Galaxia Gutenberg publica el ensayo “El vuelo de los buitres. El desastre de Annual y la guerra del Rif” del fallecido periodista y escritor Jorge M. Reverte.

 

 

Texto: David Valiente

 

Se cumplen 100 años del desastre de Annual, tal vez la crisis más acuciante que vivió la sociedad española a principios del siglo XX. Por este motivo, las editoriales han hecho los deberes ampliando con nuevos títulos la extensa bibliografía que ya podemos encontrar en librerías y bibliotecas. Entre las nuevas publicaciones, hay una que destaca por su rigor y objetividad: El vuelo de los buitres. El desastre de Annual y la guerra del Rif (Galaxia Gutenberg) del fallecido periodista y escritor Jorge M. Reverte. La obra nos desarrolla aquellas fatídicas luchas entre los soldados españoles y los rifeños, encabezados por Abd el-Krim. Para su composición colaboró con Sonia Ramos, escritora e investigadora, y con M´hamed Chafih, políglota y gran conocedor de la historia de la región que también es su propia historia.

Los acontecimientos narrados por Reverte suceden entre julio y agosto de 1921, un momento de debilidad para España que continuaba lamentando la pérdida de sus últimas colonias. En esos momentos, tanto los estamentos militares como la sociedad descubrieron de sopetón que la gloria de loa Austrias mayores quedaba muy lejos y que la espada del Cid Campeador no era rival para los mastodontes flotantes estadounidenses. La Conferencia Internacional de Algeciras (1906) fue una segunda oportunidad para los españoles de demostrar al resto de potencias europeas que seguíamos siendo una potencia capaz de controlar a un par de tribus rebeldes. Además, alemanes y franceses, en pugna por ese pedazo de Marruecos, se aseguraban retrasar los acontecimientos acaecidos ocho años después que sumieron a toda Europa en una guerra de cuatro años y millones de muertos.

El protectorado español se extendía desde el cabo Espartel, por el oeste, hasta el cabo del Agua, por el este. A efectos prácticos, los rifeños eran un pueblo belicoso, defensores acérrimos de sus tierras y duchos en el manejo del rifle; muy pronto entre los militares españoles se extendió su fama como tiradores. De etnia bereber y religión musulmana, sus relaciones comunales se cimentaban en los lazos de sangre y los tratados verbales. La palabra dicha contaba con mucho más valor que cualquier texto contractual. Es más, aquel “moro” que osara romper su palabra debía afrontar un gran castigo que en muchas ocasiones respondía a una declaración de guerra contra toda la tribu.

Un amigo de España descontento

Precisamente los españoles rompieron en cierto modo su palabra o al menos, así lo debió de sentir Abd el-Krim, protagonista de esta historia, no cumplieron con las esperanzas depositadas en ellos. Hasta el conflicto del 21, Abd el-Krim se relacionó estrechamente con los españoles, al igual que lo había hecho su padre, Abd el-Krim padre, uno de los cadíes más respetados dentro de la tribu Beni Urriaguel. Pero padre e hijo denotaban grandes diferencias en la intencionalidad de sus actos: mientras el primero ansiaba “convertirse en el jefe indiscutible de su cabila”, mantener el estatus de sus hijos y seguir cobrando la pensión de 2000 duros que llegó a recibir del Estado español, el segundo esperaba que la relación con España trajera al Rif “el progreso y la renovación del país frente al colonialismo expansionista de Francia”. Tanta confianza y esperanza deposita Abd el-Krim hijo en los españoles que “solicita la nacionalidad española”.

Durante muchos años, Abd el-Krim participó en las instituciones del protectorado y enseñó a los notables del ejército su lengua. Fueron años de prosperidad para la familia que contaban con la total simpatía de los españoles, no tanto así de su propia gente. Pero la Primera Guerra Mundial echó todo al traste. Las negociaciones secretas del Abd el-Krim padre despertaron la mosca detrás de la oreja de los españoles que recibieron presiones desde París por los conciertos que el cadí estaba realizando con los alemanes.

El protectorado tomó medidas. La pensión del padre quedó retirada y el hijo fue encarcelado por alta traición. Pero estos sucesos se habrían quedado en una simple anécdota (incluso la cojera que de por vida sufrió Abd el-Krim hijo al tratar de escapar de la cárcel), si no hubiera sido por los acontecimientos que se produjeron el “miércoles 13 de abril”, por los que “Abd el-Krim ha terminado hoy, con la inestimable ayuda de los artilleros españoles, de tejer su anhelada jefatura militar y política sobre el Rif, sobre todo el Rif”. Quienes organizaron “el bombardeo saben que el día de suk (zoco), en el derecho consuetudinario rifeño el Urf, es sagrado”. Lo sabían. Y aun así bombardearon el suk de Sidi Bouafif. Por esta vía, Abd el-Krim hijo se convirtió en un muyahidín contrario al carcomido progreso vendido desde Europa.

