Iñaki Domínguez, doctor en antropología cultural, ha dedicado su carrera al estudio de las pandillas y las tribus urbanas, un interés que ha plasmado en su último libro titulado Macarrismo (Akal).

 

 Texto: David VALIENTE

 

Andan por la calle con los hombros caídos, pronunciando la redondez de su espalda alta y arqueando naturalmente sus brazos que casi siempre se pierden en el interior del bolsillo de su cazadora. Su look es particular e identificable, no todos visten de la misma manera, pero tampoco hay una gran variedad de estilos. Te los encuentras paseando o en el parque formando corros cuando vas al trabajo o vuelves de él. Si te los cruzas de frente tratas de cambiar de acera, salvo si eres un chulito que con toda tu gallardía imaginaria, alzas la cabeza y mantienes el tipo aunque por dentro estés cagado de miedo. Esas personas que inspiran cierto temor se conocen con el nombre de macarras y se encuentran en todos los rincones del planeta y han tenido un hueco en el barrio desde que el ser humano formó civilizaciones y, por qué negarlo, incluso antes de que supiéramos manejar el arado.

El macarra es un individuo peculiar que se rige por unos códigos de conducta diferentes a los seguidos por la mayoría de las personas; nosotros sabemos de ellos por las películas, los programas de investigación y las ojeadas que echamos desde el balcón si escuchamos gritos o la fricción de unos nudillos rasgando unos pómulos. Es menos habitual encontrar estudios antropológicos, al menos en España, sobre un fenómeno que nos toca tan de cerca, pero al que solo prestamos una indignada atención cuando la sangre llega al río.

Iñaki Domínguez, doctor en antropología cultural, ha dedicado su carrera al estudio de las pandillas y las tribus urbanas, un interés que ha plasmado en su último libro titulado Macarrismo (Akal). Vía Google Meet, Iñaki comenta que de joven salía mucho y se integró en la tribu urbana de los grafiteros, aquellos apasionados del rap y las paredes decoradas. “En la calle, escuchaba a los raperos contar muchos mitos callejeros que se estaban perdiendo, y yo con mi libro he querido recuperar las historias que sucedieron en las calles desde los años 60”.

Para una labor así ha realizado unas 200 entrevistas a personas que tuvieron una fuerte vinculación con la calle, individuos a los que tacharíamos de peligrosos: ““Por lo general, no he tenido ningún problema con mis entrevistados, alguno se pica un poco porque le retrato como un perdedor y a la gente, más a personas que se han partido la cara en la calle, no les gusta que cuentes la vez que recibieron una puñalada”. ”. No tuvo problemas, salvo una vez en un narcopiso. Sus integrantes su pusieron tan nerviosos que le quitaron la grabadora. “Pero al final la logré recuperar; solo fue algo preocupante”, narra esta anécdota quitándole importancia a los acontecimientos.

La calle está llena de “chicha” con la que obtener un análisis profundo de un submundo, que lejos de permanecer anquilosado, cambia al mismo ritmo que lo hacen nuestras sociedades contemporáneas, aunque huelga decir que ciertos aspectos siempre identifican a un macarra.

 

Dejando a un lado la estética, ¿qué es aquello que diferencia a un macarra de un paseante cualquiera?

El macarra se caracteriza por su agresividad, es problemático y acostumbra a defender su dignidad a puñetazos, además está su vinculación con la calle. En general, las personas no se interesan por la violencia, huyen del riesgo; en cambio, el macarra está dispuesto a padecer el dolor y a causárselo a otros. Este verano, en A Coruña, un grupo de jóvenes dieron una paliza de muerte a un chaval de 24 años. Quienes propinaron la paliza eran pandilleros muy agresivos y con problemas.

 

¿Entonces esa imagen del macarra no es un estereotipo?

