«El invierno de los jilgueros» de Mohamed El Morabet, una novela que transcurre en el Marruecos de mediados de los 70 y principios de los 90 que narra la historia de amor entre una profesora occidental y su alumno marroquí.

Texto: David VALIENTE

 

“¿Lo has pillado? -pregunta Mohamed El Morabet al final de nuestro encuentro- El libro que Ibrahim lee a Musa es Aita Tettauen, el sexto Episodio Nacional antibelicista escrito por Benito Pérez Galdós”. La última novela publicada por Mohamed El Morabet (Alhucemas, 1983) tiene muchos reclamos contra las acciones violentas tan necesarios en los tiempos que corren, con una guerra azotando las fronteras de Europa. Más que nunca requerimos de historias reales, como la que protagonizan Musa e Ibrahim, “dos hermanos que cambian los papeles y asumen el rol del otro”.

El invierno de los jilgueros no siempre se llamó así. En 2021, cuando ganó la décimo quinta edición del Premio de Málaga, “la novela recibía el título de Desierto Mar, pero al editor no le convencía este título, le resultaba demasiado dicotómico, algo por lo que no se caracteriza”. La novela se adentra en las vidas de dos hermanos, Musa e Ibrahim, que desde muy jóvenes afrontan una realidad problemática y dura, a veces revestida de un incipiente sadismo por los acontecimientos traumáticos.

“A causa del confinamiento, me desencanté de una primera novela; no llegué a concluirla, pues la sentía muy lejana y la voz no me sonaba igual”. Cuatros meses sin darle a la tecla, le sirvieron a Mohamed para completar su trama y poblar el relato de un nutrido elenco: “El personaje principal me lo inspiró el protagonista de una Soledad demasiado ruidosa, aunque en el resultado final mi protagonista se parezca muy poco al de Bohumil Hrabal”, asegura Mohamed.

La historia se enmarca entre 1975 y 1991, en parte, durante la famosa Marcha Verde. “Sahara significa desierto y para no caer en la reiteración, he preferido llamarle directamente ‘desierto’”, advierte Mohamed. La otra parte de la novela se desarrolla en Tetuán y en Alhucemas, esta última ciudad natal del autor: “Es lo único biográfico del texto”, aclara Mohamed.

Algo a destacar en su novela es la vecindad; el barrio donde nacen y se crían Musa e Ibrahim parece una gran familia extensa, ¿conoció esa Alhucemas?

La ciudad de mi infancia tenía ciertas semejanzas con la descrita en la novela. Viví el declive de esa Alhucemas vecinal y familiar en la que todo el mundo se conocía, donde jugabas en el barrio sin preocupación o entrabas en la casa del vecino como si de la tuya propia se tratase. Pero poco se conserva ya de esa actividad a causa, entre otras cosas, del crecimiento demográfico experimentado por la ciudad a comienzos de los años 90; en apenas una década pasó de ser una pequeña población de 10 000 personas a cobijar 70 000. En mi novela reivindico esa vecindad tan de familia.

¿Ese cambio se debe solo al crecimiento?

No, otro factor fue la instalación de las televisiones en las casas. Yo crecí en una casa con televisión, pero mi madre siempre contaba que todo el barrio se reunía en la primera casa que tuvo televisión para ver Sábado noche o una película. Era todo un acontecimiento, que terminó cuando cada familia adquirió su propia televisión. Ahora, con las nuevas tecnologías la descomposición de la familia extensa se ha acelerado de manera vertiginosa.

El talento de Ibrahim se enfoca en dibujar obsesivamente el horizonte, ¿qué significado tiene para usted?

Para mí el horizonte es la conjugación de pasado y de futuro en conexión con nuestro ahora; es presente puro y duro. Cuando piensas o contemplas el horizonte lo haces siempre en el momento dado, es decir, en el presente. Soy antinostálgico; no niego que el pasado tenga cosas buenas, pero lo importante es el momento que vives.

Pero el horizonte simboliza también el futuro.

El futuro es nuestra decisión, nos lo imponemos a nosotros mismos. El futuro siempre es presente.

¿En este mundo pospandémico y en guerra tiene sentido hablar del horizonte?

