Katerina Poladjan: “Sentirse extraño forma parte de la propia experiencia de existir”

La escritora y actriz rusa de raíces armenias Katerina Poladjan publica «Hic sunt leones» (Armaenia Editorial).

Texto: David Valiente

 

Los libros sirven a fines culturales o alimentan los vacíos de conocimiento, aunque también tienen memoria, y aquella no solo se vislumbra en las ideas que contienen. Sus lomos, sus portadas y contraportadas, esa línea hecha sin querer a lápiz que recorre el lateral de las hojas transmiten información valiosa. Es una especie de lenguaje que solo unos pocos privilegiados saben comprender y que revela datos de todos los dueños anteriores, que tiempo atrás lo sostuvieron entre sus manos bien fuera para adentrarse entre sus páginas, como el aventurero que surca la sofocante selva amazónica, o bien para ojearlo sutilmente sin una pretensión intelectual definida ni la intención de sentir delectación con cada párrafo que deja atrás el campo visual. Esa huella solo desaparecerá cuando algún lector-verdugo se canse de verlo en su estantería y lo condene al descanso eterno de las fábricas de reciclado de papel o directamente se desvencije en miles de partes.

Helen Mazavián, protagonista de la novela Hic sunt leones (Editorial Armaenia), restaura libros armenios y encuentra en ellos mucho más que caracteres antiguos. Sus ganas de formarse como restauradora la llevan a Armenia, tierra de sus antepasados, a aprender la técnica de encuadernación del país. Allí, tras una serie de acontecimientos, emprenderá la búsqueda de sus raíces. En la novela la historia de Helen se intercala con la de dos hermanos armenios, Anahid y Hrant, quienes huyen del genocidio promovido por los jóvenes turcos. Aun con un siglo de diferencia, las vidas de los tres personajes se comunican a través de las décadas.

La autora de Hic sunt leones es la también actriz Katerina Poladjan (Moscú, 1971), una mujer versátil en cuanto a las expresiones artísticas se refiere. De niña emigró con sus padres al lado capitalista del continente, creciendo entre las ciudades de Roma y Viena. Actualmente reside en Alemania. Ha recibido nominaciones a premios importantes en el panorama europeo, como el Premio Alfred Döblin y el Premio de la Literatura de la Unión Europea. Este año ha sido galardonada con el Gran Premio del Fondo de Literatura Alemana. Además de la novela, cultiva el ensayo, poesía y la literatura de viajes.

 

Hic sunt leones es su tercera novela, ¿qué le hizo interesarse por el genocidio armenio, Armenia, sus gentes y sus libros?

Helen, la protagonista de la novela, en algún momento de la historia dice llevar su apellido armenio como un sombrero viejo que ni siquiera se quita para cenar. Mi padre es un armenio nacido en Moscú y mi abuelo procedía de la costa del mar Negro, donde, siendo niño, vivió la catástrofe que los armenios conocen como aghet (palabra armenia que significa desastre que emplean para nombrar el genocidio armenio). Por lo tanto, existen conexiones biográficas con el país que despertaron mi interés. En cuanto a los libros, en mis viajes a Ereván pude conocer el trabajo de restauración de volúmenes en el archivo local de manuscritos antiguos. Mientras observaba a los restauradores realizar su labor, sentí una profunda impresión y recordé mis propios esfuerzos por hallar historias narrables de la infinitud de la historia. Sin duda, resultó una coincidencia feliz, descubrí que Helen debía ser restauradora porque, cuando trabaja en la restauración de la vieja Biblia, no solo reconstruye un objeto, sino que indaga también en las capas históricas, es decir, da una nueva vida al objeto y hace legible su intrahistoria.

 

Algunos de sus personajes son emigrantes. Usted misma lo fue. ¿Hay en ellos un reflejo de las emociones que ha experimentado en los países que vivió?

