Josep Ramoneda: contra el totalitarismo de la indiferencia
En su nuevo ensayo, «Poder y libertad: reflexiones en un cambio de época” (Galaxia Gutenberg)», nos advierte de que la aceleración tecnológica está cambiando lo esencial: la comunicación, la producción y la dominación. Cree que mirar a otra parte, parapetarse en la ignorancia sería la gran claudicación.

Texto: David Valiente Foto: Ari Nuñez
“Algunos de los textos que componen este compendio de ensayos los escribí en 2010, aunque los temas responden a las premuras del presente”, responde el filósofo, periodista y director de la revista La Maleta de Portbou y de la Escuela Europea de Humanidades de Barcelona, Josep Ramoneda, cuando se le pregunta si Poder y libertad: reflexiones en un cambio de época (Galaxia Gutenberg) es un libro de urgencia, de esos que se escriben en momentos de crisis multidimensionales. “Los dos primeros ensayos, Poder y Sobre la libertad, se terminaron poco antes de enviar el manuscrito entero al editor; otros se centran en analizar todo el periodo de cambio acelerado que ahora mismo está en curso”.
Este momento de transformación, según explica Ramoneda, “se debe a que el capitalismo de corte industrial ha sido desplazado por uno de tipo financiero, al que acompañan maneras diferentes de informarse. Si hace unos años la radio y la prensa componían la base informativa de los ciudadanos, ahora las redes sociales, muchas de ellas bajo el control de los grandes magnates, se han convertido en el nuevo espacio comunicacional. A estas dos transformaciones, se les debe añadir una aceleración tecnológica nunca antes vista que afecta a la velocidad a la que suceden las cosas: lo que antes ocurría en meses o incluso años, ahora se da en instantes”.
En este mundo cambiante y acelerado, ¿de qué podemos estar seguros?
De que tras la caída de la Unión Soviética y los cambios dentro de los sistemas democráticos occidentales, que han afectado al modelo de comunicación y a los patrones económicos, se ha producido una gran mutación que está dando como resultado situaciones completamente diferentes a las que estábamos acostumbrados. Debido a esto, se hace urgente reflexionar sobre una serie de conceptos vinculados a lo político y lo social: me refiero al poder, a la libertad, a la aceleración y al nihilismo. En la actualidad, la pérdida de la noción de límites llega a extremos considerables, ya experimentados en el pasado dentro de gobiernos totalitarios cuyos dirigentes apenas encontraban freno a sus actividades. Sin embargo, este fenómeno con el tiempo podría complejizarse y diversificarse. Los filósofos y periodistas podemos contribuir a mantener el debate vivo y hacer que los individuos sean conscientes de que los poderes fácticos procedentes de Estados Unidos tienen capacidad de influir en las sociedades. Esto no es algo anecdótico: es lo que está detrás de los cambios significativos de numerosos fenómenos actuales.
¿Cuándo se produjo este cambio?
El punto de inflexión tuvo lugar cuando en la década de los ochenta los equilibrios sobre los que se cimentaba el mundo contemporáneo se rompieron, produciéndose una serie de disrupciones de gran alcance y no todas negativas. Gracias a la aceleración tecnológica, por ejemplo, se han logrado grandes progresos en el campo de la salud y los cuidados. En el primer mundo, se ha conseguido sumar dos décadas a la esperanza de vida, aunque tampoco deberíamos perder la cabeza y caer en mitificaciones —especialistas en genética me han comentado que el techo biológico de nuestra especie no es superior a los 100 años—. Por lo tanto, tenemos motivos para afirmar que la historia reciente no ha sido tan horrible como algunos la describen.
También tiene sus connotaciones negativas.
