El escritor extremeño Miguel Ángel Carmona del Barco se mete en la piel de una mujer maltratada en “Alegría”, XXIV Premio de Novela Ciudad de Badajoz.

 

Texto: Susana PICOS

 

Alegría es ficción como nos cuenta en la entrevista Miguel Ángel Carmona del Barco, pero detrás de esa protagonista que se llama como la novela, Alegría, hay muchas horas de conversaciones con mujeres reales que han vivido el maltrato y que ahora intentan curar sus heridas. En esta historia de mujeres con sueños rotos hay víctimas y verdugos; no hay juicios de valor, pero sí una inmersión en ese mundo de violencia en el que muchas mujeres se hallan atrapadas.

 Alegría es el título de la novela y el nombre de la protagonista, pero su vida no es muy alegre que digamos, ¿por qué eligió este nombre?

Bueno, digamos que, en realidad, el nombre no lo elegí yo, sino su madre. Por supuesto, su madre es también un personaje de la novela, pero es importante comprender las razones que la llevaron a nombrar así a su hija.

La madre de Alegría sufre maltrato a manos de su marido y su vida, ya difícil de por sí, se complica con una adicción al alcohol. De algún modo, deposita en su hija la esperanza de un cambio, de una vida mejor. Todo esto no sale en la novela, pero son los motivos que están detrás de esa elección. Durante el proceso de documentación y entrevista me topé con varios casos así: madres víctimas de violencia de género que habían nombrado a sus hijas Esperanza, Luz, Libertad…

¿Cómo se documentó para escribirla?

Fue un proceso que me llevó alrededor de un año y medio. Antes de iniciar las entrevistas principales, hubo una fase muy importante de documentación bibliográfica, centrada fundamentalmente en lecturas de no ficción. Dividí los temas en feminismo, violencia de género, violación, maltrato infantil y trastorno narcisista y leí todo lo que cayó en mis manos. Hubo libros, como los de Alice Miller o Amor y violencia, de Pepa Horno, y por supuesto, todo el trabajo de Leonore Walker, que tuvieron una influencia clara en la novela.

Después llegó la fase de entrevistas a profesionales: desde matronas hasta psicólogos infantiles, pasando por trabajadoras sociales, abogados, fiscal, jueza de violencia de género, policía de seguimiento, orientadoras escolares… Y, finalmente, con todo lo aprendido, llegó esta tercera etapa, en la que entrevisté a mujeres víctimas de violencia de género, que yo llamaría de inmersión.

Hay que tener en cuenta que la mitad de ellas tenían una orden de protección en vigor. Llevaban años o meses recorriendo los distintos departamentos de la administración en los que deben repetir, una y otra vez, su historia, pero siempre de una manera finalista, siempre con un objetivo y, por lo tanto, siempre de forma fragmentada. Por el contrario, mis encuentros con ellas siempre empezaban por la misma pregunta: ¿cuéntame cómo era la casa en la que te criaste? Nosotros teníamos todo el tiempo del mundo. Fue crucial crear un espacio en el que todo lo que ellas me quisieran contar se convirtiese, automáticamente, en relevante, sólo por el mero hecho de que lo recordasen y lo seleccionasen.

Y decía antes lo de la inmersión porque Alegría es, de algún modo, un trabajo actoral en el que he intentado interpretar a su protagonista buscando en mi interior sus motivaciones para actuar y sentir. Y eso sólo ha sido posible, claro, gracias a ese proceso tan intenso, tan íntimo, tan bello y a la vez tan duro, de inmersión en sus historias.

Alegría es una novela puramente de ficción, y no creo que sea ni una mezcla ni una reordenación de aquellas historias que compartieron conmigo, sino algo completamente nuevo y distinto. Algo que, sin embargo, espero que les permita reconocerse, no sólo a ellas, sino al resto de mujeres que alguna vez han sufrido cualquier tipo de maltrato.

 ¿Es difícil para un hombre ponerse en la piel de una mujer maltratada y mostrar sus sentimientos y motivaciones?

