Miguel Herráez novela en «Los días rojos» la búsqueda y captura del líder nazi, Otto Skorzeny, protegido por el régimen franquista.

 

Texto: David VALIENTE

 

Leer la última novela del escritor y catedrático de filología, Miguel Herráez, titulada Los días rojos (Piel de Zapa) es imbuirse de lleno y sin manguitos en el mundo de la clandestinidad, la persecución policial y la paranoia persecutoria de los últimos años del franquismo. “El tema me atrapa por el contexto histórico que pretendo analizar, siempre desde la ficcionalidad, al que le añado las conexiones que el franquismo tuvo con la locura nazi; aunque verdaderamente en mi novela el nazismo cumple la función de leitmotiv y no tanto de tema”, hace saber Miguel Herráez a Librújula. El autor teje las líneas que configuraron esos oscuros años mediante “un falso autobiografismo” para así rescatar en la memoria del lector esos años que marcaron el fin de un régimen que ostentaba el poder desde el final de la Guerra Civil.

El protagonista de Los días rojos, Diego, es un joven estudiante de filología hispánica involucrado en la lucha estudiantil y clandestina contra el franquismo. Uno de esos días lluviosos, tediosos e interminables, junto a un amigo de la facultad,  se salta una clase y se sienta en la cafetería de la universidad a tomar un café. Mientras el amigo va a buscar algo para tomar, Diego es abordado por un compañero llamado Rómulo. Comienza la captación para una misión secreta y extracurricular: cazar a Otto Skorzeny, un antiguo líder nazi, que escapó de la justicia gracias, entre otras cosas, al asilo que le ofreció el régimen franquista.

“La novela comienza con la captación del protagonista precisamente porque los dos jóvenes estaban luchando contra el mismo enemigo, un régimen represor que además daba buena vida a criminales de guerra como Skorzeny que mancillaron los derechos humanos en la Alemania de la primera mitad del siglo XX”. Sin duda, los seres humanos nos dejamos llevar más por nuestros sentimientos que por esa voz situada en la parte superior de nuestro cuerpo que nos avisa cuando debemos agarrar los bártulos y salir por patas. Los captadores apelaban a esa parte sensible para conseguir la atención del captado; es fácil acomodarse con una persona en la barra de un bar, mientras fumas y bebes cerveza, contarle todas las injusticias que el régimen está cometiendo a lo largo y ancho de España, y lograr despertar en ella un sentimiento de lucha que aliente su sentido de justicia. La novela de los años 50 también empleó este recurso, sobre todo la novela social representada por autores consagrados como Juan Goytisolo o Alfonso Grosso que enmarcaron en un contexto sociopolítico represivo, “un discurso desnudo que no podía ser superado por la visión estética del neorrealismo”. Si bien es cierto que resulta más sencillo “llevar a una persona al huerto tocándole la fibra sensible, dudo mucho que fuera un acto premeditado. En la clandestinidad se producían conexiones de índole emocional; los integrantes de un partido no solo se reunían en la trastienda de un bar para ir a tirar panfletillos a las 7:00, también se forjaban amistades, incluso amores, que pervivieron mucho tiempo después”, matiza Miguel. Los partidos clandestinos contaban con “su propio reglamento, y sus propias tensiones internas que obligaban a establecer cierto control sobre los propios militantes”, por ejemplo en el control de las lecturas, pues muchos de los miembros eran estudiantes ávidos de conocimiento descatalogado por el régimen.

El movimiento estudiantil tuvo una importancia relevante en la lucha contra el franquismo: “El Régimen infravaloró el movimiento estudiantil, aunque tampoco podía hacer mucho contra él debido a su composición horizontal y bien extendida; ya lo dice el dicho: ‘No se puede poner puertas al campo’”. Y mucho menos cuando hay movimientos internacionales impulsando a una juventud reprimida, harta de la soberbia franquista y profundamente convencida de que pueden vivir de una manera diferente a como lo hicieron sus padres: “El Régimen asfixiaba a los medios de comunicación, pero eso no significa que no se filtraran algunos hitos del 68 francés o de la Primavera de Praga”, hechos históricos, que vistos a posteriori, impulsaron “a la juventud a levantar el banderín contra el Régimen”, asevera Miguel. Por supuesto, la respuesta franquista era especialmente virulenta en el mundo universitario, “con la expulsión de catedráticos y alumnos a quienes además torcían la vida”.

Fueron años de lucha incansable, de esfuerzos titánicos para derrotar desde la clandestinidad a un gobierno autoritario que durante sus últimos años “continuó adoptando posiciones de fuerza y dando feroces coletazos que se traducían en sentencias de muerte, pese a que sabían que con la muerte de Franco, el Régimen le seguiría a la tumba”. Si tuvieron alguna esperanza de pervivir, el atentado del 73 contra Carrero Blanco terminó por disiparla. “Mi protagonista, Diego, tiene una línea que no quiere traspasar; no quiere producir la muerte de ningún civil”, por eso Rómulo aclara que su organización no simpatiza con ninguna banda armada que emplee el terror desproporcionado contra la sociedad entera.

Otto Skorzeny, criminal impasible y colaborador de Occidente

Los crímenes de Otto Skorzeny quedaron impunes. El régimen le ofreció cobijo, hogar, negocios para hacer fortuna, vivió la vida de un marqués o un príncipe feliz dentro de nuestro país. Para el autor de Los días rojos, los juicios de Nuremberg “no dejan de ser una filfa porque tan solo un 1% de los culpables fueron sometidos a juicio”. La memoria humana se caracteriza por el cortoplacismo, por olvidar pronto y fijar su atención en los problemas más inmediatos. Con el fin de la contienda se abre un nuevo frente desde el este de Europa, con ese “demonio rojo” al que había que acorralar en su gran imperio para que no contagiara el virus del comunismo al resto de buenos países que habían soportado el esfuerzo y los padecimientos de la guerra. Por lo tanto, la desnazificación fue un apaño, un lavado de rostro urgente para contener detrás del muro las perversiones comunistas. La novela mantiene un tono pesimista e irónico, en cierto aspecto similar al que utiliza el narrador de la novela de Bohumil Hrabal, Trenes rigurosamente vigilados, con el fin de mostrarnos el descontento del autor ante las injusticias de mediados del siglo XX. ¡Qué importa la masacre de miles de personas perpetrada por Skorzeny! ¡Los seis millones de muertos (según cifras aproximadas y oficiales) en los campos de concentración por el simple hecho de tener una condición concreta! Lamentablemente lo que queda es el servicio que prestó tras sus crímenes, su ayuda al Mossad para asesinar a dirigentes palestinos, el imprescindible apoyo otorgado a la CIA para derrotar al comunismo y, no podía faltar, su astucia empresarial para conseguir los permisos que le permitirán construir en suelo español las bases americanas que serían la llave para sacar al país del aislacionismo y la guinda del pastel para un Otto Skorzeny millonario y sin cargos.