La Real Academia de las Letras ha galardonado a la escritora y periodista Olga Merino con el premio RAE de Creación Literaria por su novela «La forastera» (Alfaguara), una historia de mujeres fuertes que sobreviven en territorios duros.  Al poco de salir la novela, publicamos en la edición en papel de Librújula  la charla que el periodista y también escritor Álvaro Colomer mantuvo con Olga Merino sobre su libro en el marco de los Diálogos On Line de la ACEC. La concesión de este premio hace que esta charla sea más actual que nunca. 

Texto: Álvaro Colomer Foto: Marta Calvo

 

Álvaro Colomer entrevistó a la escritora y periodista Olga Merino en pleno confinamiento en los diálogos On Line de la ACEC para charlar sobre su última novela La Forastera (Alfaguara), publicada un par de semanas antes de que cerrasen las librerías. Una novela que reflexiona sobre la España vacía, el suicidio y la generación del baby boom, pero, sobre todo, una historia de una mujer de mediana edad que decide volver a su aldea natal, en tierras andaluzas, a la que le han quitado todo y a la que, a pesar de todo, no consiguen doblegar.

 

¿Qué es para ti La Forastera?

Es un canto a la libertad individual. Es una novela honesta.

Soy muy fan de los escritores lentos, pero ocho años desde la última novela, ¿por qué esa lentitud?

Soy lenta por naturaleza. Invierto mucho tiempo en investigar. El trabajo diario como periodista me quita tiempo, pero sobre todo la razón fue que la empecé y no tiraba, aunque finalmente creo que es el mejor personaje femenino que he construido. Pero sí, soy demasiado hippy en ese sentido. Tendría que ser más perserverante.

En tu novela, ¿qué es primero el paisaje o los personajes?

La novela empezó de una manera, pues estaba estudiando el suicidio. Me impresionó mucho el suicidio de un amigo y saber que su padre también se había suicidado.  Pero no avanzaba, hasta que la psiquiatra Carmen Tejedor, exjefa de psiquiatría del Hospital de Sant Pau, me habló de una forma muy difusa sobre un congreso donde un psiquiatra había presentado un estudio sobre territorios donde los índices de suicidios eran más altos. Me puso sobre la pista, incluso, me contó que a las mujeres suicidas se las enterraba con su traje de novia. Esa imagen me pareció muy literaria. Contacté con el autor del estudio, el Dr. Antonio García López, quien en su tesis doctoral hablaba sobre una zona del sur de España, entre Jaén y Córdoba, donde la media nacional de disparos era altísima. Ese paisaje de olivos y de colinas, de cortijos, lo conozco bien y pensé, ya está. Ahí es donde voy a ambientar mi novela. El paisaje en mi novela es un protagonista más.

Es difícil no verte a ti cuando estás leyendo la novela, ¿cuánto hay de ti en el personaje?

De mí está la edad de la protagonista, Angie. Es una edad interesante en la mujer, cuando te acercas a la menopausia. También está Londres, una ciudad en la que viví y me fascina, y donde Angie vivió su gran amor. También hay cosas de mí en su novio, en el pintor inglés. Cuando al leer las obras de grandes autores pienso ¡dónde voy yo escribiendo! Me produce mucho respeto la escritura como tal. Uno va desmigando parte de sí mismo en cada novela que escribe.

Hay cosas muy físicas en la novela, como la semejanza del cuerpo de la mujer y la tierra.

Sí, quería hacer esta metáfora. Soy muy fan de Marta Sanz, y en Clavícula trata muy bien el tema de la menopausia. Tu cuerpo empieza a crujir y en cambio tu cabeza bulle.

¿Tú eres más de la España vaciada que de la España vacía?

No acabo de entender la polémica entre la España vaciada y la vacía. A mí me pareció brillante el ensayo de Sergio del Molino. Simplemente explica unos hechos y creo que no los juzga. No creo que estos dos conceptos sean antitéticos. Me acuerdo de haber leído hace muchos años  una columna de Manuel Vicent que hablaba sobre la España vacía y usaba la imagen de una campana, el badajo en el centro, Madrid, y el vacío absoluto, la corona de la campana. España vacía y vaciada es lo mismo.

