Los cuervos en la literatura
Aunque la figura literaria del Cuervo remite inmediatamente a Edgar Allan Poe, su vuelo en los mitos, leyendas y narraciones de este pájaro negro nos lleva muchísimo más lejos.

Texto: Isabel del Río Ilustración: Ken Mowatt
Las aves son, junto con los gatos, los animales más místicos y versátiles dentro de la literatura, tanto oral como escrita. Desde el pajarillo delator de El Enebro de los hermanos Grimm, hasta las majestuosas águilas de El Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien o las terribles aves de Los pájaros de Daphne Du Maurier y Hitchcock, estos animales no han estado solo presentes, sino que han constituido un personaje imprescindible para la resolución de la trama. Sin embargo, si existe un ave altamente representada y que lleve sobre sus alas el peso de un rol complejo, a veces despreciable y otros incluso divino, esta es el cuervo.
Es posible que en la actualidad, la imagen de los córvidos se haya restaurado gracias a la buena imagen de las tradiciones paganas −de pagus, que significa proveniente del pueblo, de las personas de calle−, del folklore y de la historia de personajes como las denominadas brujas o los vikingos, con series como Vikings −que recupera la edda de Ragnar Lothbrok, esa colección de poemas escritos en nórdico antiguo preservados inicialmente en el manuscrito medieval islandés conocido como Codex Regius, y, con ella, sus creencias mitológicas y legendarias.
Aun así, seguimos con esa idea del mal agüero ligado a las alas negras y a todos nos viene a la cabeza la oposición entre la paloma y el cuervo, desempolvada de La Biblia, de un diluvio desatado por la ira de Dios y la necesidad de hallar tierra, que lleva a Noé a lanzar un ave al vuelo. Y sí, es cierto que aquella que trae la rama de olivo es la paloma, pero si recordamos algo más, Noé no lanza a volar a la paloma hasta que el cuervo no regresa. Esta historia que recordamos la mayoría por haberla leído o escuchado, en un formato u otro, proviene de la Epopeya de Gilgamesh, del gran diluvio y de Utanapishtî, quien, ante la necesidad de encontrar tierra, suelta a un cuervo que le ayuda a desembarcar sobre el monte Nasir.
Ya los navegantes vikingos hacían uso de estas aves debido a su aguda inteligencia, pues los cuervos regresan rápido siempre que no haya tierra cerca y de ese modo podían determinar cuánto les faltaba para desembarcar según el vuelo de sus compañeros de plumas negras.
Quizá su mala fama provenga de la mitología griega, pues el cuervo está ampliamente presente en las antiguas Grecia y Roma. Ovidio nos transmite toda clase de mutaciones en sus Metamorfosis, como el momento en que Atenea convirtió a la hija de Corneus en cuervo para salvarla del acoso de Poseidón. Aunque la historia que más nos interesa es la de Apolo, dios que era acompañado por sus cuervos blancos, pues según la historia estas aves eran albas en su inicio y cambiaron a causa de un castigo. El dios Apolo se enamoró de una joven mortal llamada Corinis y envió a uno de sus cuervos para vigilarla. En un descuido del ave, la joven tuvo una aventura amorosa y Apolo montó en cólera, prendiendo fuego al cuervo y volviéndolos negros desde entonces. Pese a ello, dicen que también fue Apolo quien les concedió el don del habla como recompensa por sus servicios. Puede que sea en este momento cuando la imagen de los córvidos pasa a ser de un ave solar a un pájaro de mal presagio, puesto que en los primeros bestiarios medievales no aparecen como aves demoníacas y no es hasta la épica medieval que se recogen frases como «Cría cuervos y te sacarán los ojos», deviniendo en aves que simbolizan traición y mal fario.
En la obra de William Shakespeare encontramos a menudo la figura de los córvidos como una sombra que se cierne, penumbrosa, sobre los personajes, como símbolo de muerte y crueldad, metáfora de la maldad y lo obscuro. En Macbeth, por ejemplo, es presagio de la fatalidad que está por acontecer. Dicen que ver un cuervo es un presagio, un mensaje del otro lado del velo, pero soñarlo es más inquietante, pues los cuervos son cercanos a ambos hermanos: al sueño y a la muerte, a Hypnos y a Tánatos.
