La portorriqueña Marta Aponte Alsina publica en la editorial Candaya “La muerte feliz de William Carlos Williams”, un acercamiento poético y libre a la vida de la madre del poeta, originaria de Puerto Rico, y a la del propio Williams, uno de los poetas más reconocidos de la literatura norteamericana.

Texto: David PÉREZ VEGA

 

De Puerto Rico solo había leído hasta ahora el libro Mundo cruel de Luis Negrón, así que cuando vi que La muerte feliz de William Carlos Williams, una de las novedades de la editorial Candaya, estaba escrito por Marta Aponte Alsina (Cayey, 1945), que era de Puerto Rico sentí curiosidad por leerla. En Puerto Rico se habla y se escribe en español, pero al ser un país pequeño y asociado a Estados Unidos es difícil que algo de lo que allí se produce llegue a España. Además Olga Martínez, una de las editoras de Candaya, me habló muy bien de este libro.

William Carlos Williams (Ruthenford, Nueva Jersey, 1883 – 1963) es uno de los poetas más reconocidos de la literatura norteamericana y su curioso nombre se debe, en parte, a que su madre era originaria de Puerto Rico, y su hermano (uno de los tíos del poeta) se llamaba Carlos. Marta Aponte Alsina se plantea en esta novela indagar en la vida de Raquel, madre del poeta. Por lo indicado en el propio texto, la autora ha investigado sobre la vida de la familia Williams, pero en gran medida lo que lleva a cabo en La muerte feliz de William Carlos Williams es un acercamiento poético y libre a la vida de Raquel, portorriqueña como ella y mujer con aspiraciones artísticas (quiso ser pintora), y también a la vida de su hijo, William Carlos.

La novela empieza con William Carlos golpeando impotente el teclado de su máquina de escribir. «Tiembla. De un puñetazo feroz, hunde las teclas de la máquina de escribir. La luz lunar rebota de un lado a otro. El ático se inunda de resplandores.» (pág. 9). «El abismo de la locura de la madre no da señales de cerrarse. Lo persigue al lugar más alejado de la casa.» (pág. 10), William Carlos ha de enfrenarse al hecho de que va a ingresar a su madre anciana en un asilo. Esta es una escena recurrente en la novela, a la que se retorna en varios momentos. Aponte Alsina va a reconstruir la vida de Raquel, la madre, desde su infancia, pero de forma reiterada volverá al día en el que su hijo, el poeta William Carlos, va a dejarla en una residencia de ancianos.

La novela nos acerca en primera instancia a la figura de Williams Carlos y se nos dan algunos datos que, imagino, se podrán encontrar en su biografía, como por ejemplo que detestaba al también poeta norteamericano T. S. Eliot. Pero, además, a través de la búsqueda de la autora en las obras de William Carlos se indaga en la relación del poeta con su madre Raquel. «No confía en el hijo, pero respeta al médico que hay en él.» (pág. 11). En otro momento se nos dirá que William Carlos escribió en una carta que su madre era una persona «severa y frívola».

El padre del poeta es un viajante de una marca de perfumes, y ha de estar largas temporadas fuera de casa, vendiendo su producto por Latinoamérica. También se nos dice que la familia del poeta, que escribía en el dorso en blanco de papeles de lo más variados, pertenece a una familia llena de secretos.

«Es poco lo que sabemos de Salomón Hoheb.», leemos en la página 23, cuando Aponte Alsina empieza a hablarnos de la vida del padre de Raquel. En la página que describe su vida usa verbos como «Supongamos» o, poco después, «Imaginemos». Salomón era un comerciante en el puerto de Mayagüez, ciudad de Puerto Rico donde nació Raquel. Salomón muere cuando Raquel es una niña, y ésta se aficiona al piano.

Mientras Aponte Alsina habla de Raquel y su familia, también hace apuntes sobre la suya propia. Por ejemplo, leemos en la página 33: «Resido en una isla pequeña de nombre optimista. La isla donde nacieron Raquel y mi madre; la isla donde nació y murió mi abuela Fermina.»

Raquel pasa una temporada viviendo con una prima en París, Alice Monsanto. Y allí deseará convertirse en pintora, mientras en las calles aún se sienten los estertores de la violencia ejercida contra el movimiento revolucionario de la Comuna de París en 1871.

