La escritora y psicóloga Rebeca García Nieto acaba de publicar la biografía de la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2009, la escritora rumana y nacionalizada alemana Herta Müller.

 

 

Texto: David VALIENTE

 

En 2009, la Academia Sueca concedió el Premio Nobel de Literatura a la escritora Herta Müller por su capacidad para concentrar “poesía y franqueza de la prosa” en la descripción del “paisaje de los desposeídos”. No pudieron estar más acertados los miembros de la Academia en sus motivos. Herta es una de esas autoras “que no te permiten pasar las páginas deprisa, antes de continuar tienes que detener la lectura y comprender lo que subyace a su estilo poético”, afirma Rebeca García Nieto, escritora, psicóloga y colaboradora de varios medios como Letras Libres, Jot Down y Librújula, a quien ofrece esta entrevista. Rebeca acaba de publicar en la editorial Zut una biografía sobre la premio nobel, una escritora que despertó su curiosidad después de haber escuchado el discurso de recepción del máximo galardón de las letras a nivel internacional: “Utilizó un pañuelo como hilo conductor de su intervención para narrar los momentos más importantes de su vida, como la relación de su padre y su tío con el nazismo, los campos de trabajo donde estuvo su madre o la Securitate”. Rebeca leyó toda su obra publicada en español y le interesó ese estilo diferente y personal, nada comparable a todo lo leído hasta ese momento.

Entonces comenzó un proceso de documentación y de relectura, ahora sí, de manera más crítica de sus obras. Herta emplea vivencias personales que la marcaron como persona para construir sus novelas. El primer reto para cualquier biógrafo que pretenda escribir sobre algún escritor muy dado al autobiografismo es discernir la ficción de la propia realidad. Rebeca cruzó datos apoyándose “en sus libros de no ficción donde también habla de su vida y en las tesis publicadas por especialistas en literatura”. Herta Müller no cae en la ficcionalidad excesiva. “Había ciertas discrepancias con datos superfluos, pero casi todo lo narrado en sus novelas es cierto”, asegura la biógrafa.

Resulta difícil creer que una mujer que no disfrutó del paraíso de la infancia no embelleciera más su realidad con su estilo tan personal: “Herta Müller no tuvo un paraíso, desde su tierna infancia se siente sola”. La relación con sus padres fue un pelín complicada; por un lado, hacia su padre sentía el deber de quererlo y respetarlo como se debe respetar a la institución que representa, pero, “aunque lo quiso mucho, aborrecía su pasado en las SS”. Con la madre no disfrutó de la relación típica de madre e hija, pues “la madre regresó bastante afectada anímicamente a casa; el tiempo de reclusión en el campo de trabajo le pasó factura”. A la difícil relación que tuvo con sus padres, debemos sumarle las largas jornadas que pasaba sola en el campo, cuidando vacas y viendo el tren pasar: “Fue en esos momentos cuando se dio cuenta de que el ser humano, al igual que las plantas y los animales, está abocado a desaparecer, que la naturaleza se rige por una serie de ciclos ineludibles para los seres vivos”. Sola y sin nadie con quien poder hablar de sus sentimientos (entre otras cosas porque el dialecto suabo no permite hablar con rigor de ellos) crece y se matricula en el instituto. A los 15 años aprenderá rumano, que la ayudará a comprenderse y a mejorar sus actitudes lingüísticas con el alemán. “Curiosamente no escribe en rumano, aunque lo tiene muy presente cuando escribe en alemán, es más, intercambia el significado de las palabras de una lengua a otra; por ejemplo, en su libro El hombre un gran faisán en el mundo, `faisán´ no se puede entender como `fanfarrón´ significado que tiene en alemán, sino, más bien, como `perdedor´ su connotación rumana”.

Sus traumas los volcó en la literatura, pues comenzó a escribir, sin antes haber tenido intención de hacerlo, cuando su mundo se desmoronó: “en ese momento su padre acababa de morir, su primer matrimonio era un desastre y en la fábrica donde ella trabajaba de traductora empieza a ser acosada por sus compañeros por negarse a colaborar con la Securitate”. Escribir, escribir, escribir. Esa fue su terapia, su método particular para superar el duelo y sobrevivir.

No obstante, dedicarse a la literatura le ha traído dolores de cabeza, especialmente “cuando su obra tuvo repercusión internacional”. Al inicio de su carrera, al régimen de Ceaușescu le importó poco los tonteos literarios de Müller, “pero empezó a ganar premios en Alemania y comenzó el acoso de la Securitate, tenían miedo de que sus discursos tuvieran repercusiones internacionales”.

En el mundillo intelectual hay continuos debates sobre si un régimen como el de Ceaușescu, represor, controlador, mecánico y gris contribuye a mejorar la calidad literaria o, por el contrario, quiebra los anhelos del escritor. Los defensores de la primera postura, como George Steiner, aseguran que la calidad literaria de los autores perseguidos se debe en cierto modo a esa capacidad desarrollada para sortear los cortes del censor; Ajmatova, según Steiner, no tendría el reconocimiento actual si la dictadura no hubiera formado parte de su vida, pues esa presión despertó su ingenio literario. En contraposición, para Philip Roth la censura no convierte a un autor en un magnate de las letras, sino que le causa altos niveles de estrés que le imposibilitan desplegar toda su libertad creativa. “En este debate, estoy al lado de Roth; Herta Müller, aunque Mircea Cărtărescu no opine igual, hubiera escrito lo mismo con o sin dictadura, es una persona muy peculiar que venía dañada de antes”, se posiciona Rebeca.

Herta Müller, en una entrevista concedida a The Guardian,  afirmó que estaba loca; “Me parece una manera de hablar más que una realidad. Una persona con psicosis no podría escribir unas obras de tanta calidad. Bueno…a excepción de Virginia Woolf, que sufrió psicosis maníaco-depresiva; pero, aun así, Virginia hizo buena literatura a pesar de su enfermedad, no gracias a ella”.

Lo que debió de dañar su estado de ánimo son las constantes críticas que recibe: “Son críticas de muy bajo nivel provenientes de escritores autopublicados y gente aburrida que se entretiene cambiando su Wikipedia”. Otras caricaturizan la imagen de la escritora de una manera ofensiva, llegando a representarla con el bigote de Hitler. “La mayoría de las críticas son de gente del Banato ofendida por cómo describe su tierra en sus primeros libros; otras son de antiguos miembros del régimen que todavía ocupan puestos importantes en el actual Gobierno y se permiten el lujo de decir lo que les plazca”. Cosas tan horribles como que la mitad de lo ganado en su carrera se lo tiene que dar a la Securitate.

En la actualidad, Herta Müller ha abandonado el género novelístico y se ha decantado por el collage literario: “su modus operandi consiste en tomar frases de diferentes lugares y combinarlos para conseguir rimas y perspectivas genuinas”. Aclara Rebeca: “emplea el mismo método que con sus novelas, coge fragmentos de su vida y crea, lo que ella ha calificado, como realidad ficcionada”.

Pero este cambio tan repentino de género no responde tanto a un agotamiento del estilo, como sí a que ya no tenga nada más que decir. “Herta Müller ha dejado constancia de acontecimientos de su vida para ella importantes, desde su infancia marcada por la relación con sus padres hasta los interrogatorios de la Securitate”. Además ha recibido una ingente cantidad de premios que la consagran como una de las maestras de la literatura contemporánea y aspirante, dentro de muchos años, a clásico literario.