No lo creo. Nuestro prototipo de macarra se compone de las imágenes que vemos en la calle y del cine quinqui. Estas películas son muy reales, casi podríamos afirmar que tienen más relación con los documentales que con la ficción fílmica, incluso las protagonizan verdaderos macarras que cambian su barrio por el estudio. Concebimos al macarra de una manera muy real.

 

Hablando de quinquis, ¿en qué se diferencia con un macarra?

En el siglo pasado, un quinqui y un macarra se diferenciaban por su posición social: el primero vivía en entornos semirurales, es decir, en viviendas de bajo estrato social localizadas en las lindes que dividen lo urbano de lo rural; por el contrario, el nivel de vida de los segundos era un pelín más elevado, sabían leer y escribir y vivían en bloques de edificios construidos a las afueras de la ciudad durante el segundo franquismo. Se les consideraba más civilizados.

 

¿Los macarras de los años 70 tenían un compromiso más férreo con la sociedad?

No diría que eran más comprometidos, en todo caso asumían un compromiso con el barrio. Los macarras de los años 70 disponían de trabajo, pues mucha gente había emigrado a otros países, las mujeres aún no se habían incorporado plenamente al mercado laboral y España contaba con una industria propia, que proporcionaba trabajo. Con la desindustrialización, llega el paro endémico y muchos jóvenes macarras que antes podían acceder a puestos en la obra o en la pescadería del barrio cayeron en la drogadicción; porque esta es otra  realidad de mucha gente que cae en las drogas: sin trabajo es mucho más fácil hacerte un adicto. Simplemente, se produce un cambio en el paradigma económico, el macarra que antes gustaba de pegarse en la calle, ahora desempleado, también ocupa su tiempo en actividades ilegales.

 

¿Qué elementos culturales tenían los macarras que hoy pueden parecernos chocantes?

En la figura del macarra confluían la tradición y una modernidad precaria. En los 80 y los 90 no existía internet, había poca televisión y los macarras tomaban sus referentes culturales del cine y del barrio. Además, afectaba que la posición económica de la gente que vivía en el barrio era similar. Esto ha cambiado mucho, hoy por hoy en un barrio como Vallecas confluyen gente de medio y bajo estatus social, pija, extranjera; hay más movilidad social y menos homogeneidad en el barrio.

 

¿Esa diversidad del barrio ha provocado cambios sustanciales en la idiosincrasia de las pandillas?

Totalmente. El pandillero se identificaba con el barrio y proyectaba su agresividad a los miembros de otros barrios. Con la llegada de las tribus urbanas, la inquina se produce entre tribus y lo mismo daba que sus miembros hayan nacido y crecido en el mismo barrio. La posibilidad de conectar con gente de otras regiones del mundo ha provocado que el barrio pierda su importancia identitaria. Asimismo, la solidaridad es una ilusión del pasado. En cierto modo porque nuestra concepción de solidaridad es errada; creemos de verdad que estamos siendo solidarios al ayudar a un niño de África. Eso es caridad, no solidaridad. Solidaridad proviene de “solidez” y se experimenta cuando vives con una persona cercana una serie de carencias. Los guardias en pleno acto de servicio son solidarios; los militares que se enfrentan al peligro también lo son y, por supuesto, la gente que vive en el barrio afrontando adversidades está siendo solidaria con sus vecinos, que están en la misma situación.

 

Bueno, el hecho de que la pandilla se aglutine en una tribu ya es un cambio significativo.

Las pandillas se mueven en un ámbito más local, a diferencia de la tribu, proveniente del ámbito anglosajón, que exportó al resto del mundo una identidad de consumo por los medios de comunicación. La tribu aglutina a las pandillas, lo que no implica fidelidad y compañerismo entre esas pandillas. Sin embargo, en el momento actual, cada vez resulta más complicado encontrar tribus. Hay traperos y hipsters, pero el fenómeno tribu sufre una retracción, causada, entre otras cosas, por el globalismo y la baja tasa de natalidad en nuestro país. El número de pandillas ha crecido, sin ir más lejos este verano los medios de comunicación se hicieron eco del asesinato de un chaval a manos de los Hermanos Koala, dos pandilleros de Bilbao. Hace nada en Madrid grupos de jóvenes se organizaban para robar a otros en los botellones. Todo indica que la pandilla tiene mayor peso en las calles.