La historia de la humanidad se ha compuesto de personas que siempre han estado en movimiento: han partido de un lugar y llegado a otro, donde, en principio, se han sentido extraños. Pero también creo que un individuo puede sentirse como un extraño en su entorno de toda la vida, sin necesidad de hallarse en otro sitio. Por este motivo, soy de las que dice que esa sensación forma parte de la propia experiencia de existir. Si me baso en mi vivencia, he sentido lo que significa encontrarse de pronto en un entorno completamente nuevo sin saber el idioma, porque a finales de los años setenta, mis padres tomaron mi mano y me condujeron a través de una rendija del Telón de Acero, a un mundo completamente desconocido para mí.

 

En los antiguos mapas, hic sunt leones marcaba los lugares donde empezaba lo desconocido. En su novela, ¿dónde están hoy esos territorios sin nombre?

Tales áreas se encuentran en todas partes, incluso en nuestras propias almas. Esos lugares asustan porque aún no hemos tratado lo suficiente con ellos. Lo desconocido inquieta, y probablemente de aquí provenga mucho del resentimiento y el prejuicio que existe en la naturaleza humana. Las personas perdemos ese terror cuando nos atrevemos a tocarlos y nos dejamos tocar por esos lugares y cosas.

 

En su novela, Helen interactúa con su pasado y el de su familia. ¿Cómo concibe usted ese tiempo pretérito?

La esencia del pensamiento y los sentimientos humanos se basa en la capacidad de recordar. Es imposible dejar de recordar, solo hay dos opciones: negar u olvidar lo vivido. Los recuerdos pueden tener efectos negativos, incluso llegar a traumatizarnos, y despertar la sed de venganza. Pero más allá de eso, la memoria se erige como uno de los pilares de la humanidad y es también necesaria si queremos sentir compasión. Solo esto último ya es razón suficiente para preservar las huellas del pasado.

 

Ararat es una montaña omnipresente aunque se pierda detrás de una atmósfera cubierta de polvo y niebla…

Ararat no deja de representar un símbolo cuya importancia para los armenios es muy difícil de medir. Asimismo, es un lugar mitológico: allí se dice que, tras el diluvio, el Arca de Noé encontró tierra firme. Sin embargo, el significado mitológico y simbólico existe principalmente en nuestra imaginación, solo se hace visible en ese mundo abstracto. El Ararat invisible en Hic sunt leones representa esta intangibilidad.

 

Vardán anuncia en una fiesta que va a emigrar a Suecia con a las siguientes palabras: “Abandono un país que amo por encima de todo, pero que no corresponde a mi amor”. ¿Cree que es el sentir de muchos armenios?

Quizá sea presuntuoso de mi parte hacer la siguiente afirmación, pero creo que otros armenios tienen el mismo sentimiento que Vardán, quien, debido a su condición sexual, se enfrenta a una visión muy tradicional de la familia y tiene que soportar el rechazo y la falta de aceptación.

 

En Hic sunt leones se refleja la tensión latente entre los armenios del país y los armenios de la diáspora. ¿Qué le interesaba de ese desencuentro dentro de una misma identidad?

He conversado con armenios de dentro del país y de la diáspora y he podido percibir esta tensión. Sin embargo, creo que es resultado fundamentalmente de la concepción identitaria nacional, que divide el mundo en dos partes, una interior y otra exterior.

 

Dos años después de la publicación de su libro se produjo un enfrentamiento entre Armenia y Azerbaiyán por Nagorno Karabaj. Este año ambos países han firmado un acuerdo de paz. ¿Qué lectura hace de la situación?

Siento simpatía por las personas que se vieron involucradas en este conflicto y creo que el desplazamiento de personas es una terrible injusticia. En principio, recibo con beneplácito cualquier acuerdo de paz, pero me siento incapacitada de hacer una evaluación informada de los acontecimientos actuales. Para mí, es importante contar la historia de uno de los mayores crímenes de la humanidad sin sucumbir a las imágenes horribles que a menudo me dejaron sin aliento durante la investigación. El silencio del recuerdo fue más importante para mí que los gritos estridentes de acusación, dolor y rabia. Y si he logrado abrir una pequeña ventana al recuerdo, me siento plenamente satisfecha.