Por supuesto que lo tiene. Nunca debemos perderlo de vista, ya que sin él nuestra esencia humana se diluye. Sin duda, la guerra en Ucrania nos ha sacudido, pero la historia de la humanidad se ha caracterizado por estar en guerra, que hayamos conseguido 80 años de paz en Europa merece celebración. De todos modos, en curso hay en todo el mundo 39 guerras, y algunas llevan décadas. Según va pasando el tiempo la guerra se va convirtiendo en lo cotidiano, deja de formar parte de las noticias relevantes. Ojalá nunca lleguemos a acostumbrarnos al conflicto ucraniano; pero si el tiempo sigue pasando, se convertirá en un acontecimiento como otro cualquiera.

Habla de la Marcha Verde y me gustaría saber si sigue estando presente en la vida social de Marruecos.

Tengo buenos recuerdos sobre la Marcha Verde. Para mí y para la gente de mi generación significaba pillar tres días festivos, sin colegio, porque en Marruecos es una fiesta nacional que acontece el 6 de noviembre. Desde luego para todos los niños era un gran acontecimiento. A nivel familiar, tuve un tío-abuelo que participó, la persona de la familia más directa que conocí y que había estado en el desierto en el año 1975. Pero hasta que crecí, no llegué a comprender el significado político del acontecimiento.

La historia de Olga se parece mucho a la suya, los dos dejaron sus tierra y se instalaron en ciudades con una marcada diferencia cultural, ¿qué debe afrontar una persona en esa situación?

Lo primero que toda persona debe afrontar en un lugar nuevo y desconocido es la soledad. Debes construir nuevas relaciones y consolidarlas. Olga hace todo lo contrario, no consigue dominar los códigos de comunicación. Esto lleva tiempo y el lenguaje ayuda en este proceso, pero no es lo más importante. Una persona debe aprender a interpretar el humor, el silencio, cazar las ironías. Esto requiere de tiempo, y en la novela he querido dejar claro que Olga no es capaz de construir un relato desde la soledad.

¿Y se acaba asumiendo esos códigos?

Desde luego. Los seres humanos destacamos por nuestra capacidad de aprendizaje y adaptación; es cierto que cada individuo requiere de una serie de tiempo, pero se aprende. También es cierto que quedan algunos resquicios infranqueables, Milán Kundera lo expresa muy bien: “Solo se puede ser obsceno en las lenguas maternas, en las ajenas nunca”.

Sin embargo, no es igual la capacidad de adaptación de un chaval de 19 años, edad con la que usted llegó a Madrid, que la de una persona con 40 o  50.

También debemos tener en cuenta el espíritu de resistencia. La edad no influye mucho, aunque en cierto modo cuanto más mayor es una persona más se aferra a sus certezas y creo que esto es un pequeño suicidio, porque las dudas nos hacen personas sociables, empáticas y con ganas de aprender.

Olga e Ibrahim, maestra y alumno en un instituto de arte de Tetuán, mantienen una relación sentimental, ¿la edad y el estatus de poder siguen siendo un tabú en este tipo de relaciones?

No lo creo. La pareja de Emmanuel Macron le supera en 24 años. Quizá estén más estigmatizadas las relaciones en las que la mujer es mayor que el hombre; nosotros fardamos mucho de pareja joven, incluso la sociedad lo ve con otros ojos.

Es una relación que nace de la pasión que ambos sienten por el arte.

En realidad es el único nexo de unión. Sin el arte, la relación sería como la de cualquier profesor y alumno; el arte derriba las fronteras tanto geográficas (cada uno viene de cosmovisiones diferentes) como generacionales.

Sin embargo, Ibrahim demuestra que aún es un crío porque, cuando todo se descubre, abandona a Olga y regresa a Alhucemas.

Sí. No sabe cómo afrontar la situación, por eso decide de una manera inconsciente que debe serenar sus días, hacerlos amenos y rutinarios. Pasar un día tranquilo centrado en una serie de quehaceres es todo un logro. Se agarra a su pequeño orden para no sucumbir a la locura, que en cualquier momento puede sobrepasarle.

En contraste a su hermano Musa, a quien la locura sobrepasó. ¿A nuestra sociedad le da miedo afrontar la posibilidad de que una persona sufra problemas mentales?

