La reportera polaca Katarzyna Kobylarczyk (Cracovia 1980) nos habla del olvido de los muertos que fueron asesinados durante la guerra civil española y el alto precio que eso supone para nuestra sociedad en Costras. España hurga en sus heridas.

Familiares de víctimas junto a una excavación. Katarzyna Kobylarczyk

Texto: David VALIENTE

  

Impresiona que una periodista polaca haya escrito un libro sobre nuestro pasado más reciente y doloroso. “En realidad no debería ser así. Una compañera muy culta, que había leído mi libro, me dijo que había tratado un tema universal. Antígona también quiso dar sepultura a los restos de su hermano aun cuando su tío se oponía a ello”, corrige Katarzyna Kobylarczyk. Katarzyna es oriunda de Polonia y recientemente ha publicado en español Costras (Crítica), un libro traducido del polaco donde, mediante el reporterismo, se intenta explicar “por qué, aun conociendo la localización de las fosas comunes durante la guerra, no se ha hecho nada por exhumar los restos”.

Su interés por este tema surgió en 2009 mientras ella residía en Cartagena tratando de aprender español para hacerse un  hueco en el mundo del periodismo, su vocación. “Es muy difícil ejercer de periodista en España si no dominas el idioma, por eso leí muchos libros de historia, artículos, noticias…Un día me topé en El País con una nota sobre las exhumaciones en Milagros, pensé que era la única oportunidad que tendría para meterme a fondo en el asunto, así que me puse en contacto con los arqueólogos”. Katarzyna estaba inocentemente convencida de que esa sería la última fosa del franquismo que se exhumaría, “pero me equivoqué, es de las primeras”.

Su intención original era escribir un breve artículo con algunas reflexiones, pero a la hora de sentarse delante del ordenador se dio cuenta de que tenía más preguntas que respuestas. “No era capaz de entender por qué después de tanto tiempo en un país democrático y miembro de la Unión Europea no se había hecho frente a la parcela más oscura del pasado dictatorial”.

Los hechos requerían de una mayor investigación y más espacio para narrar todo lo concerniente a las fosas comunes. De esta inquietud nace Costras, un título que necesita una explicación más detallada porque, cuando nos referimos a los asesinados por el franquismo, en España empleamos la palabra “heridas”: “Son heridas muy viejas que quieren cicatrizar, pero hay algo que lo impide; por ese motivo empleo el término ‘costra’, es incómodo, no puedes olvidarte de ella”, explica la periodista.

Durante la entrevista me confesó que fue mucho más fácil de lo que habría creído en un primer momento presenciar la apertura de una fosa común: “Leí muchos libros sobre las exhumaciones en Bosnia-Herzegovina. Esto me preparó psicológicamente”. Lo que sí le sorprendió gratamente fue descubrir lo abierta y acogedora que era la gente que removía  la tierra en Milagros: “Desde el primer momento me acogieron con mucha calidez, me permitieron ver los huesos y cómo trabajaban. En Polonia me hubiera sido imposible. En mi país estos procesos se gestionan con mucho hermetismo, sin la presencia de periodistas”.

De las historias que ha registrado en su libro, sintió una especial empatía por Luz, Consuelo y Dolores, las hijas del ferroviario de Milagros. Ellas tenían miedo a la detonación de las armas. “Me emocioné mucho cuando escuché esta historia porque tengo dos hijas pequeñas. Además, es una narración muy simbólica, la gente sabía que se estaba matando a gente allí y callaban”.

¿Por qué el mutismo cuando ya ha pasado tanto tiempo desde la muerte del dictador?

Hay dos posibles explicaciones: una de ellas es que heredes de tus abuelos y tus padres un miedo cerval que anide en tu mente y tu alma, impidiendo cualquier tipo de actuación. La otra explicación tiene que ver con la indiferencia de las personas, mucha gente ha perdido el interés por las historias que cuentan la destrucción de una familia, no quieren oír nada del pasado, solo vivir el presente. En muchas ocasiones, la indiferencia puede herir más que el propio miedo.

Algunas de las personas que hoy reclaman justicia y la exhumación de sus difuntos no conocieron a quienes yacen en las cunetas o en las fosas comunes, ¿qué les impulsa a pedir justicia?