Tienes un conocimiento del campo extraordinario, ¿cuál es tu vínculo con la España vacía?

He tenido la suerte de tener una familia muy joven y he llegado a conocer a mi bisabuela. Era muy pequeña, vivía en una aldea dedicada a la recogida de la aceituna. Mi madre me ha contado muchas cosas del campo, me enseñaba, por ejemplo, cómo las hormigas se ayudaban a transportar el grano que no podía llevar una sola. En mi casa se utilizaba y se utiliza un lenguaje muy apegado al campo, porque provienen de allí. Me acuerdo de los veranos del tardofranquismo viajando en el 600 al pueblo de Granada, saliendo de Barcelona y haciendo noche en Alzira. Pasábamos temporadas allí.  Con mucho esfuerzo, mi madre alquilaba también una masía en una zona rural de Girona y allí pasábamos también los veranos. Yo he estado cerca del campo.

Usas un lenguaje muy rico cuando escribes sobre las campanas,  la naturaleza…, ¿es un homenaje al vocabulario rural?

Sí, claro. Son palabras que se van perdiendo. A lo mejor en casa, mi abuelo decía “tienes la habitación como una zahúrda”, es decir, como una pocilga. Yo siempre he tenido mucho interés en buscar ese vocabulario. He leído mucho a Delibes. Sí, es un homenaje a ese castellano.

¿En el tratamiento que autores actuales, como Jesús Carraco, hacen del campo respecto a autores de otra generación, como Delibes, detectas un gran salto?

Disfruté muchísimo de Intemperie, de Jesús Carrasco. Me pareció un prodigio su lenguaje. Creo que hay un interés explícito de Carrasco por cuidar el vocabulario. Forzosamente tiene que haber cambios en el tratamiento y en la forma porque estamos hablando de distintas generaciones, pero creo que también está bien reivindicar de dónde vienes. ¡Todos mis sombreros quitados son por Delibes!

¿Hay una mirada nostálgica de la España rural?

Me sale la mirada melancólica, pero no se puede añorar que esa época fue muy dura. El campo es muy duro. No hay sábados, no hay domingos, estás a merced de que un año de mal tiempo te arruine las cosechas.

Reflexionas sobre los campesinos que acabaron convirtiéndose en peones, ¿es una novela política?

Sí, y en varias vertientes. Por una parte, la de la Tierra. La estructura del campo en el sur de España ha sido la que es, de grandes extensiones de terreno en manos de unos pocos. Una estructura heredara de la Reconquista. Incluso la II República, cuando intentó acometer una reforma agraria se quedó bastante en agua de borrajas y, luego, sobrevino la guerra. Hace 70 años, muchos peones empalmaban una campaña agrícola con otra. Ahora ese trabajo tan pesado lo están haciendo los inmigrantes. Son trabajos mal pagados y muy duros. Una realidad que sigue ahí.

Es política también la parte de Londres. En los años 90 se produjo un auge del neoliberalismo que empezó con Margaret Thatcher que nos ha llevado hasta donde estamos ahora:  la gentrificación, que expulsa a sus clases trabajadoras a la periferia. Y también es política, de cierta manera, hablar de la voz de la mujer a los 50 años.

Hay una imagen en la que describes cómo a los pobres se les entierra en la tapia del cementerio y a los ricos, aun siendo suicidas, en el centro del cementerio.

Cuando hay dinero se disimulan las cosas. Hasta hace poco aún existía esta práctica.

En la novela aparece el terrateniente ahorcado de un nogal, y utilizas esa imagen para introducir un tono irónico.

Andalucía es muy rica en leyendas y supersticiones. Se decía que los nogales inducían al suicidio porque secretan una sustancia química. No es verdad. Los nogales simplemente tienen unas ramas que favorecen a colgarse.

De hecho, de los nogales dices: “son árboles que prefieren crecer sin compañía, solos, enseñoreados para abrir bien los brazos”. 