Para mí la dificultad no ha estado en el hecho de ser hombre, sino en comprender el funcionamiento de los mecanismos de justificación; en asimilar las distorsiones en su educación afectiva que la llevan, a pesar de que ella no quiere y está convencida de no querer, a caer en esos abismos que conoce bien, porque ha crecido en una casa desestructurada por la violencia.

Y creo que ese trabajo de aprendizaje y comprensión, fundamental para que el lector no pueda juzgarla, es la auténtica prueba de fuego. Es muy importante dejar claro que yo no me pongo en la piel de una mujer tipo, sino únicamente en la piel de Alegría. Alegría no es un arquetipo, sino un personaje con profundas contradicciones. Creo que el campo de acción de un escritor es la intimidad de sus personajes y no la teoría social. Por supuesto, no haría esto si no estuviera convencido de que a partir de ese trabajo de creativo, a partir de lo particular, cada lector, cada lectora, puede extraer su propio conocimiento y trasponerlo a su vida, a su experiencia. Esa es, al menos, una de las funciones de la literatura, del arte en general: ayudar a mirar, como decía Galeano. Ayudar a mirarnos, añadiría yo.

Vd pone el foco también en los hijos y cómo a ellos les marca tener progenitores maltratadores, ¿cree que vivir en ese ambiente los convertirá en personas violentas?

Yo creo que no se pueden aplicar esos apriorismos a los desarrollos educativos de los niños y las niñas en general, y tampoco a aquellos que crecieron en ambientes o familias desestructuradas por la violencia 0 sufrieron maltrato. La violencia, en general, ejercida contra los niños y niñas, viene a complicar tremendamente su capacidad para construir, durante su madurez, relaciones afectivas sanas y funcionales. Esta complicación es, a veces, incapacitante, pero en otras muchas, esas mujeres y hombres, al crecer, consiguen con muchísimo esfuerzo romper el patrón de violencia y establecer vínculos sanos. En el caso de la violencia de género, específicamente, existe además el riesgo de la pervivencia del patrón de víctima y agresor, pero no es una regla de tres, del mismo modo que crecer en una familia en paz y ser educado en la igualdad, en la búsqueda del bien común, etc., no es tampoco garantía de inmunidad ante las relaciones de maltrato.

Cuando hablamos de maltrato generalmente pensamos en el físico, pero menospreciar a tu hija y humillarla como hace la madre de Alegría también es maltrato. ¿Sabe si existen estadísticas sobre este tipo de violencia psicológica?

No conozco estadísticas de ese tipo. Pero basta caminar por la calle, llevar a tu hijo a la puerta del colegio, y ver cómo hablan algunos padres y madres a sus hijos, para darse cuenta de que es un problema bastante extendido en nuestra sociedad. Desgraciadamente, los niños y niñas siguen sin ser tratados como individuos completos, con el mismo derecho al respeto que los adultos: se tiende a menospreciar su sufrimiento porque comparamos su origen con el origen de nuestras preocupaciones y nos decimos: ¡lo mío sí que son problemas y no lo tuyo!; también se ignora su opinión sobre las cosas; se les niega su capacidad para tomar decisiones que atañen a su día a día (no estoy hablando de decisiones que puedan ponerles en peligro); y, lo peor de todo, se les ridiculiza cuando sus logros no están a la altura de las expectativas de sus adultos responsables. Todo eso maltrato, pero en muchas casas es el pan de cada día.

En la novela vemos cómo varios personajes intentan ayudar a Alegría pero ella no es capaz de salir del pozo. Cuando la familia y los amigos no pueden influir, ¿cuál es el paso a seguir?

Lo primero es denunciar. Después mantenerse al lado de la víctima, no importa cuánto tiempo necesite, no importa cuánto esfuerzo haga ella por apartarlos de su lado: cuando la víctima rechaza a su entorno, a la familia y amigos que intenta ayudarla, es su maltratador quien está actuando a través de ella. El maltratador quiere a la víctima sola y aislada. Y, por supuesto, nunca hay que juzgar a una víctima: se le pueden exigir responsabilidades como a cualquier persona si, como en el caso de la madre de Alegría, o incluso en el de la propia Alegría, incurre en comportamientos que pueden ser nocivos para sus hijos, por ejemplo, pero nunca juzgarla. No podemos saber cómo nos comportaríamos nosotros de vivir un infierno semejante.

