A raíz de la publicación de la novela Neighbours, de Lília Momplé, hablamos con su traductor y cofundador de la colección Libros del Baobab de la editorial Malas Compañías, Alejandro de los Santos, sobre el panorama artístico de Mozambique.

Texto: David VALIENTE  Ilustración: Hallina BELTRAO

 

Neighbours, de Lília Momplé, es la tercera novela publicada por la editorial Malas Compañías en la Colección Libros del Baobab. La trama acontece en una única noche y sus protagonistas encarnan cada una de las preocupaciones que Mozambique tuvo en 1985, año en el que una milicia organizada desde Sudáfrica intentó establecer un régimen de apartheid en el país. “Consideramos que es una obra de calidad e importante dentro de la esfera literaria afrolusófona”, comenta el traductor de la obra y cofundador de la colección, Alejandro de los Santos, que ha vivido en el país africano unos cuantos años y que nos ha ofrecido una entrevista desde Alemania. “Lília Momplé dispone de una capacidad genuina para enlazar los diferentes acontecimientos históricos de Mozambique en un único relato”.

La obra ha sido traducida al inglés y ha alcanzado un gran éxito de ventas, pero a costa de “resumir la trama y venderla como una novela negra más; no digo que Momplé no logre esa tensión tan recurrente en los thrillers de asesinato, pero no es una novela negra, por mucho que quieran venderla así”, protesta el traductor de la versión en español. Lo más penoso “es que no hay muchas narradoras mujeres en Mozambique”.

¿A qué se debe?

Es algo misterioso. Siempre que hacen una entrevista a un intelectual de la zona le preguntan por este misterio; he leído unas cuantas entrevistas, pero no he logrado vislumbrar una respuesta clara. Las escritoras sobre todo se han centrado en la poesía y el teatro. La compañía más importante de teatro del país (apadrinada por Henning Mankell) la dirige una mujer y las obras que representan suelen ser escritas por mujeres. Quizá tenga que ver con la preferencia del país por la danza contemporánea, muy relacionada con las artes escénicas. Por otro lado, el hábito de la lectura no está muy extendido, y, si no se lee, hacer buena literatura resulta muy complicado. También es un país que, desde los años 90, ha invertido cada vez menos en servicios públicos, repercutiendo en la educación y en la calidad de la misma. A pesar de sufrir segregación, el nivel educativo del que disfrutó Momplé era superior al que nos encontramos ahora. La gente de su generación que accedió a estudios reglados tiene un buen nivel formativo.

No es una cuestión de establecer cuotas, afirma Alejandro. Sin embargo, no disponer de un amplio abanico de voces femeninas repercute en la calidad literaria general del país: “Las mujeres tratan temas a veces imperceptibles para los hombres”. En la novela, Momplé se hace eco de la situación de las mujeres mozambiqueñas. Hay dos personajes a destacar en este sentido, una madre y una hija con una visión muy diferente de la vida y de lo que supone ser mujer. Narguirs, la madre, considera que su hija, Muntaz, pierde el tiempo enfrascándose tanto en los libros; no entiende que dedique sus esfuerzos a labrarse un futuro independiente, en vez de salir a la calle y “pillar un buen hombre” como hizo ella a su edad. “En los años 80 no niego que las hijas tuvieran que enfrentarse a sus padres para estudiar, pero hoy en día son los padres quienes quieren que sus hijas se formen. Aquellas que no acceden a una educación oficial es porque los padres no disponen de los suficientes medios económicos para cubrir los costes”. No obstante, matiza Alejandro, “esto no quita que siga habiendo mucho machismo en la sociedad”

Mozambique es un vergel cultural alimentado por las fuertes relaciones económicas que mantiene con la India, país al que se dirige el 34,7 por ciento de sus exportaciones (según datos del 2017). Tampoco podemos olvidar las relaciones coloniales que vinculaban al país africano con otros de la región o del continente adyacente: “Portugal empleó el océano Índico como vía de comunicación para su desperdigado imperio colonial. La actual Mozambique tenía línea directa con las colonias portuguesas en la India y con Macao”. En tiempos más recientes, las relaciones sociales y culturales se han ido reforzando con vecinos de la zona como las islas Mauricio y las isla Comaras: “Mozambique es un territorio mucho más grande, con un mayor número de posibilidades laborales”, aclara Alejandro.