El suicidio no es hereditario. Se heredan pautas de comportamiento. En un momento, en el que lo estás pasando mal, el suicidio de un familiar o de un amigo se presenta como una posibilidad. Los nogales no tienen la culpa.

La crítica ha hablado de tu novela como un western, ¿tú la ves así?

Yo no la pensé como un western, pero no me desagrada la etiqueta. Pero si el lector espera encontrarse a John Wayne cabalgando pues no lo va a encontrar.

Pero la protagonista es como un jinete solitario en femenino…

Sí, es como John Wayne en “Centauros del desierto”. Se lo han quitado todo y ella sigue adelante, y sigue y sigue. Si pudiera definir el western como un medio duro, hostil, pero a la vez con mucha belleza y dignidad, ese es el mundo de La Forastera, y por eso no me desagrada la etiqueta del western. A mí me encantan las películas del Oeste, es influencia de mi padre a quien le gustan mucho. Me distraen. Sí, yo me quedo con la etiqueta del western.

Aunque en tu novela yo he visto también a Romeo y Julieta. A dos familias enfrentadas, una que lo ha perdido todo y otra que se ha enriquecido. En este caso es un odio de clase, aunque también tiene un cruce familiar.

Sí, claro que existe esa rivalidad familiar en la España vacía.

Pueblo pequeño, infierno grande

Parece un tópico, pero es verdad. Cuanto más pequeña es la comunidad, más nos conocemos todos y más chismorreos. Una de las escenas que disfruté más escribiendo fue la del bar de Tomás, donde se reúnen los más “tiradillos”, en la que todos están hablando, pero no importa quién lo hace en realidad. El dueño del bar es de la generación de mi protagonista, de Angie, del baby boom.

También hay una reflexión sobre la generación de baby boom, sobre ¿qué fue de esa generación? La protagonista es una mujer que lo ha pasado en grande de joven y luego hace un cambio radical de vida.

La mía es una generación rara, la de entre los 60 y los 70. La generación anterior a la nuestra fue tan brillante, luchó contra la dictadura, copó los puestos de responsabilidad. Nosotros hemos sido una generación que no teníamos un sitio. Lo hemos pasado en bomba. Fuimos los más bailongos. Y al pasar el tiempo, piensas ¿qué papel hemos tenido como generación? Pues no mucho, hemos pasado como la generación de la movida. Eso sí, nos lo hemos pasado de fábula.

Dentro de tu obra, ¿crees que esta novela tiene una coherencia con las anteriores?

Sí, hay un hilo conductor con mis otras novelas. No ha sido ex profeso. Hay un tema de trasfondo, que es el desarraigo. En La forastera doy un paso adelante, pero sigue estando ahí, igual que en todo lo que he escrito. La primera novela que escribí Cenizas rojas era sobre los niños de la guerra que enviaron a la Unión Soviética, la segunda Espuelas del papel fue el gran trauma del cambio del campo a la ciudad y en Perros que ladran en el sótano, mi protagonista es un homosexual que proviene del protectorado español en Marruecos. Siempre se perpetúa el desgarro interno.

¿Consideras que tus novelas son tristes?

Cuando me dicen que mis novelas son tristes me incomoda un poco, porque, por otra parte, ¿qué es la felicidad? Hay un momento en la novela, que Angie está en su huerto, lavando los platos, con sus gallinas…con esa paz y esa calma que ha encontrado. ¿es felicidad? La Forastera es una novela dura, pero no triste.

¿En tu caso, qué fue antes el periodismo o la literatura?

Yo siempre quise escribir, pero al pensar cómo iba a ganarme la vida tenía que elegir entre filología o periodismo. Y elegí periodismo y no reniego de la profesión que me ha dado experiencias inimaginables, como vivir en la URSS algo más de 5 años. El periodismo es un oficio que me ha ayudado y con el que he aprendido mucho. “Es la mejor profesión del mundo, pero hay que aprender a dejarla”, como decía Hemingway.