Los sistemas políticos están experimentando un proceso de gran mutación. Ahora mismo, Francia representa un caso canónico de lo que digo. Emmanuel Macron empuja a su país hacia una sociedad neoliberal, siguiendo el proceso que comenzó Nicolas Sarkozy entre 2007 y 2012. Al final, el mandatario del Elíseo que parecía comerse el mundo ha resultado engullido por la ola neoliberal y sus funciones se limitan en la actualidad a las de salir en las fotografías. Macron se encuentra en un callejón sin salida; ni siquiera la convocatoria de nuevas elecciones le ayudaría a revertir la situación. Es muy probable que, si eso ocurriera, Marine Le Pen se convirtiera en la nueva presidenta de la República Francesa. Así que la opción que le queda es resistir hasta el final de su mandato. En el primer mundo, la continuidad de la democracia y del sistema de libertades está en serio peligro y no es una fantasía.
Bueno, pero en Francia, al menos, la ciudadanía está saliendo a las calles a protestar.
Sí, está mostrando su descontento. Sin embargo, la extrema derecha capitaliza este malestar, mientras a la izquierda europea le cuesta adaptarse al nuevo curso de los acontecimientos. Los partidos progresistas han experimentado ascensos espectaculares que han generado desavenencias entre los dirigentes. ¿Qué pasa, pues, cuando un proyecto político llama la atención de los votantes, pero termina descomponiéndose, como hemos visto en España con Podemos y partidos similares? Que tan solo queda la melancolía. Entonces, la extrema derecha, aprovechando la posición de desventaja de la izquierda y el desdibujamiento de la socialdemocracia, grita con fuerza, y todos sabemos que quienes alzan con más fuerza la voz tienen más probabilidades de salir vencedores en la contienda política. Ahora mismo docenas de magnates apuestan decididamente por la baza digital, favoreciendo el mensaje exhibicionista de Donald Trump, para quien la democracia solo perjudica a la sociedad. Con este pretexto, pretende desmontar el sistema democrático con total descaro. Lo peor de todo es que los ciudadanos están empezando a ver con normalidad que en Estados Unidos no se lleguen a producir las siguientes elecciones.
¿Cree que la izquierda actual tiene la capacidad de solventar estas problemáticas?
La izquierda ha fantaseado con la idea de construir un nuevo régimen económico, un espacio de democracia social. Pero, en estos momentos, esta batalla está perdida y se ha quedado sin discurso. Entonces, lo máximo que consigue es entender mejor que otros grupos los problemas de la ciudadanía y darles un cierto empaque, pero poco más. De hecho, Pedro Sánchez se mantiene en el poder gracias a que, a pesar de todo, es todavía capaz de lanzar guiños a los ciudadanos que viven en el desconcierto. En la práctica, son pocas las cosas que diferencian a los gobiernos de izquierda de la derecha. En España si hay más diferencias es porque, todo sea dicho, nuestra derecha es muy torpe, pero en el resto del mundo la extrema derecha capitaliza la incapacidad de la izquierda y trata de atraer a la ciudadanía a su esfera con promesas de que ellos van a solucionar los problemas que los otros no han sabido poner freno. Ellos tampoco van a solucionar nada, pero en un momento de incertidumbre y desesperación, su discurso cala en las personas y hace que la situación se vuelva inquietante. Lo peor de todo es que la derecha tradicional, al ver que el mensaje funciona, se acerca a ellos, mientras entra en un proceso de autodestrucción.
En el libro desarrolla el concepto de “totalitarismo de la indiferencia”, que consiste en “la neutralización de la ciudadanía” como base para desarrollar “una nueva forma de democracia dirigida, que es lo que Estados Unidos pretende exportar al mundo. Una democracia sin ciudadanos, para que estos, atemorizados y atomizados, se alejen de la política y dejen las manos libres a los gobernantes para que impongan la agenda de las grandes corporaciones”. ¿Qué herramientas tienen la sociedad para combatir esto?