En la novela, Junuario, uno de sus personajes, no titubea al afirmar que “el mozambiqueño nace artista”. ¿Es así?

Lo que dice tiene mucho sentido. Mozambique cuenta con un gran potencial artístico, sobre todo en danza contemporánea. A principios de este siglo, las danzas tradicionales copaban casi todo el territorio cultural escénico, hasta que llegaron un grupo de extranjeros y les enseñaron otras formas de baile; enseguida se pusieron a crear, a desarrollar un lenguaje propio. En Mozambique se respira baile, en las calles, en los acontecimientos relevantes, en las fiestas familiares; el baile está presente en cada una de las esquinas del país. Y esto se debe, en cierto modo, a las historias que los familiares cuentan y que les sirven de base para expresarse con el cuerpo. El Estado no hace mucho por potenciar esta faceta artística; ellos mismos, en sus casas, se encargan de crear, experimentar y sentir formas que escapan del academicismo más imperante en Occidente. Es una gran lección que aprendes si vives allí.

¿Maputo, la capital, es el gran centro cultural del país?

Desde luego, sobre todo en lo relacionado con la cultura contemporánea. Maputo se encuentra cerca de Sudáfrica, acuden muchos artistas de ese país a mostrar su talento. Isla de Mozambique también fue otro punto importante por su situación geográfica; allí se estableció Luís de Camões, el gran poeta portugués.

La lengua empleada por los mozambiqueños para sus creaciones literarias es el portugués, pero no es la misma con la que se expresan en sus quehaceres cotidianos: “En Maputo se habla mucho portugués, pero también tsonga, lengua compartida con Sudáfrica y Suazilandia. El macua se emplea más en el norte del país y en espacios rurales”. El portugués, aun sin ser la lengua materna de la mayoría, fue uno de los grandes estandartes del primer presidente de la Mozambique independiente, Samora Machel, para intentar unificar a su pueblo, una vez liberado del yugo coercitivo de la metrópolis. “En resumen, en las ciudades se habla bastante portugués, pero en las áreas rurales no vas a escucharlo con tanta facilidad”. Sin embargo, en el mundo literario prevalece la lengua colonizadora: “La literatura en lenguas locales es difícil de rastrear, la mejor forma de hacerlo es en la propia obra de los escritores que se decantan por el portugués, como Mia Couto, que hace continuas referencias a ellas en sus novelas”, aclara el traductor.

A los escritores mozambiqueños les encanta explorar su pasado, por eso en sus novelas nunca faltan las referencias a los primeros años de independencia, a la guerra de estabilización, a los recortes presupuestarios causados por el paso de colonia a país independiente y a las presiones del FMI. Por lo general, el arte hace un repaso (y una crítica) de los años convulsos. “Los escritores tienen la necesidad de denunciar, les gusta mucho regresar a los sueños de las generaciones precedentes, ahora frustrados, que creyeron posible una utopía que sí duro unos años, pero de la que queda muy poco”.

¿Cómo es la industria editorial mozambiqueña?

(Risas) No hay tal cosa. Existen pequeñas editoriales que publican a escritores de narrativa locales, también editoriales universitarias más centradas en los ensayos y los trabajos académicos, pero, siendo sincero, las editoriales no sacan grandes tiradas ni tampoco hay un lector potencial que permita hacerlo. Esto es serio, los pocos lectores mozambiqueños solo pueden acceder a libros gracias a estas editoriales; los importados, debido a su alto coste, son inaccesibles para la mayoría. Lília Momplé publicó Neighbours en la Asociación de Escritores Mozambiqueña, que tuvo un papel trascendental durante la independencia y los años 80 en la publicación de autores mozambiqueños. ¡Atento!, la colección se presenta así: “A consecuencia de la lucha de liberación que condujo a la independencia del país, los poetas y prosadores pueden ahora ser editados en libertad. Esta colección es la afirmación de una cultura que el poder opresor no pudo destruir, pues no se puede mantener silenciada indefinidamente la voz de un pueblo”. Sin duda, la Asociación de Escritores Mozambiqueños fue revolucionaria.

