El ingeniero en inteligencia artificial Bernard Kastrup nos abre las puertas al idealismo metafísico en el libro “¿Por qué el materialismo es un embuste?”

 

Texto: Antonio ITURBE  Foto: Archivo

 

Hace unos días, en una radio local una periodista me plateó una pregunta que me dejó desarbolado: “¿de qué materia están hechos los recuerdos?”. Si todos los pensamientos los genera el cerebro, y el cerebro es un amasijo de carne (átomos, pura materia)… ¿cómo es posible que de lo material surja algo inmaterial como el pensamiento y la imaginación? ¿Cómo de algo tan objetivo como los átomos que componen una silla o una uña surge la conciencia subjetiva? La nostalgia… ¿de qué materia está hecha? La verdad última, nadie la sabe. Si alguien les dice muy ufano que les va a dar la respuesta, no le crean.

El intento más tenaz, brillante y apasionado de merodear esa pregunta que he leído es el de Bernardo Kastrup, doctor en filosofía, ingeniería informática e Inteligencia artificial, que se ha convertido en la voz más aguda y fogosa del llamado “idealismo metafísico”. La editorial Atalanta, una vez más, nos abre la ventana a la vanguardia del pensamiento más creativo y audaz del siglo XXI con la publicación de ¿Por qué el materialismo es un embuste?

El materialismo científico imperante considera de manera tajante que cualquier explicación a la subjetividad que no pase por el trenzado de neuronas del cerebro es pura superchería. Kastrup, un científico muy minucioso en sus planteamientos, los acusa a ellos de fantasiosos: “Si todo lo que existe es materia y toda consciencia es producida de algún modo por la disposición adecuada de materia representada por el cerebro, entonces toda percepción subjetiva debe residir en el cerebro, y únicamente en el cerebro”. Concluye que, según el materialismo, “Nada de lo que ves, tocas, hueles o sientes u oyes a tu alrededor ahora mismo es una aprehensión directa de realidad real. Todo es, en cambio, una suerte de copia interna generada por tu cerebro. Por lo tanto, el materialismo requiere duplicar toda la realidad”.

Explica, de manera precisa pero muy inteligible incluso para no iniciados, cómo funciona básicamente el cerebro, en función de sus dos tipos de células: neuronas y células gliales. Es una especie de “red gigantesca de neuronas intercomunicadas” que generan cargas eléctricas que al hacerse intensas desencadenan la liberación de neurotransmisores. Kastrup, que nos advierte de que las metáforas son solo aproximaciones imperfectas y que desecharlas al momento de usarlas, por aproximarnos a su naturaleza de manera gráfica compara el cerebro más parecido “a un receptor de radio que, de entre la variedad de estaciones que concurren en la señal de transmisión, selecciona aquella que uno quiere escuchar”.  Esto significa que no muestra la experiencia exterior tal cuál “sino que la selecciona de un conjunto más amplio”. Así que los materialistas científicos que se creen tan serios y tan sólidos en sus planteamientos nos están diciendo que la realidad es copia y selección… ¡son ellos los que consideran la realidad una alucinación de la cabeza!

Kastrup nos dice que “Hemos de considerar la vida de la misma manera que  muchas personas consideran los sueños nocturnos: cuando se despiertan no atribuyen una vedad literal al sueño que acaban de tener. Hacer tal cosa sería equivalente a cerrar los ojos a aquello que el sueño trata de transmitir” y nos invita a observar la realidad no como algo literal sino como símbolos de algo más.

Imposible simplificar en unas líneas la complejidad de su propuesta y los argumentos meticulosamente apuntalados de Kastrup. Huye tanto del materialismo científico como de la corriente New Age empeñada en “encontrar una esencia literal detrás de la metáfora”. Kastrup despliega en algunos pasajes una arrogancia intelectual que a veces resulta impertinente pero seguramente necesaria para enfrentarse a la arrogancia del pensamiento establecido. “¡Apartamos la mirada! No nos gusta enfrentarnos a la oscuridad de nuestro interior”. El viaje más asombroso no está a miles de kilómetros sino aquí mismo, con un salto dentro de nosotros mismos. Y no lo dice un chamán, sino un doctor ingeniero informático. Eso sí, un ingeniero apasionado que no da nada por sabido y pone toda certeza patas arriba.