Joan Sales, mucho más allá de Hemingway

Uno de los clásicos de la literatura catalana del siglo XX, “Incierta gloria” de Joan Sales, regresa a las librerías con una renovada traducción al castellano de Gonzalo Torné.

Texto: Joan Sales    Foto: Hans Gutmann

 

Leí hace más de veinte años Incerta Glòria en su original en catalán, publicada a trancas y a barrancas en 1956. Es una novela importante que ha seguido siendo editada todos estos años en Club Editor, la editorial que el propio Joan Sales fundó y que desde hace años mantiene en rumbo Maria Bohigas. Tengo un recuerdo nebuloso pero grato de aquella lectura, y ahora me he puesto a leer la segunda versión en castellano —la primera la tradujo Carlos Pujol para Planeta— a cargo de Gonzalo Torné, para Anagrama.

Debo decir que he sentido que leía dos novelas. No la traducción de una. Quizás es el paso del tiempo, quizás se deba a que el catalán es mi lengua materna. El caso es que me he encontrado con una novela diferente de la que yo recordaba haber leído. Pero tampoco voy a decir que no haya consultado varios párrafos de la edición original. La recordaba como una novela más espesa, más literaria, que me comprometía más como lector. En esta versión la he leído con menos obstáculos, pero notando la profundidad. Más accesible.

Sales narra una historia compleja de amores, fe, amistades e ideales puestos a prueba por la Guerra Civil española, inspirada en su propia experiencia en una brigada similar. Explica que unos antiguos compañeros de colegio, el teniente Lluís Ruscalleda y Juli Soleràs, se reencuentran en una brigada republicana en el frente de Aragón, luchando contra el fascismo. Lluís aporta una nueva perspectiva a la Guerra Civil y escribe con autoridad sobre el pan medio quemado y las tristes y obscenas canciones que cantan los reclutas. Pero es la fascinante complejidad de los personajes humanos lo que demuestra la maestría de Sales. Lluís se pregunta: “¿Qué parte de nosotros debe permanecer inmutable? ¿Estamos tan seguros de que es más valiosa que la que nos abandona a cada instante? ¿O somos completamente fantasmales, nubes cuya única esperanza es vivir un momento de gloria, un instante solitario, y luego desvanecernos?”. Filosófico y terrenal, trágico y divertido, honesto, crudo, soberbio: Sales hace que Hemingway parezca superficial, en comparación.

En un momento de la novela el narrador nos dice: “Los extranjeros de todo ese inmenso fregado van a sacar unas historias sensacionales de toreros y gitanas”. Si no es metralla contra Hemingway, lo parece.

El contraste entre los personajes evidencia la distancia entre la literatura de acción y la literatura de introspección. Hemingway construye en Por quién doblan las campanas a Robert Jordan bajo el molde del héroe norteamericano clásico: un voluntario idealista, frío en el combate, disciplinado y con un código ético inquebrantable. Jordan acepta su destino trágico con un estoicismo casi sagrado. Es un personaje lineal; su evolución es externa, marcada por los acontecimientos del frente y su romance con María.

Joan Sales dinamita este concepto de heroísmo a través de Juli Soleràs, quizás uno de los personajes más fascinantes de la literatura catalana. Soleràs es el antiJordan. No posee certezas, ni compostura, ni un código de honor previsible. Es un torbellino de contradicciones: cínico y compasivo, lúcido hasta la locura, un provocador que viste el uniforme militar pero desprecia la épica de la guerra.

Mientras Jordan representa el intento humano de mantener el control en medio del caos, Soleràs es el espejo del caos mismo. Su lucidez es destructiva porque ve la verdad que los demás ocultan: que la guerra saca a la luz la miseria de la condición humana, sin importar las banderas. Al situar a Soleràs como el eje intelectual de la novela, Sales reta a Hemingway: sustituye la figura del héroe de bronce por un hombre de carne, hueso y abismo, cuya complejidad psicológica resulta infinitamente más magnética que el estoicismo de Jordan.

La grandeza de Sales se manifiesta en sus diálogos y en el uso del lenguaje. Hemingway aplicó en su novela frases cortas, diálogos cortantes y una omisión deliberada de los grandes discursos para que el lector intuyera la tensión subyacente. Sin embargo, al retratar a los combatientes españoles, Hemingway dota a sus diálogos de un aire artificial —leído hoy—, casi folclórico y acartonado. Sus soldados hablan como arquetipos del campesinado noble o del bruto analfabeto. En la novela de Sales, los soldados no hablan como personajes de un reportaje periodístico; hablan como hombres atrapados en una ratonera. Sus conversaciones transitan con naturalidad entre la queja por el rancho frío y el debate teológico, del chiste obsceno a la confesión íntima del miedo a morir. Sales no necesita decorar el habla de sus personajes para que suene auténtica. Su oído clínico para captar el trauma colectivo le permite crear unos diálogos con una carga de ironía trágica y una verdad humana que hacen que los intercambios verbales de Hemingway parezcan, por comparación, esquemáticos. Lean a Joan Sales. Lo disfrutarán.