El libro de Lília Momplé se encuadra en una noche tensa, cargada de inquietudes, con una radio que no deja de emitir noticias sobre una serie de matanzas que se producen y que tienen como finalidad terminar con los miembros del Congreso Nacional Africano (CNA) refugiados en Mozambique. En el continente africano, los 80 se caracterizaron por la fuerte represión social. Entendamos esta persecución en un contexto más amplio: “Nelson Mandela se encontraba en la cárcel y quien regentaba el Congreso Nacional era Winnie Mandela, que apostó por una rama más izquierdista”. El CNA intentó por todos sus medios establecer lazos con los diferentes grupos revolucionarios de la región; en caso de un conflicto armado y abierto contra el régimen del apartheid, los miembros del Congreso se sentirían más seguros si contaban con el apoyo de camaradas con los mismos retos e inquietudes. “Las relaciones entre los sudafricanos del CNA y los mozambiqueños eran fuertes; algunos se formaron en la Universidad Eduardo Mondlane, donde hay una estatua dedicada a Ruth First, una activista blanca contraria a las medidas del apartheid”. Huelga decir que estas conexiones no eran del agrado de las élites blancas sudafricanas por el peligro que suponían.

Sus intenciones pasaban por recuperar cierto estatus; descartaron desde el primer momento la posibilidad de revertir la situación y regresar a un colonialismo de corte clásico, pues hubiera sido imposible. Sin embargo, los bóers continuaban en su empeño de que Sudáfrica fuera el país hegemónico en la región, bajo su estricta supervisión económica: “Nelson Mandela no prestó mucha atención a las cuestiones económicas. Esto se le critica mucho, pues las élites blancas, hoy en día, siguen sustentando los intereses económicos del país; algo parecido querían lograr las propias élites blancas mozambiqueñas en su país”, explica Alejandro.

En la actualidad, los dos países gozan de fructíferas relaciones económicas, tanto es así que el 18,7 por ciento de las exportaciones totales mozambiqueñas recala en los puertos y almacenes sudafricanos; de igual modo sucede con las exportaciones sudafricanas a Mozambique, que casi llegan al treinta por ciento. “En Mozambique, la mayoría de las estructuras turísticas las dirigen sudafricanos blancos; el turismo sudafricano es importante, ellos aseguran sentirse en paz en Mozambique, no hay tanta violencia”, agrega Alejandro de los Santos.

Pero el sosiego que ahora cumple los estándares de mozambiqueños y sudafricanos llegó tras una durísima guerra de independencia que duró diez años y que se cobró demasiadas vidas inocentes. Los dos contendientes principales, el Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO) y Portugal, buscaban objetivos opuestos; el primero, librarse de siglos de sometimiento, y el segundo, frustrar los sueños del primero.

Como cualquier otra metrópolis, Portugal “cometió barbaridades, pero a diferencia de Francia, quiso mantener el control político sobre sus colonias el máximo tiempo posible, por eso dejaron de ser colonias para llamarse provincias de ultramar. Lisboa llegó a dar DNI a los mozambiqueños, pero ya era demasiado tarde, la guerra de la independencia había comenzado”.

Los mozambiqueños recuerdan la etapa colonial con mucho dolor: “La segregación racial fue muy violenta, se cometieron agresiones tanto físicas como simbólicas que recordaban a los momentos más duros del esclavismo”. Por eso, el FRELIMO combatió contra aquel que consideraba un invasor sin escrúpulos desplegando todo el potencial armamentístico que fue capaz de reunir y, por supuesto, toda su dote diplomática. “Ellos contaban con bases de actuación en los países adyacentes e hicieron lo que muchas otras naciones africanas: dirigirse a las altas instancias internacionales (como la ONU) y dar cuenta de la situación del país”.

Aun con todas las arbitrariedades colonialistas, en la novela, Lília Momplé ficciona a una serie de negros contrarios al FRELIMO y a cualquier intento de independencia del país; es más, colaboraron con Portugal durante la larga guerra de la independencia y después con los sudafricanos en su intento de establecer algo parecido a una idiosincrasia apartheid. “No era lo común, pero algunas personas vivían mejor cuando la presencia de los portugueses era casi omnipresente; para otros, la guerra les daba un estilo de vida y un sustento material”, asegura Alejandro.

