En agosto dará comienzo la trigésima segunda edición de los Juegos Olímpicos en ‘el país del sol naciente’, que deberían haber acontecido el año pasado si una pandemia no hubiera cesado la actividad mundial. La COVID-19 trastabilló el sueño olímpico de la élite deportiva y de los amantes del deporte que viven también ese sueño a través de los deportistas.

 

Texto: David VALIENTE

 

En la antigua Grecia, los Juegos Olímpicos significaban un periodo de paz para las ciudades-estado frecuentemente en pugna unas con otras. Ninguna de las ciudades de la Hélade, si participaba en las competiciones olímpicas, podía saltarse la tregua sagrada, aunque tuviera un contencioso pendiente con otra ciudad, mejor resolverlo en los estadios y mediante la acción pugilística. Los jóvenes saltaban a las arenas en busca de gloria. Al vencedor, la victoria no le iba a retribuir ningún ingreso pecuniario, tan solo una corona de laurel y el reconocimiento de toda su ciudad como un héroe, un modelo a seguir por su astucia y coraje. Este enfoque se mantiene en los Juegos Olímpicos modernos (poco les importa a los deportistas el dinero).

Los países quieren a los mejores deportistas en su comitiva para exhibir músculo y mostrar los avances a nivel político, social, económico y cultural. Así lo muestra Jordi Canal en su último libro 25 de julio de 1992. La vuelta al mundo de España (Taurus), donde reconstruye la historia de la Transición partiendo de los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. Analiza a los personajes, tanto políticos como culturales, que marcaron esa época y ese momento concreto. Como afirma en una entrevista telefónica concedida a Librújula: “El 25 de julio de 1992 es importante, entre otras cosas, porque supone la culminación exitosa de un periodo de transición durante el cual la economía mejoró, se produjeron reformas políticas relevantes para la democracia y España se abrió al mundo, después de haber estado muchos años encerrada”.  Barcelona 92 significa para el autor, a grandes rasgos: “La presentación de España al mundo”.

El libro se encuadra dentro de la colección La España del siglo XX en sus días, diseñada por el mismo Jordi para un público interesado en ahondar de manera amena en la historia de ese siglo convulso.

Cobi, una mascota rompedora

¡Cómo no encariñarse con Cobi! Ese perrete de color marrón y amplia sonrisa remarcada en el lado derecho del rostro. Con sus brazos abiertos en cruz, amaga un afectuoso abrazo que tan solo puede significar un reencuentro o una bienvenida. “Creo que Cobi fue un acierto, que en un primer momento despertó el escepticismo de las personas, aunque según se aproximaba la Olimpiada, se le fue tomando más cariño. Representó a la perfección el momento que estábamos viviendo”, aclara Jordi Canal.

“Cobi no se parece en nada a las mascotas anteriores; rompe con lo que algunos han denominado ‘el estilo Disney’ porque es un personaje indefinido y moderno”. Pero no solo a nivel estético tiene importancia, Cobi también representa las nuevas pulsiones de la Barcelona de los 90, una capital autonómica abierta, cosmopolita y moderna: “Una España, pero más concretamente una Barcelona meca del diseño e innovadora, que daba la sensación de una Cataluña abierta”, aclara Jordi.

Unos juegos diferentes

El mundo vio por la televisión, en el verano del 92, unos Juegos Olímpicos que marcaban una nueva época para el mundo. Nuestra edición de los JJ.OO fue el primer evento deportivo de estas dimensiones sin boicot. La Guerra Fría había marcado las anteriores ediciones, pues las potencias mundiales y los países no respetaban la tregua sagrada ni dentro ni fuera del estadio, y se hacía todo lo posible para evitar la participación del rival político en las actividades deportivas. Sin embargo, Barcelona 92, sigue la senda de Seúl 88, unos juegos relativamente tranquilos, y rompe por completo con las demandas políticas de Moscú 80 y los Ángeles 84. “Por desgracia, en los Juegos Olímpicos de Barcelona no se consiguió una paz olímpica absoluta puesto que en Yugoslavia el conflicto con Sarajevo no cesó. De todos modos, los Juegos Olímpicos del 92 son bastante armoniosos y representan a la perfección el camino que el mundo postsoviético iba a tomar” asegura Jordi.

