Dos décadas después de su publicación, el Charolito -guapo, navajero y con aire de torero suburbial-, regresa a las librerías con la reedición de “Sed de champán”.

 

Texto: Antonio ITURBE  Foto: Asís G. AYERBE

 

Después de haber marcado territorio con Al Sur de tu cintura (publicado en la histórica editorial Vosa de Blanco Chivite en 1995), Montero Glez sacó la escopeta recortada cargada de munición de verdad para acribillar la literatura en boga a final de los años 1990 de historias del Kronen protagonizadas por hijos de papá aburridos y drogados empeñados en matar dinosaurios con tirachinas y publicó en 1999 Sed de champán.

Los personajes de Montero no conocen las balas de fogueo, el Charolito es un chuleta de navaja fácil “de la parte baja del tobogán de la vida” que se quiere comer el mundo. Y le sucede lo que suele suceder a los que no tienen padrinos: que ha de echar a correr porque el mundo acaba queriendo comérselo a él. Es un mangante de poca monta en un oprimente Madrid nocturno y canalla donde campan a sus anchas todo tipo de mafiosos, buscavidas y mujeres que contagian su vértigo. Se enredará más de la cuenta con quien no debe y acabarán pisándole los talones los sicarios del Flaco Pimienta. El Charolito es hombre de toros y de corridas. Los revólveres le parece que hacen mucho ruido, prefiere una navaja untada con ajo fresco para que sus cuchilladas no se cierren nunca. Pero el Flaco es mucho Flaco: “a pesar de su aparente fragilidad , Flaco Pimienta era tipo peligroso, de ándate al ojo con él”.

El estilo de Montero Glez tiene un brillo descarnado, reúne lo más sórdido con lo delicado, lo atroz con lo esperanzado. Su manera de escribir, aunque influida por las vanguardias de principio del siglo XX,  tiene algo muy personal, una pegada que tumba al lector. Desde Sed de champán, en estos años su estilo ha evolucionado: se ha hecho un poco más sobrio sin perder luminosidad, menos adjetivado sin dejar de tener pellizco. Nos llevó a las estrecheces morales del estrecho de Gibraltar que tan bien conoce en Cuando la noche obliga, rebosante de droga, sexo, traiciones, pero también de sueños. Una geografía del sur que transita también en Manteca Colorá, donde la venganza y el crimen palpitan en una historia salvaje escrita, como todos sus libros, con sangre, sudor y semen; con el prostíbulo Los Gurriatos como centro del mundo, o del infierno.

En Pólvora negra (premio Azorín, aunque eso sea lo de menos) sacó su vena anarquista y puso de nuevo en pie a Mateo Morral para contarnos con su mirada de alucinación y taladro las interioridades del atentado en la calle Mayor de Madrid contra la carroza que transportaba al rey Alfonso XIII y a la reina Victoria Eugenia.

Talco y bronce (Premio Logroño de novela, pero tampoco importa) volvió tras los pasos del Charolito a ese mundo del lumpen donde el Chuqueli, que no está interesado en el código penal porque tiene sus propios códigos, está cansado de esa vida de atraco y atracón, y quiere dar el último golpe para irse lejos con la Malata y que la vida les dé un respiro. Pero este es el universo de Montero Glez y todo se baila en el filo de los abismos.

Volvió al Estrecho de Gibraltar en su última novela, hace cinco años, El carmín y la sangre (Premio Ateneo de Sevilla, que sigue sin importar porque los premios de sus novelas están dentro de las páginas), una historia de espionaje a caballo de la Guerra Civil y la II Guerra Mundial, con derivadas de la lucha entre comunismo y fascismo y con la presencia del comandante Ian Fleming, que un día acabaría sentándose a escribir las aventuras del detective 007 llamado Bond, James Bond. Y entre medias, mucha literatura en sus artículos siempre pasionales y con voluntad de estilo o en libros como Pistola y cuchillo, una breve pero honda biografía novelada de Camarón, porque él es de los flamencos rebeldes como el Camarón, un gitano que cantaba rubio.

Montero Glez vive retirado del ruido y la polca de la sociedad literaria, lejos de Madrid, atrincherado en el sur donde se vive barato y se evitan servidumbres. Tiene algo distinto en su forma de narrar. Lo echarían de todas las escuelas de escritura porque no escribe con método sino con rabia y, eso sí, la digestión de una ingente cantidad de lecturas. Seguramente hay pocos escritores que hayan leído tanto y tan diverso. Decepcionado del mundo editorial, dijo que se retiraba de los ruedos. Pero parece que ha vuelto a dejar suelta la mano y podríamos tener nueva novela suya para 2023. Él no es mucho de plazos ni de fechas, pero cuando llegue, habrá que no quitarle el ojo de encima. Mientras tanto, volvamos a disfrutar con las burbujas en la sangre del Charolito, un clásico contemporáneo. Muchos autores que ahora venden miles de ejemplares no dejarán ni la huella digital del carnet de identidad, pero al paso del tiempo en Librújula creemos que Montero Glez quedará. Cuando se estudie la literatura de esta época los estudiosos del futuro encontrarán su huella, tal vez cicatriz.