«Madame Vargas Llosa», de Gustavo Faverón

La novela «Madame Vargas Llosa» (Fulgencio Pimentel), un homenaje al escritor Mario Vargas Llosa.

 

Texto: David Pérez Vega  Foto: Paul Vallejo

 

De Gustavo Faverón (Lima, 1966) había leído, hasta ahora, toda la obra narrativa y ensayística que ha publicado (después de que algunos de sus libros aparecieran en Perú) en la española editorial Candaya, El anticuario (2010), Vivir abajo (2018), El orden del Aleph (2019) y Minimosca (2024). Y esta no abundante obra le había convertido para mí en uno de los escritores más en forma de la narrativa latinoamericana actual. En algún momento me pareció escucharle a Faverón decir que iba a publicar algunas novelas cortas en la editorial de Logroño Fulgencio Pimentel. Desconozco el motivo por el que estos libros no aparecen en Candaya, su editorial de referencia en España. La primera de esta serie de novelas cortas es Madame Vargas Llosa (2026).

 

Las novelas que más fama han dado a Faverón –Vivir abajo y Minimosca– son bastante largas, novelas ambiciosas que se bifurcan en multiples caminos narrativos y que se dispersan en senderos sin fin. Uno se adentra, en principio, en la lectura de Madame Vargas Llosa con la sensación de que la apuesta, esta vez, está más controlada y que la tendencia al laberinto de sus libros anteriores está aquí minimizada. Pero ese mismo lector no debe descuidarse, porque Faverón vuelve a usar en este nuevo libro sus recursos habituales, como el relato dentro del relato o la digresión disruptiva. Madame Vargas Llosa cuenta con cuatro narradores principales, y está planteada –ya desde el título– como un homenaje al escritor Mario Vargas Llosa, que murió en abril de 2025, y es un autor al que Faverón admira mucho. De hecho, a principios de 2024 leí La guerra del fin del mundo (1981), una de las novelas más importantes de Vargas Llosa que me faltaban por leer, porque sorprendí una conversación, en Facebook, en la que Faverón afirmaba que La guerra del fin del mundo era la mejor novela escrita en español después de El Quijote. De hecho, Madame Vargas Llosa también es, en gran medida, un homenaje a esta novela.

 

El lector debe tener cuidado con los juegos de narradores, porque al empezar la primera parte tendrá la sensación de que el narrador es Mario Vargas Llosa, que ha viajado a Brasil para visitar la zona de Canudos, que fue el escenario de la llamada «guerra de Canudos», cuya historia se recogerá en La guerra del fin del mundo. Así, nuestro narrador, que en apariencia es Vargas Llosa, va a conocer en Río de Janeiro a Manoel Magalhaes, un escritor de telenovelas al que apodan Fittipaldi por su capacidad para acabar rápido los guiones. Vargas Llosa va a llegar a Fittipaldi gracias al cineasta Ruy Guerra, al que conoció en París. He buscado información sobre Ruy Guerra y es un cineasta brasileño de origen mozambiqueño con el que realmente Vargas Llosa trabajó para escribir un guion sobre el libro Los sertones de Euclides da Cunha. La película, por problemas de la productora, no se llegó a rodar, pero toda la investigación llevada a cabo le sirvió a Vargas Llosa para escribir La guerra del fin del mundo. En la realidad, por lo que he leído en internet, el Guerra y el Vargas Llosa reales se conocieron al trabajar juntos en este proyecto que no fructificó y no en París. Como ocurría con algunas películas de las que se hablaba en Vivir abajo, las telenovelas (en total tres) de Fittipaldi van a tener el poder de adelantar sucesos que le acontecerán al autor más tarde, grandes desgracias familiares a las que tendrá que enfrentarse. Como también ocurría en la narración de Vivir abajo y Minimosca, el tono de Madame Vargas Llosa no acaba de ser realista. En más de un pasaje, el lector tendrá la sensación de haberse dejado arrastrar a la descripción de un sueño, o más bien de una pesadilla.