Parece que su apuesta es la Educación, ¿es así?

Es que el sistema educativo es el espacio en el que niños y niñas, también adolescentes, que están creciendo en familias con problemas de violencia, adicciones, abusos, etc., pueden tener la oportunidad de descubrir que todo eso no es normal, que las cosas no tienen por qué ser así: y eso es responsabilidad de docentes, orientadoras, equipos directivos, de sus compañeros (ya a ciertas edades), y también de los padres y madres de esos compañeros. Un centro educativo es una comunidad y a poco que uno se quite la venda de los ojos, es fácil saber qué niño o niña puede que tenga problemas en casa.

Cuando mi hijo venía en los primeros años de colegio a casa relatándome un comportamiento violento de alguno de sus compañeros, por supuesto que la primera reacción es: debes defenderte o poner distancia; pero ese es un buen momento también para proponerle a nuestros hijos que piensen en su compañero como un todo: ¿cómo va en las tareas?, ¿tiene cosas buenas?, ¿es violento siempre? Y que, en última instancia, se cuestionen si él es así porque quiere o quizá esté imitando comportamientos que ve en su casa. Yo le preguntaba, ¿cómo serías tú si yo te pegara? Y él, aún muy pequeño, contestaba que, seguramente, pegaría a los demás. Hay que ayudar a los niños y las niñas a ver más allá de la máscara, sobre todo durante la infancia, porque eso puede generar espacios de confianza y amistad imprescindibles para esos niños y niñas con problemas.

Su novela está ambientada en Badajoz, un lugar que no suele ser escenario en las novelas, ni siquiera en los informativos, ¿eso es sinónimo de que es una ciudad muy tranquila o de una ciudad olvidada?

Badajoz es ambas cosas: su tranquilidad, imagino, proviene del olvido de los otros. Aquí no tenemos ningún problema con eso. Sólo nos falta un AVE que nos lleve a Madrid y nos traiga de vuelta, y ya después pueden olvidarse de nosotros completamente. Afortunadamente, es una ciudad con una rica vida cultural, con una calidad de vida excelente, manejable, y que sorprende a quien viene a visitarnos. Por lo demás, es un escenario para novelas tan válido como cualquier otro. Pero aún más importante —a nivel literario— que sus calles, es su habla. En Badajoz hablamos muy bonito, y es una lástima que pocos autores autóctonos trasladen ese habla a sus textos: el habla propia, esa mezcla de idiolecto, sociolecto y dialecto que componen la voz de un personaje, es el mayor tesoro que un escritor puede tener.

He leído en una entrevista que Vd. decía “Necesito que mis libros sirvan para algo”, ¿para qué cree que sirve Alegría?

Bueno, yo creo que, siendo sincero, lo que necesito es que mis libros me sirvan a mí. Para mí, escribir es mi forma de intentar entender el mundo y el tiempo que me ha tocado vivir, no ya sólo por el acto de escritura, sino por todo el proceso previo. De un modo muy claro, mis novelas me cambian, tal vez a un nivel micro: modifican mis relaciones con los míos, pero también modifican la mirada con que percibo a los que no conozco.

El libro, el producto de ese proceso, es de algún modo mi manera de poner a disposición de los demás el fruto de ese aprendizaje, por si pudiera servirles. Y me gustaría que «Alegría» sirviera para contribuir a derribar esa concepción maniqueísta de un mundo dividido entre seres angelicales, víctimas ejemplares que sufren abnegadamente a la espera del héroe o la intervención divina, y villanos nacidos para hacer el mal. Las víctimas no tienen por qué ser ejemplares, al igual que los villanos no surgen por generación espontánea.

En Alegría, los lectores asistirán a la génesis y desarrollo de una relación de maltrato como una suerte de vecinos que escucharan, impotentes, detrás del tabique. Y yo quiero que sean capaces de tomarle la mano a Alegría en la primera página y, aunque les duela, no se la suelten hasta la última.