De hecho, en Maputo se podían encontrar estructuras socio-políticas más sólidas. “Muchas de esas estructuras fueron destruidas por los portugueses cuando se fueron del país. Naomi Klein, en su libro La doctrina del shock, narra cómo, antes de abandonar el país, destruyeron las infraestructuras, si hasta cementaron los ascensores para que quedaran inservibles”. No iban a abandonar lo que tanto tiempo habían poseído sin plantar cara, sin al menos hacerles ver que esa victoria dulce que habían conseguido podía tornarse con el tiempo agria. “Desde bien temprano, Portugal realizó pequeñas injerencias, reflejadas en la novela; armaron un movimiento de oposición llamado RENAMO en el que estuvieron implicados sudafricanos”.

Y no era para menos. La desestabilización colonial afectó de lleno a la aparentemente imperturbable dictadura de Salazar. La sociedad estaba cansada de que sus jóvenes regresaran del frente mozambiqueño en cajas de pino. “Aparte de los problemas internos de la dictadura, la sociedad no soportaba más el desgaste”. La película, No, o la vanagloria de mandar, del director Manoel de Oliveira, ambientada en Mozambique, muestra esas pulsiones que, unidas al claro cambio de rumbo que el panorama internacional estaba dando en los años 70, catalizaron en los acontecimientos del 25 de abril de 1975. La Revolución de los Claveles, comenta Alejandro, no fue un movimiento subversivo improvisado como se ha querido hacer ver, “sino que responde a una concienzuda planificación que incluso la izquierda quiso secundar con un golpe de Estado”.

Finalmente, Mozambique consiguió la libertad el 25 de junio de 1975, pagando un precio muy alto: “No había una élite local, ni siquiera había universidades para negros; los mestizos accedían a los estudios, pero eran pocos. La transición fue difícil por la falta de personas cualificadas, aunque la gente vivió su utopía”.

¿Hay rencor en el pueblo mozambiqueño por los años de la colonización?

Existe un mal recuerdo, por otro lado, completamente comprensible debido a las barbaridades que se cometieron. Sin embargo, las relaciones poscoloniales entre la exmetrópolis y su antigua colonia no son tan malas. En casi todos los aspectos de la vida, Portugal ha desaparecido del mapa mozambiqueño, cosa que no pasa con Francia y sus antiguos protectorados. No podemos comparar el poderío económico de los dos países europeos, precisamente es ese poderío el que mantiene a los franceses en el Sahel y reaviva continuamente el odio de la población local. Portugal carece por completo de esa influencia y por eso las relaciones son fructíferas.

Francia pidió perdón por las atrocidades cometidas en Argelia, ¿Portugal ha hecho lo mismo con Mozambique?

No estoy seguro de que lo haya hecho. De todos modos, no basta con emitir una disculpa, también hay que trabajar en la memoria y en las reparaciones a todas aquellas familias destrozadas. Estaría bien que Portugal comenzara a devolver todo el patrimonio que expolió a Mozambique; por ahora no lo han hecho, aunque sí hay debates constantes sobre esta cuestión.

Ojalá que el único problema de la actual Mozambique fuera su patrimonio y sus reparaciones, o los problemas de pobreza y la falta de estructuras sanitarias y educativas que les hacen más vulnerables en caso de pandemias como la vivida recientemente. Por si fuera poco, Mozambique ha sido azotada por el mismo cáncer que ha dañado a los países de mayoría musulmana de todo el mundo: el yihadismo. Portugal manifestó su compromiso de ayudar a los mozambiqueños en esa lucha particular contra el oscurantismo religioso. “La situación es complicada sobre todo en el norte, en la zona de Cabo Delgado —advierte Alejandro de los Santos—. No se les ha podido expulsar de la región, aunque por el momento se ha detenido su avance y no se cree que puedan expandirse al resto del país, lo que no quita, y esto lo he leído recientemente, que en Maputo se produzcan ciertas restricciones y controles; la presencia militar es más fuerte allí”.