El escritor y periodista regresa al Tenerife de la posguerra donde conoció el bien y el mal en «Mil doscientos pasos»

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Texto: Javier PINTOR  Foto: Asís G. AYERBE

 

El tiempo de la infancia y la adolescencia es un territorio muy fértil para el escritor y son muchas las obras que han recreado de manera nostálgica y emocionante esta época tan trascendental de nuestra existencia. De hecho, en estos últimos años se han publicado con cierto éxito libros que retratan de forma espléndida este periodo vital. Estoy pensando en El balcón en invierno de Luis Landero, en Malaherba de Manuel Jabois, en Vozdevieja de Elisa Victoria, en La edad de tiza de Álvaro Ceballos o en La Bajamar de Aroa Moreno. En todos estos textos los escritores escudriñan en un pasado que se proyecta poderosamente hacia su presente.

Juan Cruz derrocha entusiasmo y una enorme vitalidad en sus múltiples ocupaciones. Es un enamorado de la cultura y un profesional infatigable que lleva cerca de seis décadas consagrado a la escritura literaria y periodística. Ha publicado más de cuarenta libros que se reparten entre ensayos, memorias, biografías, novelas y poesía. En su última obra, Mil doscientos pasos (Alfaguara, 2022), un recorrido sentimental por la infancia y la adolescencia, confluyen la memoria, la ficción narrativa y el aliento poético en muchos de los textos retrospectivos. Así, el barrio donde juegan Crispín, el Lanudo, Jero, la Pelirroja o Rafa queda definido como “esa fábrica de sueños de los que desperté sangrando”.

Sin embargo, resulta difícil rastrear ese carácter tan extrovertido y jovial de Juan, apreciable por los que lo conocen, con el retrato de ese joven tímido y temeroso que aparece diseminado a lo largo de las páginas de este libro. Un adolescente que observa con inquietud y curiosidad ese mundo de vileza en el que le ha tocado vivir. El narrador retrata un mundo de silencios, amenazas y conspiraciones en donde transcurre la vida de unos chicos de barrio que se afanan por sobrevivir y comprender algunos de los misterios que los acechan. Se reproduce en este libro una época de nuestra historia reciente marcada por las delaciones y el terror, “tapar el horror fue mi tarea, y sigue siéndolo”.

Juan Cruz regresa nuevamente al espacio y al tiempo de la infancia y la adolescencia en Mil doscientos pasos. El autor cuenta que estos mil doscientos pasos eran los que había desde la puerta de su casa hasta el mundo. Y ese mundo no era otro que el lugar que compartía con sus compañeros del barrio. Los descubrimientos y los juegos crueles de la juventud adquieren el significado de una revelación en la vida del protagonista. A ese espacio mítico regresa ahora el hombre experimentado para escuchar los ecos de su pasado, “buscando el sosiego que dicen que da el regreso”. Este libro tiene mucho de relato de formación y aprendizaje en donde se establece una dialéctica entre el bien, el mal y la violencia.

El componente autobiográfico es el germen de gran parte de la obra de Juan Cruz. Títulos como Crónica de la nada hecha pedazos (1972), relato inicial de un joven canario que se rebela frente al mundo; El territorio de la memoria (1997), Retrato de un hombre desnudo (2005), Muchas veces me pediste que te contara esos años (2008) o El niño descalzo (2015) revelan un interés de este autor por indagar en las vivencias y los recuerdos que han modelado su biografía personal. La reflexión de Rilke sobre la infancia como patria del hombre se puede aplicar sin ningún género de dudas a muchos de los textos que conforman la obra de Juan Cruz.

El narrador bucea en su memoria para intentar armar los retazos de un tiempo pasado que lo ha marcado de por vida. Juan argumenta que sus escritos y su manera de observar el mundo tienen mucho que ver con ese niño que algún día fue: “En otros tiempos volvía a casa y miraba esas líneas restantes, misteriosas reliquias de versos, y pasaba mi mano como si estuviera acariciando la piel de aquel muchacho que fui”. El autor desanda en este libro el camino para abrazar lo que había perdido.

Pero, como la memoria es también selectiva y limitada, el autor tiene que recurrir a la imaginación para construir su biografía personal. A este respecto Juan afirma que “la imaginación no es más que la memoria fragmentada”. Ficción y realidad se confunden en un texto que utiliza los mecanismos de la fantasía para reconstruir con veracidad episodios del pasado: “No sé cuánto tiempo llevo aquí, soportando la memoria como si fuera un dedal”. A través de esta historia íntima y personal se representa la memoria colectiva de todo un pueblo y de todo un país.

Juan Cruz ha sido capaz de universalizar lo local y de convertir el espacio minúsculo del barrio en un microcosmos que representa al mundo entero. Esta historia plantea una reflexión profunda sobre el ser humano y sobre aquellos episodios del pasado que han definido nuestra existencia.