La principal de todas es la palabra. Nunca callar. El problema, como hemos comentado más arriba, es la situación delicada por la que pasan los medios de comunicación convencionales. Esto nos empuja a preguntarnos si las redes sociales, espacio donde también se fomenta el radicalismo y el odio, pueden servir en la tarea de defender la autonomía y la libertad de los sujetos. Ahora mismo, no me encuentro preparado para responder a esta pregunta, aunque podríamos abordar esta discusión a través de dos categorías: el nihilismo y el autoritarismo posdemocrático. La primera de ellas, a mi entender, es un asunto clave y consiste en la pérdida de la noción de límites: la historia nos muestra que siempre que se ha cruzado este umbral se ha acabado muy mal. La segunda categoría se perfila en países con tradición democrática y hace que el poder tome paulatinamente formas autoritarias que limitan los espacios de desarrollo de las mayorías sociales.
¿La caída de la URSS dañó la socialdemocracia y el bienestar en Occidente?
La descomposición de la Unión Soviética fue un acontecimiento de dimensiones colosales porque supuso la apertura a un nuevo mundo. Los analistas esperaban que países como Rusia y China abandonaran sus sistemas autoritarios para echarse en los brazos de la socialdemocracia, pero esta mutación era un fenómeno difícil de que sucediera. En ambos países hay una tendencia indudable al imperialismo y desmontar una estructura de poder que ha estado en pie durante tanto tiempo no es una tarea fácil. Entonces, sí han adoptado un sistema económico capitalista, en el cual, igual que sucede en Estados Unidos, solo un número muy limitado de poderosos controlan. Lo que me resulta interesante es que ahora China está dando el paso de un capitalismo industrial al financiero de tal forma que está experimentando un desarrollo económico y tecnológico enorme. El otro día unos amigos que trabajan en Harvard me comentaban que los científicos estadounidenses reciben grandes ofertas de instituciones chinas, les ofrecen condiciones extraordinarias. Los investigadores todavía se resisten, pero la capacidad de desarrollo de China es muy grande, ya es una gran potencia, equiparable a Estados Unidos, que se adapta muy bien al nuevo estado del capitalismo.
Una de las enseñanzas de La montaña mágica de Thomas Mann, que usted cita en varias ocasiones en sus ensayos, es que el tiempo es un constructo humano, por tanto, de naturaleza subjetiva y no concreta. ¿Tiene la sensación de que el tiempo corre muy deprisa, tanto que hasta se escapa de las manos?
Sí, y una de las causas fundamentales es la aceleración tecnológica: ahora mismo se queman etapas sin pausa; lo que antes llevaba décadas de ejecución, ahora se logra en mucho menos tiempo y muchas veces desborda los mismos instrumentos tecnológicos, pero sobre todo a las sociedades. Antes yo empleaba una máquina de escribir y ahora el ordenador, esto ya es un salto tecnológico abismal. Cada instrumento cuenta con su lenguaje y debido a la aceleración tecnológica los lenguajes se van quedando desfasados con más rapidez.
Ahora con la inteligencia artificial parece que la aceleración es máxima.
Es una variable compleja y delicada. Deberíamos cuestionarnos si estamos a las puertas de la gran transformación de la condición humana. Esta condición tiene una característica fundamental que consiste en la singularidad de los individuos, es decir, no hay dos personas iguales, pues la percepción y los sentimientos condicionan nuestra naturaleza. Según algunos especialistas, corremos el riesgo de codificar la esencia humana, es decir, cada vez estamos más cerca de entregar nuestra sensibilidad a las máquinas, aunque estas afirmaciones me cuestan mucho creérmelas.
¿Qué futuro nos espera?
Siempre es precipitado aventurar acontecimientos. Creo que aún existen posibilidades de reaccionar y que Europa lo hará en algún momento. Asimismo, me cuesta creer que Estados Unidos se vaya a quedar atrapado en la situación actual. Para conseguir un cambio, la sociedad debe recuperar su capacidad de distanciarse de los problemas y detenerse a reflexionar sobre la tormenta de acontecimientos que se suceden. Lo que bajo mi punto de vista se encuentra en crisis hoy más que nunca es la capacidad de los individuos de pensar y tomar decisiones por sí mismos. Estamos a tiempo de recuperar esto.