Y de París, la autora vuelve al día en el que William Carlos ha de ingresar a Raquel en una residencia. Alsina escribe sobre el poeta: «Escribe porque sí. Además piensa, con candor, que en su oído se aposenta el lenguaje americano, el lenguaje de los Estados Unidos de América, y que ese lenguaje podría ser lo más parecido a una máquina, a un automóvil, si no fuera porque las máquinas son coherentes, y el lenguaje americano es más afín al corcho que en las tabernas recibe los dardos de los borrachos, o a una puta que recibe leches universales. Escribe porque es importante darle alma a los automóviles. Y a los trenes.» (pág. 50) En este párrafo se puede observar el aliento poético con el que está escrita esta novela. Yo de William Carlos Williams solo he leído un libro, el titulado Cuadros de Brueghel, y fue hace ya mucho, y ya no lo recuerdo con precisión, pero sospecho que Aponte Alsina quiere emular en muchos párrafos de su prosa la cadencia de los poemas de Williams.

Me ha llamado la atención que en la página 137, la autora hace comparecer en su novela a mi querido Roberto Bolaño, y evoca unas palabras que este le dedica a William Carlos en Estrella distante.

Hacia el final de la novela, Aponte Alsina habla de forma más abierta que hasta ahora de su familia en Puerto Rico. «Se me ocurre que en esta novela ajena es el lugar donde descansarán lo que me toca de los restos de Fermina.», escribe en la página 169, y un poco antes nos cuenta que estuvo indagando sobre sus orígenes familiares en censos de la isla. Tengo la impresión de que Aponte Alsina en algún momento planeó la idea de escribir sobre su familia y acabó pensando que escribir sobre la del famoso poeta norteamericano y sus orígenes caribeños podía ser más interesante.

«Mi abuela pilaba café en la isla cuando William Carlos visitaba, del brazo de Ezra Pound y Marianne Moore, el observatorio astronómico que tenía a su cargo el padre de Hilda Doolittle  en Pennsylvania. Mi abuela desgranaba gandules el día que Marcel Duchamp y Man Ray visitaron a los Williams en Rutherford. James Joyce y Nora Barnacle cenaron con los Williams en el parisino Trianon la noche que mi abuela sintió en sueños el bamboleo del barco donde su hijo mayor emigraba a Nueva York. ¿Servirán para algo estas conexiones? ¿Son reales? ¿Importan?» (Pág. 180). Posiblemente en este párrafo, correspondiente con el tramo final de la novela, se encuentren algunas de sus claves compositivas.

A mí, en principio, me interesan las indagaciones literarias que un autor hace en su propia familia o en la vida de personajes famosos. Diría que he sentido más interés en esta novela en las páginas en las que la autora hablaba sobre el poeta William Carlos Williams, que cuando hablaba de Raquel, su madre. De hecho, me ha aparecido leer alguno de los libros de poesía de Williams, y he buscado algunas de sus composiciones en internet. Quizás las páginas sobre Raquel no me han acabado de llenar porque el personaje no me parecía lo suficientemente interesante o no encontraba el suficiente misterio en su vida. Es decir, cuando, por ejemplo, el autor guatemalteco Eduardo Halfon habla sobre su gran familia judía latinoamericana, habla de personas que, en primera instancia, son anónimas, pero consigue crear un misterio en torno a ellas, y esto hace que la trama de la novela avance y se capte el interés del lector. He sentido que Aponte Alsina no conseguía crear un misterio, o una trascendencia, en torno a la figura de la protagonista de su libro, Raquel, y que esto lastraba la construcción novelística del libro. En decir, me ha parecido que La muerte feliz de William Carlos Williams no posee una estructura novelística que haga que el lector se interese por su personaje principal. Sin embargo, sí que me han cautivado algunas páginas concretas, que tienen la fuerza y el impulso de un poema. El lenguaje de la novela es muy bello y está muy trabajado.

Como anécdota, puedo contar que, cuando comenté en mis redes sociales que estaba leyendo este libro, lo celebró con mucho entusiasmo la escritora argentina, y residente en España, Viviana Paletta, que me escribió «¡Una maravilla!». Paletta es principalmente poeta, y entiendo desde aquí su entusiasmo. Así que, principalmente, recomendaría La muerte feliz de William Carlos Williams a aquellos lectores que aprecien en una narración, aunque sus diversos capítulos no avancen al ritmo convencional, su carga poética y la belleza del lenguaje.