“Una casa llena de gente” es la presentación en España de la escritora argentina Mariana Sández

Texto y fotografía:  Antonio ITURBE 

 

Se publica por primera vez en España a Mariana Sández, escritora y gestora cultural argentina que tiene una mirada muy penetrante sobre las cosas. En “Una casa llena de gente” nos muestra cómo Charo se muda con su familia a una nueva casa, un piso en un edificio que se convierte en un microcosmos. A Charo, que quiere dedicarse a escribir teatro, le fascina observar a distancia las vidas de algunos de esos vecinos, como si asistiera a una función teatral. Pero en esa indagación de las vidas ajenas encontrará cosas asombrosas de quine menos espera: su propia madre. La visita de Mariana Sández a España nos permitió compartir con ella café y conversación una tarde fresca en la librería Casa Usher de Barcelona.

Una comunidad de vecinos no parece el escenario más glamuroso. ¿Por qué ese lugar para contar la historia de Charo?

Me gustan las situaciones en que un grupo humano que viene de distintos sitios, se reúne en un lugar y queda atrapado. Me encanta ver cómo reaccionan al quedar embotellados en un espacio con gente extraña con la que estás forzado a vivir. Recuerdo que en las primeras semanas de la pandemia del covid un crucero quedó sellado sin que sus pasajeros pudieran bajarse y me imaginé toda esa gente ahí: han de surgir alianzas, odios, sospechas… Una comunidad donde uno escucha a los vecinos a pesar no querer escucharlos o llegar a acuerdos con quien no te llevas por el bien del edificio es un lugar donde se ponen marcha muchas pasiones humanas.

La madre de la protagonista es escritora y el padre psicoanalista. Le dice su padre que va a salir detective o espía. ¿Un escritor también es un espía de emociones?

Sí, aunque sin ser siempre consciente. El espiar se convierte en una costumbre, se incorpora de forma natural. Sin que sea algo planificado, estás prestando atención a muchas cosas en tu entorno. La literatura, a la manera de Vila-Matas, es una actividad de espionaje de lo cotidiano.

¿Charo qué busca cuando observa las ventanas de enfrente?

Es una chica muy curiosa. Otros no son así, prefieren no ver porque lo que ven les provoca más miedo. Pero ella es más arrojada, incluso más temeraria y por eso termina ocurriéndole lo que le ocurre. Siempre imaginé a Charo más osada que la madre, que es más miedosa y más oprimida. A veces pasa que padres oprimidos o vencidos dan lugar a gente muy atrevida.

Charo se dice a sí misma con esos padres tan intelectuales: a mí no me van a garrar con esto de la literatura, me tienen harta con los libros… pero es como si no pudiera escapar de su destino.

Ella no quiere ser como ellos, pero es cierto que termina engarzándose ahí, si bien no en el camino lineal sino encontrando otra manera a través del teatro. Creo que las personas somos así, tratamos de no parecernos, de buscar la vuelta, no ser igual a los padres. Tengo libro de cuentos en Argentina que se llama Algunas familias normales donde se muestra a algún personaje que se sale de la ruta marcada por los padres. Pero al querer escapar de la línea de sus padres acaba haciendo un gran recorrido para volver donde estaban los padres

Su madre le llama a Charo “la chica de las vidas prestadas”. ¿Hay en ese afán por observar a los demás algo del mundo del teatro y la vida como representación?

A ella le gusta sacar deducciones de la gente. Se hace un identikit muy subjetivo de la gente donde con las cosas que ve y con las cosas que interpreta de ellas. El teatro le permite a Charo representarse las vidas de otros personajes, por eso la literatura es una casa llena de gente, es un arca de Noé.

A veces vemos el teatro como algo separado de la novela, pero es género literario igual…

A mí me encanta leer teatro, leo un montón. Me gusta leer obras tanto o más que verlas representadas.

Los personajes utilizan las expresiones y hablan como se hablaría en las calles de Buenos Aires. ¿crees que es positivo para un lector español sacarlo del castellano estándar?

Yo pedí a editorial Impedimenta que me dejaran el lenguaje tal cuál y estuvieron de acuerdo. Es importante para no cambiar el sentido. Nuestra manera de hablar dice mucho de los personajes. Si cambias eso cambias la historia.

Se dice en el libro: “La vida no es sueño, la vida es juego”…

Cuando escribo necesito jugar, es como si no hubiera tenido bastante juego en la infancia. Para mí escribir y leer es jugar. Jugar en esta novela con el lenguaje, con la estructura coral en diferentes voces. A veces sentía que era como dirigir una orquesta. Podría haberlo hecho lineal, pero eso me habría aburrido. A la vida hay que ponerle humor, ver las cosas del revés, tratar de cambiar ciertos automatismos que tenemos y darnos la vuelta.

¿Hay que sacar la literatura de cierta hornacina y quitarle solemnidad?

A mí los autores que más me gustan, cuando reviso hacia atrás, tienen que ver con el humor y lo lúdico: Cortázar, Vila-Matas, Clarice Lispector, Perec, Raymond Quenau, Silvina Ocampo… De Camus me gusta el absurdo, el humor y el existencialismo, esa angustia rodeada de humor negro. Otro que me ha fanatizado es Stephen Dixon. Es gente que juega mucho con la forma. No me atrae el terror ni lo sórdido solemne, sino que me atrae lo que se enfrenta a lo solemne. Había leído a Jane Austen hace veinte años, pero ha sido al volver a leerla ahora que me he percatado de el humor, nivel de ironía y sátira social de esa mujer. Me encanta Valle-Inclán, Unamuno, Gómez de la Serna… igual que Duchamp hacen del arte una obra viva, que se lleva puesta, y eso es también una forma de jugar.

Hay secretos esa madre aparentemente borrada en su protagonismo tiene sus golpes ocultos. ¿Las personas observadas al microscopio somos sorprendentes?

El otro libro, Algunas familias normales se encabeza con una frase de Caetano Veloso: nadie es normal. Es inevitable tener secretos, nunca vamos a llegar a conocer a fondo lo que hay en la cabeza del otro aunque vivas cuarenta años al lado, es imposible. Siempre hay una reserva de individualidad.