Uno de mis cuentos preferidos de las recopilaciones de los hermanos Grimm −el que tuve el placer de recuperar para un relato en Donde las hadas no se aventuran− se titula Los siete cuervos y es profundamente simbólico. La historia parte de una premisa habitual, una pareja de campesinos que desean una niña y, finalmente, tras siete niños nace la pequeña tan esperada, pero es frágil y siempre está enferma. Un día, el padre manda a los hermanos a sacar agua del pozo, pero los niños quieren tanto a su hermanita que pelean por el cuenco y lo pierden en las profundidades del agujero. El padre, ante su tardanza, piensa que los chicos están jugando y han olvidado su recado, por lo que, ante su hija enferma los condena: «Ojalá fuerais cuervos», grita. La niña crece sana tras el suceso, nadie le habla de sus hermanos perdidos, hasta que por una conversación fortuita lo descubre y decide ir a buscarlos. De esta manera se inicia un camino de la heroína que la lleva a preguntar al sol, a la luna y a las estrellas, que la conducen a un castillo en una montaña de cristal, donde ha de cortarse el dedo meñique para poder entrar.
Volviendo a los vikingos, los cuervos tienen una relevancia crucial en las antiguas eddas escandinavas. Odín, el más antiguo de los dioses, llamado el sabio y padre de todos, siempre es representado con dos cuervos, uno en cada hombro: Hugin (a la derecha) y Munin (a la izquierda). De ahí que también se le llamara Rafnagud, dios de los cuervos. Pero Hugin y Munin no eran simples aves, eran una extensión de la conciencia de Odín, pues Hugin proviene de hugr, que en nórdico antiguo significa pensamiento, mente, y Munin proviene de munr que sería algo así como memoria o recuerdo. Los nórdicos no concebían el conocimiento como algo escrito y estático, inamovible, sino como un ente vivo que cambia y se mueve del ayer al hoy. De este modo, al hacer volar su pensamiento y memoria, Odín era capaz de pensar claramente y de viajar a cualquier lugar y momento para recordar, para ver lo que precisaba.
Según las historias, Odín los lanzaba a volar al amanecer y estos regresaban para susurrarle al oído todos los secretos de los nueve reinos. Hugin y Munin poseían una inteligencia sobrenatural, no volaban como cualquier ave sino que podían atravesar barreras entre mundos, hacerse invisibles o diminutos para colarse en cualquier lugar y reunión, eran capaces de captar el tejido mismo del destino. De esa unión nace la preocupación que Odín muestra en algunos poemas antiguos, cuando estos se retrasan o han de recorrer sendas peligrosas. Los navegantes vikingos ponían la imagen del cuervo en sus velas para garantizar la buena fortuna y durante la batalla, cuando veían sus alas negras en el cielo sabían que Odín los observaba y estaba valorando quién merecía ir al Valhalla.
George R.R. Martín aprovecha muy bien todas estas facetas del cuervo en su saga Canción de hielo y fuego, que muchos conocen por la serie Juego de tronos. En sus libros, así como en la pequeña pantalla, reconocemos tres facetas de nuestro amigo oscuro: en primer lugar tenemos al cuervo mensajero; en segundo lugar, tenemos una figura clave en su mitología, el cuervo de tres ojos que guía a Bran Stark, conectándolo con la magia antigua; y, finalmente, el apodo despectivo para referirse a la Guardia de la noche, aquellos que vigilan el gran muro. Fijémonos, sin embargo, que la Guardia vigila el muro que conecta el mundo antiguo, el de la magia y la muerte, con el mundo actual en el que viven los personajes.
Y es que el cuervo es un ave sumamente inteligente, capaz de utilizar herramientas, reconocerse en un reflejo, y recordar amigos y enemigos. Pero también es un ave carroñera y oportunista −en realidad omnívora, como nosotros−, presente allí donde la muerte se encuentra. En la mitología celta volvemos a encontrarnos con los cuervos, esta vez acompañando a la diosa Morrigan, diosa de la guerra, la muerte y el destino.
De hecho, los córvidos son omnipresentes en la historia humana, desde sus mitos y leyendas hasta su literatura. En Don Quijote de la Mancha, obra de Miguel de Cervantes, nombra a este ave cuando recuerda una leyenda que asegura que el rey Arturo no murió, sino que se convirtió en cuervo, a la espera de regresar para ocupar su lugar. También lo encontramos en muchos cuentos rusos de la cultura eslava, recogidos por Alexandr Nikoláievich Adánsiev. En ellos hallamos de nuevo al ave de alas negras, pero aquí es el ayudante del héroe y, en algunas ocasiones, es engañado por el propio héroe para alcanzar el final de su búsqueda, como el momento en que Iván (el héroe de estos cuentos) necesita una pluma mágica para transformarse en cuervo y así volar para liberar a su madre y a la princesa de los tres reinos.