Por otro lado, con sus Juegos Olímpicos, España terminó un periodo marcado por el aislacionismo internacional desde que se perdiera la guerra del 98: “Tras la Guerra de Cuba, España tuvo muy poca participación y relevancia, no estuvimos presentes en ninguna de las dos guerras mundiales y durante los primero años del franquismo la situación internacional de España se encrudeció, nos apartamos del resto de Europa”, lamenta Jordi. “De los españoles decían que éramos gente del sur y que África termina en los Pirineos. Pero nuestra capacidad organizativa nos permitió hacer los mejores Juegos hasta el momento, la Exposición Universal de Sevilla y otras tantas conferencias internacionales”. Se demostró seriedad, compromiso, grandes facultades deportivas y una cultura moderna. “El mundo captó este mensaje, y lo compró”.

Un enfrentamiento entre bambalinas

Los espectadores no captaron desde sus casas lo que ocurría entre bambalinas. Los Juegos Olímpicos fueron el escenario de una lucha política, social y cultural particular entre España y Cataluña. Los nacionalistas no veían con buenos ojos que el Ayuntamiento de Barcelona se encargara casi en su totalidad de la organización de los Juegos: “A Jordi Pujol le daba miedo que estos juegos pudieran encumbrar a Pascual Maragall y sus herederos, cosa que ocurrió en 2003”. Más temor les daba que el proceso de nacionalización se viera solapado por la españolización de los sectores sociales menos definidos. Por este motivo, al presidente de la Generalitat le obsesionó que la bandera y la lengua catalana estuvieran presente durante las ceremonias de apertura y clausura, pues quería mostrar al mundo las grandes diferencias existentes entre Cataluña y España: “Los Juegos Olímpicos fueron un quebradero de cabeza para los independentistas y los autonomistas, no querían que se mostrara una imagen de Cataluña diferente a la defendida por ellos”, agrega Jordi Canal.

Juegos Olímpicos vs. Exposición internacional de Sevilla

1992 fue el año de Barcelona y Sevilla. Las dos ciudades acogieron grandes eventos internacionales que se tradujeron en importantes inversiones, remodelaciones, infraestructuras, trabajo. “Urbanísticamente, Barcelona cambió para acoger a la comitiva de los diferentes países. Fue un proyecto de Maragall que vio en las Olimpiadas una oportunidad para mejorar la disposición de la ciudad”. La Exposición Internacional de Sevilla también atrajo importantes inversores a la ciudad. Esta situación produjo pequeños conflictos, ya que desde Andalucía se acusó a Barcelona de acaparar un mayor número de inversores, mientras que en Cataluña se pensó que el primer AVE debía de construirse en la Ciudad Condal.  Pero estos roces fueron bien gestionados por el presidente del Gobierno, Felipe González, y el Alcalde de Barcelona, Pascual Maragall: “Los dos políticos estuvieron a la altura de la situación; Felipe Gonzales se implicó en el proyecto de manera financiera, recordemos que el Estado español asumió la mayor parte de la inversión, a la vez que cuidó de la Expo de Sevilla”. Asimismo, Pascual Maragall “defendió la construcción del AVE a Sevilla como una prioridad”. “Pequeños conflictos así son inevitables, De todos modos, los Juegos Olímpicos de Barcelona fueron todo un éxito, y lograron que los españoles sintieran que el éxito era de todos. Eso dio un subidón de autoestima importante al país”.

Deberíamos de recordarlo mejor

“Vivimos es una sociedad olvidadiza y muy presentista, que, además, recuerda los logros pasados a través del presente que vive”. Jordi considera que en algunos acontecimientos relacionados con el siglo XX no se ha hecho buena pedagogía, y esto incluye a los Juegos Olímpicos de 1992. “El año que viene, Barcelona 92 cumple 30 años, espero que el Gobierno haga una buena campaña conmemorativa”. En la mente de la gente que disfrutó ese momento histórico perviven recuerdos anecdóticos como el encendido de la llama, Cobi o Peret cantando rumba, pero, por desgracia “no le damos el auténtico valor que le corresponde; se olvida que en ese momento España enamoró al mundo, y la intención de este libro es recordarlo”, sentencia el autor.