Mario Satz presenta 42 relatos entre la historia y la leyenda sobre «Bibliotecas imaginarias» (Acantilado), un trayecto que nos lleva desde Alejandría hasta el gueto de Varsovia.

Texto: Carlos LURIA Ilustración: Hallina BELTRÃO

 

Una de las escenas iniciales de Los Cazafantasmas contiene tres segundos antológicos que parecen pensados para que los lectores, incluso los más descreídos, simpaticen ya para siempre con el Más Allá. La escena se desarrolla en la imponente Biblioteca Pública de Nueva York. Un ectoplasma lo está poniendo todo perdido con sus babas, y entre eso y su afición de apilar libros en el aire y sus repentinas apariciones, a los lectores ya no les llega la camisa al cuerpo.

(Nota para estudiosos: no se trata de un fantasma cualquiera, sino del alma vagabunda de la doctora Eleanor Twitty, hasta 1924 la bibliotecaria principal de la prestigiosa institución. La historia de la doctora Twitty es especialmente trágica: fue seducida por un hombre, Edmund Hoover, cuyo objetivo real era acceder a la sección secreta de libros raros. Cuando la doctora Twitty descubrió las intenciones de Hoover, este la asesinó en la propia biblioteca y ocultó el cadáver en algún lugar recóndito de las instalaciones. Jamás se halló el cuerpo de la desdichada bibliotecaria).

Los intrépidos cazafantasmas acuden a la llamada del director de la biblioteca. Registran los silenciosos pasillos rebosantes de libros y, tras doblar un recodo, se topan con el espectro. Lo que queda de la doctora Twitty está de pie y lee con expresión apacible y concentrada. Tiene el aspecto de una respetable señora, aunque, naturalmente, es bastante vaporosa. Los cazafantasmas la abordan. Ella, con mucha educación, les pide silencio. Murray, Aykroyd y Ramis desoyen la petición, vuelven a interpelar al aparecido y es aquí cuando asistimos a los tres segundos memorables: de pronto la tranquila mujer se transforma en un monstruo enfurecido, hostil y espantoso que ataca a los tres tipos que han osado interrumpir su lectura. Y, en este momento de la película, el aficionado a los libros ya no ve nada más, porque se está preguntando cuántos millones de veces no habrá ansiado desesperadamente tener el poder de transformarse en un monstruo enfurecido, hostil y espantoso cuando alguien osa interrumpir su lectura con cualquier chorrada.

En la presentación en Barcelona de su magnífica Paseos con mi madre, Javier Pérez Andújar contó una anécdota familiar: cuando era pequeño, a menudo su madre le preguntaba qué andaba haciendo y él respondía que leyendo. A lo cual su madre contestaba: “Pues ya que no haces nada, bájate a por el pan”. El público se rio mucho, lo cual ya es excepcional en una presentación de libro. Lo que, bromas aparte, se desprendía del relato de Pérez Andújar era que la lectura tiene mucho de ritual sagrado e incomprendido. De ahí que las bibliotecas sean territorios míticos, como las catedrales o los estadios de fútbol. John Steinbeck medía el grado de cultura de un pueblo por el grosor del polvo acumulado en los libros de sus bibliotecas: a más polvo, menos cultura. Por eso, cuando entramos en una biblioteca nos embarga un doble sentimiento: de indefensión (porque intuimos que miles de palabras están al acecho) y de respeto (porque intuimos que miles de sabidurías están al acecho). Uno no entra en una biblioteca, sino que la biblioteca entra en uno, y entonces empieza a creer que cualquier cosa es posible, como en aquel relato de Juan José Millás en el que ocurría un desastre nuclear al que solo sobrevivían el protagonista y El Corte Inglés. Ese misticismo que acompaña a las bibliotecas explica que sean terreno abonado para las paranoias: muchos argentinos están convencidos de que en la Biblioteca Nacional argentina habita el fantasma de Eva Perón; incontables internautas se hicieron eco hace pocos meses de una leyenda que aseguraba que la biblioteca de la Universidad de Indiana se hunde una pulgada cada año por culpa del peso de los libros.