Hay algo atávico dentro del ser humano que nos impulsa a ello. Es la misma fuerza universal que impulsó a Antígona a  enterrar a su hermano y a guardar el debido luto; hablamos de una emoción más fuerte que la propia ley.

¿Qué sentido tiene buscar justicia cuando los asesinos ya están muertos?

A muchas de las personas que hoy reclaman justicia les dijeron que sus padres y sus abuelos habían sido asesinados por su mala conducta. Pero esta no es la realidad. Ellos no buscan reparaciones, tan solo que alguien les confirme que su antepasado murió inocente.

Por lo que cuenta, la idea defendida por la derecha de no rascar las heridas y dejar que curen solas es imposible.

Así es. Durante los años de la dictadura, Franco desplegó su aparato de propaganda y coerción para callar a las personas. Aunque la represión duró 36 años, no fue capaz de contener la verdad; y la derecha tampoco va a ser capaz de hacerlo por mucho años más que pasen.

La izquierda critica con mucha vehemencia esa actitud, pero ¿no es tan legítima como la posición de aquellos que quieren exhumar los cadáveres?

¿Conoces algún país donde mirar a otro lado haya sido un éxito? Porque yo no lo conozco. Te puedo dar una lista entera de nombres: Argentina, Polonia, Ucrania, Alemania… He hablado mucho con una periodista experta en temas de transición democrática sobre cómo un país puede evitar lo sucedido en Rumanía con su dictador, Nicolae Ceaușescu, que fue fusilado, y hemos llegado a la conclusión de que no existe ninguna transición perfecta y excepcional. Siempre se producen rencores porque hay personas con buena memoria que quieren hablar de lo sucedido, y no les puedes decir que no. Si algún Gobierno lo hace, esas mismas personas buscarán la forma de hacerse oír. Con esto no quiero decir que la idea de la derecha sea mala, pero solo funcionará en un mundo ideal.

En su libro nos habla de Juan Bautista Arnau Itarte, un hombre devoto y contrario a la violencia, que fue asesinado por los republicanos por el simple hecho de ser católico, ¿hubo injusticias en el bando republicano?

Tuve dudas: ¿era necesario hablar con los descendientes de las víctimas del terror rojo? Mucha gente me dijo que no lo hiciera, que ellos ya habían tenido su tiempo, tienen sus monumentos y sus condecoraciones. Pero yo no soy jueza ni historiadora, y el principal deber de un periodista es estar con las víctimas sin importar el bando al que pertenezcan. He de admitir que me costó hablar con ellos. Soy polaca y en mi país hay una serie de gestos y de símbolos que están perseguidos por la ley, me chocó mucho que esas personas los hicieran y los veneraran abiertamente. Superé mis prejuicios y me senté con ellos a que me hablaran de sus abuelos asesinados. ¿Sus abuelos, acaso, no tienen derechos?

Luego está el tema de los mártires, que usted expone en el libro…

Un mártir es aquel asesinado por odio de fe. También fue un tema complicado de tratar. Pregunté si las personas inocentes asesinadas por los nacionalistas eran también mártires; su respuesta fue que no podían ser mártires porque fueron asesinados por católicos, y eso, según ellos, no es odio de fe, un católico no puede odiar a otro de su misma religión. En este sentido, soy más partidaria de la línea de Hilari Raguer, un monje benedictino de Monserrat, que dijo: “La iglesia española ha sido hipersensible con sus víctimas y muy poco sensible con los otros, con las víctimas del otro bando”.

Da la sensación de que hay una actitud revanchista por parte de los dos bandos.

Si la guerra civil española enfrentó a las dos Españas, ahora estamos ante la lucha de dos memorias. Fausto Canales, uno de los entrevistados, entró en el Valle de los Caídos y pidió la  llave de la cripta a un monje al que también relató el asesinato de su padre por los nacionalistas. El monje entendió su tesitura, los republicanos mataron al suyo por alimentar a unas monjas. Esto es muy simbólico: ambos tienen una historia similar, se la cuentan cara a cara, pero no llegan a entenderse. Y quién soy yo para decirle a dos personas que se reconcilien con el verdugo de sus padres.