Por lo general, sí. Aunque precisamente la pandemia ha ayudado a poner la salud mental en primera línea del interés político. Hace tres años era impensable, las personas sufrían las enfermedades mentales en silencio o en familia. Ahora, más o menos, se ha normalizado y lo vemos en que no solo se intenta dar respuestas médicas, sino también sociales.

¿Cuáles son esas repuestas sociales?

Lo fundamental en estos casos es mostrar empatía, y sé que no es sencillo, lo digo en mi novela: “nadie está preparado para convivir con el sufrimiento”. Especialmente, si el sufrimiento no se puede expresar a través de palabras, entonces al entorno le costará entenderlo.

¿Por qué Musa pide al hermano menor, Ibrahim, que lo mate?

Di muchas vueltas a esta parte. Desde luego, no quería que fuese un suicidio. La novela está ambientada en Marruecos, un país musulmán, y el islam, al igual que el cristianismo, castiga severamente que una persona se quite la vida. No era una opción creíble. Pero, ahora que lo pienso, no sé cómo llamar al acto de Ibrahim, solo puedo decir que es el gesto de amor de un hermano a otro. Tomado con pinzas.

¿No había otra salida?

En los años 80, la sociedad no tenía la misma preocupación por la salud mental. En Marruecos se han producido cambios sustanciales en esta materia, pero sigue siendo complejo. Las personas que padecen algún tipo de trastorno no salen de sus casas. Es más, el barrio no vuelve a saber nada de ellas hasta el día de su muerte; de hecho en la novela, la noticia de la muerte de Musa trasciende a una única persona. Ibrahim demuestra una fortaleza interna gigantesca, aunque es una fortaleza que entraña una gran debilidad, en cualquier momento su vida puede balancearse y caer en el abismo.

Otra pregunta que me suscita es: ¿Cómo se mata a un hermano en la misma situación de Musa?

A esto, la respuesta te la puede dar este verso de Cesar Antonio Molina: “El amor es tan poderoso como la muerte”.

 Ibrahim es demasiado joven para asumir tanta responsabilidad…

La idea de la adolescencia es una construcción occidental y moderna, en el resto del mundo no existe esa transición, un individuo pasa de la niñez a la etapa adulta sin intermedio, además el caso de Ibrahim se caracteriza por lo forzado de ese proceso. Ahí, comprende que no hay ningún manual de vida, que solo se aprende a base de ensayo y error.

Pedro Sánchez dio un giro inesperado respecto a la política internacional y regional de España en una carta que envió al presidente de Marruecos el mes pasado. En la misiva, el inquilino de la Moncloa apoyaba las pretensiones marroquíes sobre el Sahara Occidental, dando la espalda al pueblo saharaui y enmarañando las buenas relaciones con nuestro aliado principal en el Magreb y suministrador de gas, Argelia.

Pedro Sánchez tan solo ha dado un giro discursivo. Dudo mucho que estimule cambios en cuestiones de realpolitik. Se habla de traición al pueblo del Sahara Occidental, pero creo que la única traición, y esto suena a falacia de posibilidades, fue la aberración del colonialismo. Nadie puede cambiar la historia. Sin embargo, ningún presidente español ha hecho lo que en 2011 su homólogo francés, François Hollande, hizo en un discurso: reconocer las atrocidades cometidas por Francia y pedir perdón a Argelia. A partir del reconocimiento y mediante el diálogo, se romperían las fisuras y se podría mantener una relación menos jerarquizada.

¿Qué más cosas deberíamos aprender de los franceses respecto a Marruecos?

España debería preocuparse más por conservar el español en Marruecos; su dejadez ha permitido al francés ganar terreno, y esto se ve muy bien en las ruedas de prensas o comunicados que hacen los diplomáticos y los políticos que visitan el país, se producen en francés. El gobierno español debería preocuparse por fortalecer una comunicación fructífera, empleando nuestro idioma de fondo. Su falta de interés ha permitido a una élite francófona copar el poder. Ahora mismo, la relación con nuestro vecino del sur cuenta con la intermediación de nuestro vecino pirenaico. La mirada de la élite francófona marroquí a los españoles es en realidad la mirada de la élite francesa.