En el terreno de la ficción, cuando hablamos de bibliotecas es casi obligado referirse a La Biblioteca de Babel de Jorge Luis Borges, uno de los cuentos imprescindibles del siglo XX, pero también hay espléndidas bibliotecas en El nombre de la rosa de Umberto Eco, en La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón, Matilda de Roald Dahl, Una lectora nada común de Alan Bennett o en Un cadáver en la biblioteca de Agatha Christie. Miles de escenas bibliotecarias se suceden en la historia de la ficción. Este no pretende ser ni mucho menos un recuento exhaustivo, pero estaría feo olvidar Fahrenheit 451. Por lo demás, ¿quién no recuerda la deliciosa escena en la biblioteca de Katherine Hepburn y James Stewart en Historias de Filadelfia? ¿O los dos ángeles paseando por una biblioteca y escuchando las palabras leídas en El cielo sobre Berlín? ¿O el consejo de John Waters, que decía que si vas a casa de alguien y no hay libros, no te lo folles? Es, probablemente, uno de los consejos más acertados y menos seguidos de la historia.

Todo esto para decir que la editorial Acantilado acaba de publicar un libro que hará las delicias de los amantes de ese invento destinado a acumular de manera civilizada montones de libros. Se titula Bibliotecas imaginarias y su autor es Mario Satz, (Buenos Aires, 1944), filólogo, escritor y traductor argentino de origen judío, nacionalizado español y residente en Barcelona. Satz, que es especialista en Oriente Medio, posee una extensa obra que incluye artículos, poemarios, novelas y ensayos, y en esta ocasión muestra en doscientas páginas lo que podríamos llamar “momentos estelares de las bibliotecas”: 42 breves instantáneas, a medio camino entre la historia y la leyenda, que narran destellos de la historia en que una biblioteca fue protagonista.

El texto apuesta por un estilo abarrocado y prolífico en adjetivos que en ocasiones remite al orientalismo más preciosista. Tal vez demasiado preciosista, pero eso es cuestión de gustos. “Era un sendero sinuoso, estrecho, y cuando uno de sus ayudantes de campo le dijo que las estrellas recorrían ese bajorrelieve para llegar a los santuarios en los que ardían pebeteros con polvo de narciso y violeta, sonrió feliz”. Lo que es innegable es el esmero, la dedicación y la erudición que el autor ha plasmado en cada uno de sus relatos. Hay algunos realmente hermosos, como cuando visitamos la Casa de la Vida de Bubastis, en el antiguo Egipto, cuya biblioteca de papiros daba a una fuente maravillosa (una imagen que remite a la cita de Cicerón que abre el libro: “Si tienes una biblioteca con jardín, lo tienes todo”); o cuando viajamos a la biblioteca irlandesa en la que estaba prohibido contar los ejemplares que albergaba, porque eso podía traer la desgracia al mundo; o cuando asistimos con el corazón encogido a la destrucción de las bibliotecas de Qumrán y de Alejandría. Pero eso no es todo: también vemos los esfuerzos de cierta científica por controlar la plaga de un hongo de color violeta que amenazaba con devorar la Biblioteca del Vaticano, cuyas galerías suman cuarenta kilómetros de longitud; nos conmovemos con la minúscula biblioteca de Quevedo, una docena de libritos del tamaño de un dedo que siempre llevaba de viaje; nos horrorizamos cuando los conquistadores del Yucatán ordenan quemar una biblioteca cuyos códices contenían los cómputos astronómicos de siglos; o nos estremecemos en la legendaria biblioteca de Praga que tenía forma de embudo, un lugar al que nunca debía irse de noche ni cuando había tormenta y en cuyo último nivel solo cabía una persona, porque solo había un libro.

Por su relativa proximidad, o porque la guerra contra Ucrania nos invade día a día con sus imágenes pavorosas, el relato La salvación por la lectura es quizás uno de los más impactantes. En él asistimos a las últimas horas de la pequeña biblioteca subterránea del gueto de Varsovia, donde dos profesores intentan distraer inútilmente con juegos, lecturas y cancioncillas a los aterrorizados niños, mientras los disparos rasgan sus oídos. “Uno de los maestros esbozaba una sonrisa forzada y cantaba la canción del bosque en primavera, cuando aún hay nieve en los techos de las casas altas y las vacas sueltan un vapor caliente por los hocicos”. Los profesores abrazan a los pequeños, les suben los calcetines, les limpian los mocos y les nombran uno a uno en voz alta “para que se convenciesen de que aún estaban allí”. Hasta que el humo lo cubre todo: las voces, las cabecitas y los libros.

Es inevitable, al leer este libro, pensar en el sorprendente éxito obtenido por El infinito en un junco, pero eso no es ningún demérito, sino todo lo contrario. Bibliotecas imaginarias es una bonita obra que, por qué no, ayuda a combatir el fatalismo que pronostica que pronto a las bibliotecas solo acudirán ratas y estudiantes en vísperas de la Selectividad. U otro fatalismo aún más terrorífico: el que anuncia que algún día los libros serán meros artículos de lujo ordenados por colores en estanterías de Ikea.