Unos generales españoles muy súbditos

En la batalla, los altos mandos rezumaron adrenalina y orgullo. Una sensación, especialmente esta última, alimentada por la deshonra que supuso el 98 para toda la plana mayor militar. ¿Qué mejor manera, entonces, de resarcirse que conquistar la ansiada Alhucemas y demostrar al resto de potencias que el ejército español tuvo un pequeño tropezón con Cuba, Puerto Rico y Filipinas, pero aún mantenía muchos altos mandos valerosos y temerarios capaces de actos suicidas por recuperar la gloria? Tanto el general Dámaso Berenguer como el general Silvestre pensaron del mismo modo. Ambos compitieron por ello: “A esa urgencia no es ajena la conciencia, cada vez más clara, que tiene Silvestre, de los planes de su jefe, Dámaso Berenguer, de llegar a la bahía antes que él, lo que le parece intolerable”. La rivalidad es una de las causas profundas que precipitaron a un ejército contra su perdición; no fue solo la gloria de una nación decadente, mucho ayudaron las ansias de Silvestre por alcanzar el tesoro llamado Alhucemas que esperaba con la tapa del cofre abierta. Por desgracia, la tapa se cerró antes de que Silvestre pudiera coger el tesoro, cercenando la vida de millares de soldados españoles.

Silvestre no fue ningún tontainas orgulloso como ciertos relatillos nos quieren hacer saber; Manuel Fernández Silvestre se caracterizó por su valor en el combate, su inteligencia y su capacidad táctica, pero los acontecimientos de Annual son pruebas fehacientes de lo mal que terminan las cosas cuando nos ciega el orgullo y la avaricia y nos invade un sentimos de sobreexcitación. Subestimó a su rival, obnubilado tal vez por sus hazañas pasadas, y desoyó los consejos del teniente coronel Gabriel Morales “quien más sabe sobre el enemigo. Él es uno de los interlocutores más reputados y valiosos que trata con los jefes indígenas. No en vano conoce el país y sus habitantes. Hombre culto y afable, le respetan no solo los otros oficiales y jefes militares, sino, lo que es más importante, los notables rifeños”.

Sin duda, el orgullo ciego fue su primer error como general; pero su segundo error resultó más fatal si cabe: sobre todo porque ya el combate había comenzado con la derrota en Abarrán, Sidi Idris e Igueriben, y la duda ante estas situaciones precipitan a errores garrafales como los cometidos por Silvestre en Annual causante de la muerte de miles de jóvenes soldados. Pero, desde luego, su estado dubitativo estaba más que justificado por la nueva manera de combatir de los muyahidines. Los españoles ya se habían enfrentado a ellos en anteriores ocasiones. Su estilo de combate nada tenía que ver con la demostración de disciplina que hicieron durante el asedio de Annual, pues los cabileños siempre se habían enfrentado a los españoles empleando la guerra de guerrillas. Sin embargo, esta vez, las fuerzas de Abd el-Krim presentaron batalla como si de un ejército regular se tratase, despistando al general que vería imposible ganar a unos rifeños con una estrategia militar ortodoxa. Este no iba a ser uno de los muchos encontronazos que se cobraban la vida de un par de hombres de cada bando, ahora alguno de los dos ganaría y Silvestre comprendió que el aire carismático del líder rifeño ahuyentaba la poca moral del ejército español.

Por este motivo, el repliegue hacia Dar Drius se realizó de manera desorganizada, al estilo sálvese quien pueda. Situación aprovechada por los rifeños para aniquilar a todo soldado español que se pusiera a tiro de su rifle, despojarle de todas sus pertenencias y abandonar su cadáver, insepulto, al acecho de los buitres.

Una guerra de desquite que conmocionó a España

Los libros de historia enfocan el relato de la guerra desde dos puntos de vista: por un lado, la visión de los españoles que vieron en el protectorado una oportunidad de mostrar al mundo que continuaban siendo una potencia; y, por el otro, la visión de los rifeños, más cercana al relato antiimperialista en el cual los rifeños combaten para librarse de los opresores españoles, inspirados por Abd el-Krim quien establece las simiente de las sucesivas revoluciones del continente.

Con poco margen de error, salvo el marcado por los discursos excesivamente inflamados, las dos visiones del conflicto son correctas. No obstante, olvidamos algo fundamental en lo que el libro de Jorge M. Reverte incide, “el desquite”.

Reverte recoge testimonios estremecedores de los soldados españoles que acudieron desde Melilla a socorrer a sus compañeros puestos en fuga. Y sí, los rifeños no eran ningunos santos; cortaron los genitales de los soldados españoles y se los metieron en la boca; pero los españoles tampoco se quedaron atrás en cuanto hazañas inhumanas. “Los soldados se sienten tan protagonistas del desquite que ya no ocultan algunas prácticas repugnantes, como ese juego llamado ‘la caza del bereber’”, descrita en una carta por un alférez del Regimiento de Húsares de la Princesa: “Además, el general, para que no nos aburramos, nos manda los prisioneros para que intenten escapar y todas las noches se organiza el divertido espectáculo de la caza del bereber”.

Por otro lado, la sociedad española mostró su compromiso con aquellos jóvenes que caían sobre la seca tierra del desierto y con los pobres melillenses que se quedaron en su tierra natal aun cuando las hogueras rifeñas se divisaban desde los muros de la ciudad. Desde la península, no escatimaron esfuerzos económicos para conseguir víveres, materiales de guerra y clínicos que poder enviar al protectorado. Se realizaron sorteos para recaudar dinero, las grandes fortunas del país donaron productos necesarios, la prensa se comprometió a tal punto que si hondeáramos en la hemeroteca, comprobaríamos que ningún reportaje era crítico con los sucesos del Rif.

Así son las guerras, desde Vietnam hasta Siria, crímenes atroces que sacan lo mejor y los peor de las sociedades, especialmente cuando las tensiones acumuladas durante generaciones desbordan contra un objetivo. Los dos bandos tuvieron un pasado glorioso, pero los dos bandos también tenían cuentas pendientes y en Annual se demostró que en la guerra solo priman los recuerdos dolorosos.