Julian Barnes, Premio Princesa de Asturias de las Letras 2026
El escritor británico, que acaba de ser galardonado con uno de los premios más prestigiosos de la cultura española, hizo pública su retirada hace unos meses, tras un diagnóstico de leucemia, que él describió como «tratable», lo que le ha hecho reflexionar sobre la necesidad de finalizar su carrera literaria de manera consciente. Su última novela se titula, precisamente, “Despedidas” (Anagrama).

Texto: Javier Aparicio Maydeu Fotografía: WanderingTrad
El recién galardonado Premio Princesa de Asturias de las Letras 2026, Mr. Barnes, se retira. Lo ha anunciado. Como hizo Philip Roth, retirarse anunciándolo. Despedidas (Departures) será su última novela. A partir de este momento no quedará más remedio que releerlo.
Epígono no indigno de Dickens y E. M. Forster por su aguda observación del comportamiento humano en la jaula social, francófilo empedernido, lector acérrimo de Flaubert (todo el mundo sabe que se reencarnó en su ficticio Dr. Geoffrey Braithwaite para estar cerca del autor de Bouvard y Pécuchet) y los maestros que escriben literatura mientras la piensan y la piensan mientras la escriben, admira a Delacroix y a Courbet pero sobre todo a los simbolistas y (pos)impresionistas, de Manet o Fantin-Latour a Cézanne, Redon, Bonnard o Braque. Seducido por ese cuadro enigmático de Félix Vallotton que es La mentira, una imagen que pide a gritos una novela de Barnes que ya no tendremos, se inventa su personaje Samuel Pozzi de El hombre de la bata roja solo porque quiso siempre ser un dandi disfrutando de los salones de la Belle Époque. Y su francofilia lo ha acompañado hasta el final: el primer capítulo de Despedidas rinde homenaje a la celebérrima magdalena de Proust y al universo de Combray… desde la neurociencia (sic). Sigamos hablando del asunto, no hay nada que temer. Fue lexicógrafo del Oxford Dictionary (Ejercicio: subrayen en rojo en sus novelas las palabras que honran la lengua inglesa y pronto agotarán la tinta), es un cuisinier de aquella manera (en El perfeccionista en la cocina se solivianta al ignorar qué demonios es una pizca), gran conversador desde un sillón de orejas (de terciopelo verde, como el del cuento de Cortázar), europeísta convencido, más amante de un buen Bordeaux que de la caza de zorros, figura central de esa pandilla de genios británicos de la novela que Anagrama dio en llamar el British Dream Team, con sus amigos Martin Amis y Ian McEwan a la cabeza a pesar de que el Nobel se lo dieron a Ishiguro.
Con el pseudónimo Dan Kavanagh ha publicado novelas policíacas, como hace el irlandés John Banville bajo la máscara de Benjamin Black. Y figura John Le Carré entre sus santos laicos de cabecera, porque en su vasta obra la frase “necesitamos saber” que tanto le gusta puede tanto referirse a quién es el asesino como a quiénes somos. Parece claro que Conan Doyle caló hondo en la educación británica y que sin crímenes no hay felicidad.
Cuando su esposa Pat murió, no pudo sino recordar aquella frase de Flaubert que nos enseña que todo es transitorio y que “tan pronto como llegamos a este mundo, comienzan a desprenderse pedazos de nosotros”. Es un tipo íntegro, no está para muchas gilipolleces, siempre ha sabido desarrollar anticuerpos contra el ego y, con razón, prefiere desentenderse de quienes se apresuran a decir ‘estuve con Julian en aquella ocasión’. Se diría que siempre ha sido un hombre adulto, tal vez por su flema tan inglesa, pero Mr. Barnes insiste en que sí hubo un tiempo en que acudía ansioso a las fiestas. Tal vez se confunda con Oliver, su personaje de Hablando del asunto. Como buen británico, no pierde la ocasión de reírse de su condición de británico, y si no que se lo pregunten a Jack Pitman, el megalómano Sir de Inglaterra, Inglaterra, que exacerba la sátira habitual de su propio creador. La muerte, la memoria (como guardiana de la identidad) y el amor en distintas texturas, en triángulo, en brazos de la mujer madura, en cueros, escindido en esposa y amante, amor constante más allá de la muerte…, del sentimiento considerado como una de las bellas artes, y la posibilidad de rehacer la propia vida, la obsesión por el estilo, la porosidad de los géneros, la ficción como una de las formas de la realidad, la autoficción no como alarde sino como necesidad, la aflicción como redención y otros apetitosos temas son los que han seducido, y nunca mejor dicho, a tantos lectores de tantos lugares a lo largo de tantos años.
