Los niños de Ana María Matute

Este 2025 se celebra el 100 aniversario del nacimiento de “La Matute”, como le gustaba llamarse a sí misma. Una de las escritoras en lengua española más relevantes del siglo XX.

Texto: Susana Picos  Foto: Asís G. Ayerbe

 

Las efemérides suelen servir de excusa para que las editoriales relancen la obra de autores que ya no están entre nosotros y vuelvan a situarlos en las mesas de novedades.  Ana María Matute no necesita excusas para estar en las librerías y ser leída, pero siempre se agradece volver a encontrarse con sus libros. La editorial Destino lanzó hace unos meses una nueva edición de Olvidado Rey Gudú, en tapa dura, con cinta marcapáginas y cantos tintados, que es una belleza.

Mi relación afectiva con Ana María Matute viene de hace casi treinta años; fue una relación que por supuesto ella desconocía, pero que para mí representó un aprendizaje de vida. En aquella época, yo era freelance y colaboraba con varias publicaciones, una de ellas, la revista Crecer Feliz. Me encargaron un artículo sobre las lecturas infantiles preferidas de los escritores. Yo tenía poco más de veintitantos años y muy poca experiencia, así que no sabía muy bien por dónde empezar, pero la necesidad o la inconsciencia nos lleva a ser osados y, preguntando a unos y a otros, conseguí el contacto del hijo de Ana María Matute, que era la persona que llevaba su agenda. Le escribí y le expliqué lo que me interesaba y me dijo que si quería, podía llamarla por teléfono para entrevistarla. Y así llegó el día, marqué el número y me puse a esperar hasta que al otro lado del aparato surgió una voz de mujer con un tono juvenil, aunque yo sabía que tenía 70 años. Era Ana María Matute.

Su voz cantarina y alegre respondió mis preguntas sobre literatura infantil. Yo estaba nerviosa y demasiado impresionada por hablar con una figura de las letras españolas como “La Matute”, pero fue tal su naturalidad y amabilidad con una novata como yo, que acabamos riendo en una charla distendida e inteligente, como solo podía ser con una mujer como ella. Tras esta entrevista, he hecho muchas, muchas más, pero siempre he guardado el recuerdo de ese día.

Ahora, cuando se cumplen cien años de su nacimiento y su nombre aparece de nuevo en todos los medios, vuelve a mí esa charla en la que le pregunté por su libro infantil favorito, y me habló de Peter Pan, del Patito Feo o Las aventuras de Guillermo, ese niño travieso con el que tanto se había reído.

Ana María Matute fue una gran defensora de la literatura infantil. En las entrevistas explicaba que su tata Anastasia le contaba cuentos cada noche y cómo ese mundo de imaginación y fantasía creció en ella y fue el germen de su deseo de escribir. Detestaba la literatura infantil y juvenil políticamente correcta, afirmando que “los niños no son tontos”. Publicó una docena de obras para los más pequeños, llegó incluso a ganar el Premio Lazarillo de creación literaria infantil en 1965 y el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 1984, aunque, posiblemente, haya sido más conocida por su obra para adultos. No obstante, la una sin la otra no ofrecería ese toque “matutiano” que tiene toda su trayectoria literaria.

Sus experiencias de la infancia y la irrupción de la guerra civil y, con ella, la pérdida de la inocencia conforman los cimientos de sus novelas. En todas ellas, los niños tienen un papel importante, porque en muchas de sus historias es a través de su mirada infantil que vemos la realidad de una España en plena posguerra, ocupada por el odio y la miseria. Varias de sus obras fueron censuradas, incluso, se prohibió su publicación, como fue el caso de Luciérnagas. Pero ni con esas maniobras de los despachos franquistas pudieron acabar con “La Matute”. Al contrario, ganó premios como el Nadal (1948), el Planeta (1954) o la Crítica (1959) y se convirtió en la escritora de la posguerra.

No obstante, si la censura no pudo con su obra, sí que su vida personal se resintió de vivir en una España oscura en la que las mujeres eran ciudadanas de segunda. Ana María Matute se separó de su marido en 1963 y, por esa razón, perdió la custodia de su único hijo, Juan Pablo, que por entonces tenía nueve años. A partir de ese momento, sus problemas emocionales la acompañaron siempre, provocándole largas etapas de inactividad.

Fue tras un gran periodo de silencio que Ana María Matute publicó una de sus principales novelas Olvidado rey Gudú, en 1996. Su novela anterior la había publicado en 1971, La torre vigía, y antes de esa fecha había recibido importantes premios con novelas como Pequeño Teatro o Primera memoria. Muchos pensaron que no volvería a escribir una nueva novela. Se equivocaron. El mundo del reino de Olar fascinó a la crítica y a los lectores. En este libro de más de setecientas páginas, Ana María Matute narra la historia de los reyes de Olar y cómo uno de ellos, Gudú, se siente atraído irremediablemente por las tierras desconocidas que se extienden más allá de sus dominios. Para someterlas no duda en empuñar la espada y acabar con todo lo que se interponga en su camino. Pero, aunque él no lo sabrá, además de la guerra, la magia marcará su vida.

Olvidado Rey Gudú es una novela de aventuras, donde el odio y la traición impera entre sus protagonistas, pero también es una novela de fantasía, llena de magia y fábulas, en la que existe la inocencia y la ternura. Un trasgo que sufre porque un niño no le ve, un hechicero fiel a una niña que se convertirá en reina, un príncipe enamorado, una ondina desconsolada, una princesa llamada Tontina que no entiende el mundo adulto…

18 horas y 26 minutos de tiempo de lectura es lo que indican en Casa del Libro que se tarda en leer Olvidado Rey Gudú. No sé si será así; lo que sí que es cierto es que, cada vez que se lee, se disfruta y se descubre algo nuevo.

Los niños están muy presentes en la novela del Olvidado Rey Gudú y también la literatura infantil, con guiños a cuentos como La Sirenita, Blancanieves, La Bella y la Bestia o La Bella durmiente. Uno de los aspectos que me sorprendió al leer la obra de Ana María Matute es su tratamiento de los niños. Fiel a su premisa de no ser políticamente correcta, estos pueden ser crueles, infelices y morir de una manera horrible. En uno de los libros que queda más patente esa manera de hacer es en su libro de cuentos Los niños tontos, que fue durante varios años lectura obligatoria en el instituto, y cuando se la prescribieron a mis hijos la leí. De entrada pensé que no era para chavales, porque son veintiún cuentos donde los niños son tratados de tontos, humillados, en algunos casos incluso por sus madres, maltratados, únicamente por ser distintos. Pero, con el paso de los años, he llegado a la conclusión de que fue una lectura acertada, porque por mucho que queramos protegerlos, hay una realidad que no les podemos ocultar. Como repetía Ana María Matute: “los niños no son tontos”.