John Elledge: “Las fronteras nunca han sido permanentes”

El periodista británico publica «Una breve historia del mundo en 47 fronteras: historias sorprendentes detrás de la línea de nuestros mapas» (RBA).

 

Texto: David Valiente

 

«Una breve historia del mundo en 47 fronteras: historias sorprendentes detrás de la línea de nuestros mapas es mi tercer libro y quería que fuera más ambicioso que los dos anteriores que no escribí solo, con grandes ideas sobre el estado actual del mundo y aspectos relacionados con la historia y la geografía”, afirma el periodista británico John Elledge. Su inquietud desbordante le hacía preguntarse constantemente: “¿Por qué el mapa político tiene la forma actual?” A medida que profundizaba concretamente en el estudio de la historia del continente europeo comprendió que no todos los países se habían conformado como lo hicieron en su momento Reino Unido o Francia. “Muchos de ellos se debían a los grandes movimientos territoriales recientes, que podrían haberse desarrollado de otra manera”, dice el colaborador de The Guardian y columnista de New Statesman.

“La complejidad del asunto me permitía tratar muchas historias que tengo en mi cabeza y dar al texto alguna que otra pincelada de humor”. Según el autor, el proceso de construcción de esas demarcaciones revela mucho de la propia naturaleza humana: “No solo la fuerza o la astucia, sino también la fragilidad o la estupidez de los seres humanos ha contribuido a conformar el mapa político del mundo tal y como lo conocemos hoy”.

Su curiosidad innata no ha sido lo único que le ha llevado a escribir este libro, hay también detrás una cuestión más personal: “Crecí en un suburbio de las afueras de Londres que colinda con Essex. Durante mi adolescencia me importaba mucho sentir que pertenecía más a Londres. No sé, quizá, parte de mi identidad actual se deba a las líneas arbitrarias de los mapas”.

 

¿En un mundo cada vez más transnacional, las fronteras siguen siendo el principal instrumento de soberanía?

El libro se titula Una historia del mundo en 47 fronteras, pero en el fondo es también una historia sobre el origen y la naturaleza de los Estados-nación. Esto no es algo casual, ya que las fronteras definen los Estados y la configuración de las identidades colectivas. Entre los siglos XVI y XVII, Portugal formó parte de la monarquía hispánica. Si en 1640 no se hubiera separado, se podría haber establecido una relación como la que el País Vasco o Cataluña tienen con Madrid. Sin embargo, recuperó su independencia y la restauración de una frontera acabó por moldear una identidad nacional diferente. Se puede dar también el caso de que existan fronteras internas que configuren conciencias nacionales diferentes dentro de un mismo Estado. El Reino Unido constituye un solo Estado con tres grandes identidades nacionales —la escocesa, la inglesa y la galesa—, diferentes entre sí. Durante años me convencí de que el mundo avanzaba por el camino de la integración y que lo normal sería que los países entraran en amplias formas de cooperación supranacional. No obstante, los acontecimientos de la última época han desafiado esta narrativa: los conflictos por cuestiones territoriales y fronterizas se han intensificado y dos ejemplos de ello los encontramos en el Próximo Oriente y Europa del Este. Tras la Segunda Guerra Mundial se consolidó un orden internacional que se basaba en la idea de equidad entre los Estados-nación sin importar su tamaño ni su fuerza. Fue una ficción compartida que dependía del respeto de las grandes potencias, pero que contribuyó a la estabilidad y a la gestión relativamente pacífica de los conflictos. Hoy asistimos al debilitamiento de ese consenso y al regreso de la geopolítica basada en el poder de los Estados. Las fronteras nunca han sido permanentes y el debate no es si volverán a modificarse o permanecerán estáticas; más bien se trata de determinar cómo se producirán esos cambios: si mediante un proceso de autodeterminación o, lo que parece cada vez más probable, mediante el uso de la fuerza.

 

Las fronteras, además de demarcar los territorios, son también el rastro de decisiones políticas, económicas y culturales del pasado. Entonces, ¿qué historia poco visible cuenta la frontera entre Rusia y Ucrania?