 

Con la llegada de la modernidad y la tribu, ¿la lucha de clases terminó para las pandillas?

No necesariamente. Sostengo la tesis de que se sigue produciendo cierta lucha de clases en la calle. Durante la Transición, era habitual que los macarras de los barrios obreros de Tetuán y Cuatro Caminos bajaran a la calle Orense para pegar y robar a los pijos. Pero ese recelo social no tuvo fin con la consolidación de la democracia. Si yo, que he estudiado antropología, entrara con mis colegas perroflautas (en líneas generales de clase media) en un bar, donde ya se encuentran una pareja de chonis, un chico y una chica, luciendo sus tatuajes, su ropa ajustada y su moreno artificial, la piba al vernos pondrá cara de asco. Nuestra estética, característica de una clase media, se diferencia de la suya y le causa rechazo. Lo mismo le ocurriría a un perroflauta, que zapeando se topara con Mujeres y hombres y viceversa, sentirá una irrefrenable sensación de asco.

 

Si algo podemos destacar del mundo de las pandillas es la violencia, ¿esta hace las veces de institución?

No tanto una institución como sí un elemento de conocimiento. Los pandilleros se conocen en peleas; si ven que su rival no tiene miedo se hacen amigos, ya que les interesa tenerlo en su equipo. Sin duda, es la violencia como forma de comunicación básica.

 

¿Los códigos de conducta cambiaban cuando entraban en la cárcel?

En la cárcel de Carabanchel, al ser provincial y de delitos menores, lo normal era que se juntaran con la gente del barrio que ya estaba allí. Si cometían un delito grave los trasladaban a cárceles lejos de su zona de influencia, entonces se unían a pandillas de una misma región o etnia, similar a lo que sucede en las cárceles de Estados Unidos.

 

En su libro, habla de la llegada de iraníes, marroquíes y guineanos a España y de la reconfiguración de las pandillas, ¿la etnia y la religión eran elementos discriminantes o con cumplir los rituales de iniciación accedían sin problemas?

Dependía de la edad. Los inmigrantes que llegaban a España entrados en años normalmente se movían con gente de su propio lugar de origen. Sin embargo, quienes llegan de niños o habían nacido aquí se integraban con gente de todas las nacionalidades; se suelen conformar grupo multirraciales en los barrios obreros y pobres que es donde generalmente se asientan los inmigrantes. En cierto modo resulta bonito porque se generan lazos de amistad muy fuertes.

 

Da la sensación de que el Madrid de los 70 y los 80 era un lugar peligroso para pasear…

En los años 70 y 80, la violencia estaba más normalizada, tus padres te pegaban, tus hermanos, tus vecinos, tus profesores. Los macarras entrevistados dicen que ahora te denuncian por cualquier cosa. A mí mismo cuando era un chaval me han pegado puñetazos en alguna pelea y nunca fui a denunciar a nadie. Miguel Trillo, el fotógrafo, cuenta que un rocker apuñaló en el culo a un gótico, y este fue al hospital pero no interpuso ninguna denuncia. Esto no quiere decir que la gente necesariamente pasara miedo, y eso que muchos toxicómanos atracaban a golpe de navajas para conseguir una dosis.

 

¿Los macarras de hoy son más peligrosos que los de antes?

Son más sofisticados porque viven en un mundo más urbano. Tienen acceso a internet, practican artes marciales. Me comentan los porteros de discotecas que los clientes son cada vez más peligrosos y agresivos, muchos de ellos están abocados a la delincuencia casi desde el momento de su nacimiento. Asimismo, los métodos de detención de la policía son sofisticados, y ya sabes los que dice el dicho: “hecha la ley, hecha la trampa”.