En el libro cuenta que son iniciativas independientes las encargadas de exhumar los cadáveres de las fosas comunes, ¿no debería hacerlo el Estado o al menos coordinar las diferentes iniciativas independientes?

Por supuesto. ¡Por Dios! ¡Qué son españoles! Ayer, en la presentación de mi libro, conté que el Gobierno de Dinamarca ha secado un trozo de su costa para salvar a un piloto británico que yacía en el fondo del mar desde que su avión fuera derribado durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Te lo puedes creer? Secar el mar por una persona que ni siquiera es tu compatriota.

¿Qué baches deben sortear quienes se dedican a investigar sobre este tema?

En mi caso, tuve que informarme sobre la Guerra Civil y durante el proceso descubrí que ambos bandos ideologizaban el discurso. Los historiadores no son capaces de decirme el número exacto de víctimas, ¿qué han hecho que todavía no lo han descubierto? Hay muchas versiones opuestas de un mismo acontecimiento; aún hay gente que afirma que la guerra fue necesaria para salvar la patria. Así me lo hicieron saber cuándo visité el cementerio de Mártires de Paracuellos.

¿Y las personas que exhuman los cadáveres?

Ellos por lo general deben afrontar la escasez de fondos. Hace unas semanas leí una noticia, no me acuerdo si fue en Salamanca, que decía que no podían finalizar una exhumación porque se quedaron sin dinero. Cuando el PP regresó al poder quitaron a las asociaciones los fondos públicos. Recuerdo que no pudieron terminar la fosa donde yacían los huesos del padre de Ascensión Mendieta y el Sindicato Eléctrico de Noruega obtuvo los fondos que faltaban de una colecta y se lo dieron a los investigadores.

El Valle de los Caídos, ¿monumento de conciliación o gran fosa común?

¡Una trampa que el señor Francisco Franco legó a la posterioridad! Le doy muchas vueltas y no encuentro ninguna solución adecuada. No creo que se pueda convertir en un museo con todos esos cadáveres y la simbología franquista en pie. Dudo mucho que las familias de los republicanos que tienen a sus muertos allí lo acepten. Uno de mis entrevistados, Nicolás Sánchez-Albornoz, propuso que fuera la misma naturaleza la que se comiera al monumento. Sin embargo, pienso en los miles de restos sin sepultura digna que también se tragará y no es justo.

El Gobierno de Pedro Sánchez sacó a Franco de su tumba, ¿qué le pareció su iniciativa?

Tarde o temprano había que sacarlo. Cuando se produjeron estos hechos, desde Polonia, parecía que el Estado se preparaba para una nueva revolución, pero no ocurrió nada.

¿Visto desde fuera, da la sensación de que España está al borde de una crisis político-social?

Se aprecia una lucha entre la memoria de los vencidos y la de los perdedores, pero lo que a mí más me preocupa, que referí antes, es la tremenda indiferencia de ciertas personas. Los sociólogos hacen encuestas y los datos revelan que la mayoría de la sociedad española está cansada de todo este asunto y no quiere saber nada.

¿Y no es comprensible con tanta instrumentalización de la clase política?

Has dado con la palabra clave: instrumentalización. La hace tanto la derecha como la izquierda y por eso si existe alguna posibilidad de reconciliación no la harán los políticos, sino la sociedad.

¿Cómo ha sido la repercusión de su libro en Polonia, un país también con muchas fosas comunes?
Es más interesante la relación de mi libro con Ucrania. Resulta que lo tradujo una chica joven y lo hizo sin que nadie se lo encargara ni recibiera por ello ningún dinero; lo hizo porque quiso. Antes de que comenzara la guerra, yo le pregunté: ¿por qué? Y ella me respondió: cuando volvamos al Donbás quién sabe lo que nos vamos a encontrar, posiblemente lo mismo que en España, muchas fosas comunes. Los hechos que cuento en mi libro no solo afectan a los españoles, son universales; mucha gente llegó a decirme que si hubiera cambiado el nombre de las fuentes y los lugares podría ser cualquier parte del mundo.