencia causa quebraderos de cabeza a algunos economistas, pero los políticos y las sociedades que conforman los países también deberían preocuparse, porque, según Keen, “si realmente supieran cómo se hizo la teoría económica, se horrorizarían y dejarían de tomar en serio a los economistas”. La falta de sostén científico impide que los políticos sean analíticos. En consecuencia, estos se dejan guiar por los asesores económicos, la mayoría de ellos, provenientes de una universidad o escuela económica donde los manuales que siguen empleando son los estipulados por los economistas neoclásicos ortodoxos; por esa razón, la economía: “necesita una auténtica revolución científica” que por desgracia “no vendrá desde dentro de la economía misma”.

Necesitamos más deuda pública

Los economistas nos venden la moto de que emitir deuda pública perjudicará más nuestras economías, cuando la realidad muestra lo contrario, ya que “el gasto público no se financia tomando prestado el dinero de particulares, sino porque el gobierno crea dinero cuando tiene un déficit”, aclara Keen. De nuevo, los economistas neoclásicos “cometen el error de ver todos los préstamos como préstamos interpersonales”. Convencionalmente, pensamos que en un préstamo, el prestamista pierde valor adquisitivo que gana la persona demandante del préstamo. Por supuesto, al prestamista se le devolverá el dinero (con intereses), pero existe también el riesgo de que el dinero no regrese porque el prestatario se declare incapacitado para devolver la deuda. Sin embargo, cuando un banco presta dinero “crea dinero nuevo mediante el acto de prestar, dinero que te permite gastar ahora, pero que crea una deuda idéntica por la que tienes que pagar intereses”, sintetiza Keen. En caso de que el deudor se declare en bancarrota “el dinero creado por el préstamo todavía está en circulación”.

“El déficit del gobierno crea nuevo dinero y nuevas reservas bancarias al mismo tiempo”, aumentando de este modo “el poder adquisitivo del receptor” y “las reservas de los activos del sector bancario”. Al vender bonos con un valor idéntico al déficit, los bancos intercambian un activo que no genera intereses y que tampoco permite el trading financiero por otro activo que genera interés y sí lo permite. De este modo, Hacienda paga el interés de los bonos a los bancos pidiendo prestado dinero al banco central que a su vez este tiene toda la potestad para comprar bonos directamente. “Así que la deuda del gobierno no se parece en nada a una deuda de persona a persona”. Los países solo deberían reducir su deuda pública si el déficit es tan grande que llegue a afectar la balanza de pagos, convirtiendo “el dinero local en moneda extranjera que le obligue a contraer la deuda en dicha moneda”.

Por otro lado, los manuales de economía recogen que si un país emite moneda, el valor de la moneda se devaluará, aunque, nos asegura el autor, el Bank of England y el Deutsche Bundesbank han demostrado que tal afirmación es errónea; los economistas no vieron venir la crisis del 2008 por un error de base garrafal: su no creencia en que los bancos hacen dinero.

A diferencia de los países occidentales, China salió prácticamente ilesa de la crisis financiera del 2008 por su control sobre los bancos (son estatales) que le permitió no registrar las deudas incobrables, asumiendo, eso sí, un aumento continuo del precio de la vivienda, algo a lo que su población está acostumbrada, algunos incluso lo ven como una inversión de futuro, unos ahorros para la vejez. Dicho esto: “la deuda de los hogares chinos todavía está muy por debajo de los niveles europeos y estadounidenses”.

¿Tendremos una gran crisis tras la pandemia?

La famosa crisis de los años 30, tan mencionada en los medios de comunicación en nuestros días, estuvo precedida de un aumento considerable del crédito, situación ahora mismo no experimentada (a esos niveles) por nuestras economías: “Creo que existe el peligro de una mini crisis económica después de la COVID porque ha habido un aumento significativo en la deuda corporativa en particular durante los confinamientos, probablemente porque las empresas han necesitado pedir prestado para cumplir con sus compromisos financieros.” Es posible que algunas empresas vayan a la quiebra, “pero no ha habido un boom gigante de antemano, así que no espero nada como los años 30”, concreta Steve Keen, que también nos advierte de que “el principal peligro al que se enfrenta España es que la Unión Europea obligue al gobierno a recortar el gasto público”.

La Unión Europea construyó una obsesión malsana por la deuda pública en el Tratado de Maastricht y en el Tratado de Lisboa, obsesión que obligará a España a reducirla tras la crisis, afectando, sin duda, al sector privado que se quedará sin liquidez a causa de un superávit del Gobierno.

A nivel mundial, la futura crisis financiera nos presentará una oportunidad que no nos presentó la anterior: la de implementar el Jubileo de Deuda Moderna: “sin duda, es más posible después de la COVID que antes”, concluye Steve Keen.