La tesis de mi libro es que las fronteras codifican la historia en las líneas del mapa. Tratar de leer un mapa como si fuera el libro de historia de un alumno de primaria es un error porque los procesos históricos son complejos, contingentes y están llenos de matices. La historia enseña las diferentes reacciones que una población puede tener ante una conquista. Los romanos no solo se hicieron con toda la península itálica, sino que también consiguieron que los pueblos locales se integraran y asimilaran la identidad romana. Se podría decir que este es el caso de una absorción exitosa, pero hay otros procesos que son parciales o desiguales. Tanto el imperio ruso como la URSS, en sus respectivos procesos expansionistas, trataron de replicar un modelo similar al romano: lo consiguieron con Siberia, pero Ucrania, Bielorrusia y Lituania no llegaron a ser del todo asimiladas; sus identidades nacionales quedaron latentes. En las últimas dos décadas, Moscú ha llevado a cabo una serie de acciones que han tenido como resultado un efecto paradójico: en vez de diluir la identidad ucraniana, lo que ha conseguido es reforzarla. En 2004, durante la Revolución Naranja, la sociedad ucraniana poseía una identidad ambivalente. La parte oeste del país era mayoritariamente proucraniana y proeuropea, mientras que la parte al este del río Dniéper se identificaba más con la política y la cultura rusa. Ahora bien, las agresiones militares han terminado por desquebrajar ese equilibrio y han impulsado una identidad ucraniana con un matiz antirruso cada vez más marcado. Vladimir Putin ha conseguido fortalecer aquello que pretendía debilitar.

 

Dedica un capítulo de su ensayo a la creación de la frontera entre la India y Pakistán. ¿Qué problemas hubo ahí?

La partición de la India fue una tragedia de magnitud histórica, tanto por el número de desplazados como por el millón de muertos, que algunos especialistas elevan a una cifra superior. ¿Este desastre se podría haber evitado? Con muchísima dificultad. Las presiones de la Liga Musulmana, liderada por Muhammad Ali Jinnah, para crear un Estado propio fueron cada vez más fuertes. Los musulmanes no querían vivir como una minoría vulnerable en la India independiente, sobre todo después de haber visto lo sucedido en Europa con los judíos en la década de 1930 y de 1940; ellos querían su propia tierra en la que sentirse seguros. Esto no significa que los británicos estuvieran exentos de responsabilidades. La lógica imperial británica del “divide y vencerás” acentuó la brecha entre las comunidades hindúes y musulmanas, y permaneció aún después de la retirada repentina. Las autoridades no contuvieron la violencia cuando podrían haberlo hecho. Sin embargo, la partición no fue orquestada por las actividades malignas de los europeos en exclusiva. Londres creó el caldo de cultivo para que se desencadenaran los enfrentamientos y las matanzas, pero fue la población quien llevó la violencia en algunos casos al extremo de limpieza étnica.

 

La historia enseña que la desaparición de los imperios suele ser un hecho traumático para algunos pueblos.

Los sistemas imperiales suelen disolverse de manera violenta. El fin de la Primera Guerra Mundial no trajo la paz inmediatamente, sino un rastro de violencia entre las nuevas nacionalidades que surgieron de los extintos imperios alemán, austrohúngaro y ruso. El vacío de poder que deja un imperio en retirada expone las tensiones territoriales e identitarias que se habían ido incubando.  Lo sucedido en 1947 en el sur de Asia se enmarca en un patrón más amplio y observable en otras regiones del mundo. Debo reconocer que muchos conflictos contemporáneos hunden sus raíces en la presencia imperial británica de ultramar. Ahora bien, españoles, portugueses y franceses también construyeron sus imperios, contribuyendo a las dinámicas de inestabilidad que aún perduran.

 

¿Qué fronteras cree que se modificarán en el futuro?

Al físico danés Niels Bohr se le atribuye la siguiente frase: “Hacer predicciones es difícil, especialmente sobre el futuro”. Suelo invitar a las personas a no confiar en mis dotes proféticas, porque cuando analizaba la política interna de mi país en periodos electorales a menudo me equivocaba en mis predicciones. Dicho esto, creo que en algún momento de lo que nos queda de siglo XXI es probable que aumente la presión para que Irlanda del Norte abandone el Reino Unido. Irlanda del Norte permaneció en el Reino Unido porque a comienzos del siglo XX, cuando se trazó la frontera, la mayoría de la población deseaba seguir siendo británica. La configuración de la frontera irlandesa no fue un capricho imperial, más bien se trató de respetar los deseos de la mayoría protestante de esos territorios. Los treinta años de violencia que se vivieron, y que concluyeron con el Acuerdo de Viernes Santo de 1998, se debieron en gran medida a la discriminación que sufría la minoría católica dentro del sistema: no tenían acceso a buenos puestos de trabajo ni a viviendas dignas y, además, se encontraban infrarrepresentados políticamente. La Unión Europea contribuyó mucho a que la situación se pacificara. Ya no necesitaban atravesar una frontera; aunque eran países diferentes, la circulación era libre. Esto permitió a los norirlandeses sentirse irlandeses sin que se produjera ninguna ruptura con Londres. El Brexit reabrió el dilema fronterizo porque no puede haber una frontera clásica que divida la isla sin poner en riesgo la paz. A esta situación ya de por sí delicada, hay que sumarle el cambio demográfico que ha experimentado Irlanda del Norte en estos últimos años, donde la población católica ha llegado incluso a superar a la protestante. Por tanto, en este contexto, aunque se puede evitar, resulta posible la convocatoria de un referéndum para la reunificación de Irlanda.