Los cuervos son símbolo de sabiduría y pensamiento, así como el guardián de las artes ocultas, asociado a la guerra y la muerte en algunas culturas, y creador del mundo en otras. Mensajero de dioses y también símbolo de mal agüero. En Jonathan Strange y el Sr. Norrell, de Susanna Clarke, nos reencontramos con las alas negras en el Rey Cuervo, una figura legendaria central en la novela, ya que es el mago que llevó la magia a Inglaterra. Este es el punto de conflicto de la historia, pues Jonathan está obsesionado por la magia, mientras que el Sr. Norrell desea suprimir ese legado salvaje. Esto me recuerda a los cuervos de la Torre de Londres, una leyenda bastante reciente pero que no deja de ser interesante. Según cuentan, Carlos II, en el S. XVII, emitió un decreto real según el cual en la torre debe haber siempre seis cuervos (más sus reemplazos), puesto que si estos desaparecieran o salieran volando, la Corona caería y con ella todo Gran Bretaña.
En las religiones de origen indio, como el budismo o el hinduismo, el cuervo es un ser protector llamado Dharmamahakai, relacionado con la cognición y con los augurios. Nosotros lo vemos como un ave de la noche, relacionada con la muerte, pero para muchos pueblos es un ave solar. Según la tribu Tlingit de Canadá, el cuervo fue quien dio el fuego al hombre y también puso en curso al Sol y la Luna. En algunas mitologías de Asia existe un cuervo de tres patas que representa el amor familiar y se pinta de el color rojo. En China, este cuervo es llamado Sanzuniao y en Japón es Yatagarasu, protector del Emperador, enviado por los dioses. En México, el Cacalotl no solo está relacionado con el sol, sino que también con lo oculto, pues puede viajar al inframundo y regresar. En Japón también conserva esta doble imagen, que podemos encontrar en múltiples poemas dedicados a la muerte.
En muchas culturas los cuervos simbolizan el viaje de un mundo a otro, la comunicación entre ellos y el traspaso a la otra vida −a través de la muerte o del sueño. En la India un cuervo llamado Mahabharata es el mensajero de la muerte y en Norteamérica es el ave que guía las almas al otro mundo y, cuando un inocente es asesinado y vaga sin descanso, el cuervo lo puede traer para tomar venganza. Una imagen que puede recordarnos al cómic de James O’Barr, The Crow, que fue llevado a la gran pantalla en 1994.
Cuentan que Edgar Allan Poe se basó en la mascota de Charles Dickens, un cuervo llamado Grip, para dar forma a su propia ave en El Cuervo, uno de sus poemas más conocidos, que se inspira en mitología clásica, con referencias a personajes como Palas Atenea, y nos habla del conflicto entre el deseo de recordar y olvidar −recordemos a los cuervos de Odín−, y durante esta aflicción por la pérdida del ser amado, llega un visitante inesperado, un mensajero del más allá con solo dos palabras en el pico: «Nunca más».
Ya sea un viajero entre mundos, un protector o símbolo de malas noticias, no debemos olvidar que para algunas culturas también es el creador del mundo. Según la mitología inuit, de Alaska, descendió del cielo para crear la tierra firme, después creó a los hombres y los animales con arcilla y, finalmente, tras enseñarnos el arte del fuego, regresó a los cielos.
Si os habéis quedado con ganas de más córvidos, el escritor y periodista argentino Jorge Fondebride ha publicado Los cuervos en la historia, un ensayo sobre la fascinación y la compleja imagen de estas aves omnipresentes a lo largo de la historia de la humanidad y también podéis escuchar el programa que dedicamos a los cuervos en Librújula (((podcast))).
Y para cerrar este recorrido por la figura del cuervo en la literatura, yo me quedo con un fragmento de Els alats / Los alados, de Elisabet Riera: «Al principio, los hombres eran inmortales, dice una leyenda de los kikuyus de Kenya. Para confirmar este estado de las cosas, Dios les envió un camaleón con la misión de transmitirles este mensaje: “Se ha decidido que el hombre sea inmortal”. Sin embargo, tras pensarlo, Dios cambió de opinión y envió un segundo mensajero, un ave portadora de un destino contrario: “El hombre deberá morir”. Cuando el pájaro llegó, el camaleón ya estaba allí. Lamentablemente, como que tartamudeaba, antes de que tuviera tiempo para decir lo que quería, el ave tuvo de sobras para decirlo todo de una tacada: Los hombres han de morir y no volverán nunca bajo la misma forma. Quizá sea por eso que algunos pájaros, como a los búhos o los cuervos, se los considera de mal agüero y se los relaciona con cementerios y difuntos, pero también con la vida eterna. La historia de la muerte y la resurrección es la historia de las alas.»