 

Como dije, la novela cuenta con cuatro narradores. Leí la primera parte pensando que el narrador era Vargas Llosa, para darme cuenta más tarde de que en realidad era Maria Trindade, una brasileña transexual que cree ser Vargas Llosa y que juega a escribir las novelas de Vargas Llosa, antes de que se traduzcan al portugués, por lo que le sugiere el título en español, convirtiéndose así en una especie de Pierre Menard.

Favarón es un gran admirador de Roberto Bolaño y se nota, por ejemplo, en su gusto por hablar en su novela de argumentos de novelas o de películas que funcionan como pequeños relatos dentro del relato. De esta manera, nos acercaremos a los argumentos inventados por Maria Trindade sobre las novelas originales de Vargas Llosa, desarrollados a partir de lo que le sugiere el título. Así funcionan también los argumentos de las telenovelas de Fittipaldi.

 

El segundo narrador será Ruy Guerra, que narrará su ruptura personal con Vargas Llosa, después de su giro ideológico hacia la derecha. Ruy Guerra se irá encontrando en diferentes, e inverosímiles, partes del mundo con Zebode Anzesul, un marroquí que viaja dando ideas a cineastas africanos para que las rueden en sus películas. Este personaje, en cierto modo, me ha parecido un guiño a Miguel de Cervantes y su narrador árabe Cite Hamete Benengeli.

 

El tercer narrador es Fittipaldi, y en esta parte descubriremos quién de verdad ha escrito sus exitosas telenovelas, una persona que se convertirá en un nuevo personaje de esta novela repleta de autores verdaderos, intérpretes de la obra de otro y falsos autores. En esta parte va a hacer un cameo el «verdadero» Mario Vargas Llosa que, disfrazado de santón, recorre los sertones brasileños con la intención de documentarse para su novela La guerra del fin del mundo.

Y la cuarta narradora es Rita Fonseca, mujer de Fittipaldi, que puede hablarle al lector desde la ultratumba.

 

La novela también presenta un homenaje a la literatura brasileña, y por ella desfilan nombres como los de Rubem Fonseca o Jorge Amado. Faverón es también un gran amante del cine, y en la novela aparecen continuas referencias al barco de la película Fitzcarraldo (1982) de Werner Herzog.

Durante la primera parte me estaba extrañando que Faverón, que normalmente es un escritor de lenguaje muy cuidado, usase algunas frases hechas en su novela, como las expresiones «haberse metido en camisa de once varas» o «como Pedro por su casa». Más tarde he pensado que, tal vez, quisieran reflejar el lenguaje oral de Madame Vargas Llosa, que al fin y al cabo solo era una imitadora de Vargas Llosa y no el propio Vargas Llosa, o puede que sean expresiones que el verdadero Vargas Llosa ha usado en alguna de sus novelas y Faverón las usa como un juego. Porque en el lenguaje de esta novela Faverón también ha jugado (sin dejar de ser él mismo) a homenajear a Vargas Llosa, y algunas frases o párrafos de la novela me han recordado a las construcciones lingüísticas de La guerra del fin del mundo. Por ejemplo, en la página 54 leemos: «Me vinieron a la memoria, como los rápidos del río, las imágenes de aquel tiempo: yo, adentrándome en un páramo roto como un jagunço de Lampiao; yo, huroneando en bibliotecas paradójicas en pueblecitos de iletrados; yo, tomando notas taquigráficas en papelitos rotos; yo, hundido hasta las rodillas en trincheras imaginarias, fantaseando con las batallas entre los fanáticos milenaristas de Antonio Conselherio y las tropas del demonio del progreso –yo, ¿montado en un burrito entre las dunas, detrás de un hombre a lomo de bestia sobre un caballo raquítico?–», y aquí me ha parecido percibir una emulación del estilo de Vargas Llosa.

Igual que hacía en Vivir abajo y Minimosca, Faverón ha planteado en esta novela un laberinto narrativo sobre la locura, la creación artística y las pesadillas. Quizás he percibido una repetición de esquemas e intenciones literarias, respecto a las obras anteriores, pero, en cualquier caso, Madame Vargas Llosa es una buena novela y Faverón sigue siendo uno de los escritores latinoamericanos actuales más en forma.