Marek Hłasko o la ética del desencanto
Automática Editorial publica la novela del autor polaco «El siguiente en el paraíso».

Texto: David Valiente
Marek Hłasko nació en 1934 en el seno de una familia de clase media varsoviana. De niño, aprendió que la guerra y la invasión no son solo palabras recogidas en el diccionario: el conflicto mundial lo dejó huérfano de padre, además de una vacuidad que canalizó en su obra literaria. Las circunstancias de su país, como le sucedió a muchos otros jóvenes de su época, lo obligaron a saltarse la adolescencia y a convertirse en un hombre dentro de un sistema marcado por la impronta ideológica.
Sus primeros pasos en el competitivo mundo de las letras se dieron durante el llamado ‘deshielo polaco’, tras la muerte de Stalin y el ascenso de Władysław Gomułka a la secretaria general del Partido Obrero Unificado de Polonia. El alivio de la censura permitió a los jóvenes escritores de finales de los cincuenta poner su pluma, de una manera más decidida, al servicio de la verdad, y mostrar, a través de las pequeñas rendijas abiertas de pronto por el sistema, la disconformidad de una sociedad que no llegaba a sentirse afortunada por servir al régimen implantado después de la guerra. Por supuesto, Hłasko fue uno de esos jóvenes rebeldes, a pesar del detrimento que sufrió su figura pública y personal por criticar lo que, a su entender, no funcionaba correctamente.
Sus primeros relatos, publicados en revistas literarias, llamaron la atención del público, debido, seguramente, a su tendencia a rechazar los argumentos y los recursos estilísticos del realismo socialista. Marek Hłasko poseía un alma rebelde e inquieta que despertó también las suspicacias de las autoridades, al desafiar las narrativas que pretendían difuminar las condiciones pésimas de los trabajadores al otro lado del muro. Este fue un motivo más que suficiente para que se le considerara un reaccionario y se le impidiera el regreso a Polonia en 1958, revocándole su pasaporte, después de una gira literaria por Alemania Occidental e Israel. Hłasko nunca volvió a pisar la tierra que lo vio crecer, cargado de desencanto. Su muerte se produjo a la edad de 35 años en el exilio alemán en circunstancias aún debatidas, pues unos aseguran que se le fue la mano con el alcohol y los barbitúricos sin ninguna intencionalidad y otros que el consumo excesivo de sustancias respondió a un suicidio.
El autor polaco legó obras maravillosamente descarnadas, como su primera novela publicada con el permiso de las autoridades El siguiente en el paraíso (Editorial Automática), donde, combinando con maestría las corrientes del realismo pesimista y el western de la era comunista, narra la durísima realidad de los conductores de camiones que transportaban troncos en zonas boscosas. Las condiciones laborales desafiaban a diario la vida de los trabajadores, cuyas mentes, en muchas ocasiones, no eran capaces de vislumbrar un futuro distinto al presentado por el aceroso reflejo de la guadaña. De hecho, la historia arranca con la muerte de un conductor y la espera del resto de trabajadores de unos camiones nuevos que les devolvieran la posibilidad de creer en un destino más esperanzador. No solo los camiones no llegan, sino que el gobierno regional les envía un delegado y a su mujer con la misión de motivar a los conductores y realizar alguna que otra labor de espionaje.
Ante la falta de una autoridad benevolente, los personajes tratan de alcanzar su autonomía por diferentes caminos, cada cual menos acorde con las leyes y la moral. Un personaje que ejemplifica esto es, sin duda, Warszawiak, una suerte de antihéroe que recuerda a los forajidos de las películas del oeste americano; aunque, en vez de vestir tejanos y sombrero de cowboy, lleva ropa de abrigo para mitigar la congelación que el frío de los bosques polacos produce en las extremidades en pleno invierno. Nuestro (anti)héroe tampoco dirige ganado por las vastas llanuras americanas, sino que transita por los márgenes de la moral implantada por un sistema político que cumple a medias sus promesas de bienestar y seguridad. Aquí se expone uno de los aspectos clave de la novela: la rebeldía del personaje, que en ocasiones se confunde con una falta de escrúpulos, adquiere una dimensión ética.
La soledad de estos personajes, en la narración, adquiere tintes casi heroicos que además armonizan con el paisaje desangelado e infestado de lobos ansiosos por una próxima víctima. La naturaleza en estado puro prolonga esa idea de degradación moral institucional, pues, si bien es cierto que el bosque guarda sus trampas para los conductores, son los dirigentes quienes los dejan morir por no proporcionarles el material necesario. Entonces, la lucha por sobrevivir genera un sentimiento de melancolía que absorbe la vitalidad de los personajes y despierta la apatía, que el autor emplea como línea divisoria entre la voluntad de alcanzar la libertad o de abandonarse por completo a una suerte incierta.
Esta lucha del individuo por legitimarse como sujeto proactivo también se libra en el plano interno. Zabawa, la nueva incorporación al equipo de transportistas, encarna los dilemas a los que la conciencia se ve sometida en circunstancias extremas y para los que el autor no llega a ofrecer una solución, simplemente los plantea para que el lector reflexione sobre la elección que tomaría si tuviera la desgracia de estar en la piel de uno de ellos. Lo que sí deja entrever es la imposibilidad de redención dentro del propio sistema.
El tono de la novela es de una ironía desbordante. Los chistes y las bromas catalogadas como inapropiadas se repiten en la voz de personajes que no muestran signo alguno de pudor, ni siquiera en su último aliento. Al fin y al cabo, ¿qué decoro puede existir en quien quizá muera mañana? El lenguaje del autor invita a mirar la vida desde una postura cínica, casi nihilista, mientras que el sarcasmo ocupa el espacio de la felicidad. En algunas escenas, los personajes pierden la fe por la condición humana, sentimiento que seguramente compartirá el lector. La austeridad del vocabulario apela a la construcción de un ambiente lúgubre, falto de sentido y humanidad. El texto carece de grandes descripciones y abundan, sobre todo, los diálogos. Los personajes son conscientes del poco tiempo que les queda entre los vivos, deben hablar, aunque sean puras banalidades, para dejar alguna huella de su existencia que no sea borrada por la nieve.
En el fondo, El siguiente en el paraíso representa mucho más que una denuncia de las penurias vivida por los trabajadores bajo el orden comunista: es una parábola que enfatiza la lucha de la condición humana contra la desilusión. No habita en el alma de los personajes una esperanza redentora, aunque su mirada pesimista no constituye un acto de rendición, sino un acto de lucidez, que puede resumirse en la constatación de que, en el infierno cotidiano, el individuo todavía conserva la capacidad de elegir cómo sucumbir.