Descreído hasta el extremo del ateísmo practicante, indaga sin embargo en la necesidad de la espiritualidad cuando la vida, acercándose a la muerte, se convierte en un tormento. En su entrevista para The Paris Review dejó claro que la literatura es un proceso de producción de mentiras que expliquen mejor la verdad que la realidad, y no hay duda de que ha consagrado su vida entera, desde que tardó siete años en escribir su primera novela Metrolandia, a saber mentir con eficiencia para poder así comprender el mundo comme il faut. Y aprendió pronto a mentir porque pronto leyó bien las mentiras resplandecientes de sus predecesores en eso que llamamos tradición literaria, y se podría decir que, como un funambulista, Mr. Barnes se mueve siempre entre textos literarios encaramado a un cable tratando de no perder el equilibrio, no vaya a ser que caiga irremediablemente en la realidad. Su interés por esclarecer la verdad de la condición humana lo conduce a tratar asimismo de entender cómo la literatura puede realmente esclarecerla, y su narrativa entra entonces en el dominio del ensayo y su ficción deviene reflexión sobre el oficio mismo de narrar, como sucede en sus jugosas disquisiciones acerca de la naturaleza del narrador en El loro de Flaubert, que uno se imagina escritas por un Mr. Barnes arrobado tanto por la técnica de la novela como por la copa de Burdeos que tiene a su derecha. Una vez le preguntaron si la novela es realista, y contestó, claro, diciendo que solo deja de serlo cuando se obsesiona con la teoría, como el nouveau roman, o se disuelve en lingüística, como en manos de Joyce, pero entonces deja de tener interés. En varias ocasiones ha elogiado al gran Ford Madox Ford, más allá de su francofilia compartida, por la habilidad del autor de El buen soldado manejando un narrador no fiable, figura de la retórica de la ficción que aprendió también de Nabokov y que constituye una de las muchas virtudes de Mr. Barnes, que por otra parte siempre ha leído a sus contemporáneos -Updike, Roth, Lorrie Moore, Simenon, Houellebecq- más como un crítico que como un colega, y por si fuera poco ha demostrado ser un sabio porque sabido es que rectificar es de sabios y Mr. Barnes se ha retractado de sus viejas reticencias hacia D. H. Lawrence, E. M. Forster o Iris Murdoch. Sepa, Mr. Barnes, que sus cambios de opinión son un ejemplo en estos tiempos de prepotencia en el uso de una verdad suprema por definición ambigua.
Gracias, Mr. Barnes, por hablar en voz baja pero escribir en voz alta, por echar de menos a Dios sin creer en él, por ser un hooligan de la corrección y de la reescritura ahora que todo cristo tiene prisa, y sobre todo por haberse leído de jovencito Madame Bovary y haberse dejado tentar para siempre por el demonio de la escritura. Ah, y mis condolencias por la pérdida de su estoico y anciano perro Jimmy.
Posdata: Me parece que Mr. Barnes aprobará con gusto que me permita anotar estos tres libros que me ayudaron mucho a conocer su obra antes de conocerlo a él: Vanessa Guignery, The Fiction of Julian Barnes, Palgrave , Nueva York, 2006; Vanessa Guignery y Ryan Roberts, Conversations with Julian Barnes, University Press of Mississippi, Jackson, 2009; Julian, Barnes, Through the Window. Seventeen essays (and one short story), Vintage Books, Londres, 2012.




